El silencio que dejó Myrrhal era casi tangible. Alice fue la primera en romperlo, con la voz temblorosa pero firme:
— ¡No podemos ignorarlo!—sus ojos brillaban con miedo y determinación.— La Reina Canibalia nos está observando. Lo dijo, y lo sentí... sabía que algo me había estado viendo a parte de las Aranidas, que algo me seguía desde que puse un pie aquí, pero decidí ignorarlo.
El Sombrerero frunció el ceño y dio un paso hacia ella, sus manos crispadas.
— ¡Escuchar no es obedecer!—exclamó, con una mezcla de frustración y tensión contenida.— No podemos dejarnos guiar por una sombra que aparece y desaparece. Debemos pensar, planear, no actuar por instinto.
— ¡Pero mientras planeamos, ya puede ser demasiado tarde!—replicó Alice, la voz quebrada.— A veces hay que actuar según lo que se siente, no solo según lo que se piensa.
Liebre y Lirón permanecieron en silencio, intercambiando miradas, sintiendo cómo la tensión crecía entre los dos que los guiaban.
— Siempre quieres tenerlo todo bajo control, fingir que todo va a estar bien a pesar de saber que no lo esta.—dijo Alice, respirando con fuerza.— ¿Y si tu control nos mata?
El Sombrerero la miró fijamente, con los ojos duros, y su voz bajó un tono, cargada de gravedad:
—Y yo siento que tu impulso puede llevarnos directo al desastre.
— ¡No es verdad, deja de tratarme como si fuera una niña!
— ¡Es porque eres una niña!
— ¡No lo soy!
— ¡Sí lo eres!
— ¡Qué no!
El Sombrerero respiró hondo, sus ojos recorriendo el rostro de Alice, buscando la razón entre la furia y el miedo.
— Niña o no, tus decisiones tienen consecuencias, esa es la realidad.—dijo con voz firme.— Y yo no voy a arriesgar a todos por un capricho infantil y estúpido la verdad.
Alice lo miró, sus manos temblando pero apretadas en puños.
— ¡No es un capricho!—gritó, la voz reverberando entre los hongos palpitantes.— Es… es miedo, es precaución, es supervivencia. ¡Y tú lo sabes!
— Entonces deberías escucharme.—replicó el Sombrerero, el rostro serio y rígido.— No seguiré adelante en algo que podría… destruirnos a todos.
Alice tragó saliva, sintiendo la ira y la frustración transformarse en una decisión fría.
— Entonces no hay nada más que discutir.—Se dio la vuelta, dejando atrás la silueta del Sombrerero— Yo sigo sola, como lo hago desde que aquí llegue.
Liebre y Lirón permanecieron unos segundos en silencio, viendo cómo Alice avanzaba hacia el sendero vivo que el hongo había abierto. No dijeron nada; sabían que intentar detenerla sería inútil.
El Sombrerero bajó la cabeza, apretando los puños, y finalmente retrocedió unos pasos, aceptando la separación.
— Que así sea…—murmuró, casi para sí mismo.— Pero esto no termina aquí y lo sabes, hay batallas que no puedes hacer sola.
Alice apartó la mirada, conteniendo un temblor que no era solo físico.
— Entonces… tú decides quedarte volver, y yo seguiré adelante hasta donde mis pies decidan llegar.
No hubo respuesta inmediata. Cada uno midió el peso de sus propias decisiones y, finalmente, dieron un paso en direcciones opuestas, la distancia física reflejando la tensión que los separaba.
Liebre y Lirón observaron en silencio cómo la brecha crecía, conscientes de que algo más oscuro y silencioso los acechaba. El pulso del hongo bajo sus pies parecía latir con fuerza, recordándoles que la advertencia de Myrrhal no había sido una amenaza vacía.
Alice avanzaba por el sendero vivo, sintiendo cómo el pulso del hongo bajo sus pies marcaba cada paso. Pero cuanto más caminaba, más se daba cuenta de que nada le resultaba familiar: las formas ondulantes de la vegetación palpitante se repetían y retorcían, mezclando los contornos de los hongos y las raíces hasta que se volvía imposible distinguir un camino de otro.
— No… no sé dónde estoy—susurró, la voz casi ahogada por la bruma azul que la rodeaba.— Si Sombrerero estuviera aquí el sabría a donde ir...—rápidamente negó, golpeándose sus propias mejillas varias veces.— Nop, no lo necesitas, tu puedes sola...—se animo.
Se detuvo, el corazón latiéndole con fuerza, y finalmente se dejó caer sobre un tronco cubierto de musgo húmedo. Respiró hondo, tratando de calmar el temblor de sus manos. Recordó entonces las palabras que los adultos les habían repetido una y otra vez: los niños deben quedarse en un lugar fijo y esperar a ser encontrados.
Alice miró a su alrededor, pero un frío escalofrío recorrió su espalda. En Wysteria, nadie podía encontrarla. Ninguno de los caminos era confiable, y la bruma que lo cubría todo parecía tragársela poco a poco. La idea de quedarse quieta y esperar se sentía absurda y aterradora.
— Pero... ¿Quién va a encontrarme aquí?—se preguntó al borde del llanto, mientras se sentaba encima de un tronco, uno que no había sido envuelto por la contaminación que empezaba a invadir el lugar.— Yo... yo...
Se abrazó a sí misma, intentando recordar los consejos y advertencias que había escuchado durante toda su vida, mientras la sensación de ser observada crecía, sutil pero constante. Algo se movía en la bruma, lejos, cerca, imposible de precisar. Cada sombra parecía contener un ojo, cada sonido un aliento que no podía identificar.
— No… no puedo esperar aquí…—murmuró, sus dientes castañeando. Pero sabía que avanzar tampoco era seguro.
El hongo latía bajo sus pies, su pulso sincronizado con su propio miedo. Alice cerró los ojos un instante, recordando las palabras de Myrrhal: “El pulso de tu miedo ha sido escuchado”. Comprendió que ya no estaba sola en Wysteria, y que cada decisión la acercaba más a aquello que no podía evitar… y que quizás, nadie podría salvarla de ello.
— No, debo ser fuerte, debo llegar por mi cuenta a con la Reina Blanca, yo puedo... yo puedo...—se animo, mientras las lágrimas seguían callando por sus mejillas hasta dar al piso.— No puedo hacerlo... debí... debí haberle hecho caso a Slmbrererl... ahora el me odia seguramente... Liebre y Lirón... siempre causó problemas...
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Editado: 08.03.2026