La sala del trono respiraba como un cuerpo enfermo. Las paredes eran raíces entrelazadas, hinchadas y palpitantes, que exhalaban un vapor tibio con olor a podredumbre. En lo más alto, rodeada de lámparas vivas que se agitaban como insectos atrapados, la Reina Canibalia reposaba en su trono grotesco: una amalgama de huesos blanquecinos y piel curtida de hadas traidoras, tensada como estandartes. Sus ojos hundidos brillaban con un fulgor hambriento, y cada movimiento lento de sus dedos terminados en garras parecía anunciar un juicio inevitable.
En el centro de la sala, encadenado de rodillas, el Sombrerero luchaba por mantenerse erguido. Su abrigo estaba desgarrado, manchado de sangre y hollín, y el brillo desafiante en sus ojos se apagaba poco a poco. Raíces negras le apretaban los brazos y el torso, hundiéndose en su piel como si quisieran devorarlo desde dentro.
A su alrededor, dos hadas enfermas se movían con lentitud macabra. Sus armaduras podridas tintineaban débilmente con cada paso. Una de ellas sostenía una lanza astillada que clavaba de vez en cuando en el costado del Lobo Rojo, justo en la vieja herida donde antes una lanza había perforado su carne. La otra hundía ganchos oxidados en su piel, arrancando jirones pequeños, solo para ver cómo sangraba y gruñía.
El Sombrerero apretó los dientes, jadeando, y escupió un hilo de sangre al suelo carmesí.
— No... les daré el gusto...—murmuró, con una sonrisa rota.
La Reina se inclinó hacia delante, sus huesudos labios curvándose en algo que parecía una sonrisa pero estaba más cerca de una mueca cruel.
— Tanto ruido... y aún así, tan poca resistencia.—susurró con voz áspera, como si arrastrara cristales rotos en la garganta.— El lobo que creyó ser rey en mi reino... no es más que carne para mi mesa.
El Sombrerero levantó la cabeza con esfuerzo, la mirada dura y orgullosa, aunque cada palabra le costaba respirar.
— Antes muerto... que doblegado.
Las hadas lo golpearon con fuerza, hundiendo sus armas hasta hacerlo gemir y dejar que la sangre manchara el suelo. Pero la Reina no apartó la vista, deleitándose con cada sonido de dolor.
En lo alto, la sala vibró, como si las raíces mismas respondieran a su hambre. Ella extendió una mano huesuda, acariciando en el aire, y el eco de su voz llenó cada rincón del trono:
— No hay escapatoria. Ni para ti, ni para los que vinieron contigo. Todos serán alimento.
La sala entera parecía guardar silencio para escucharla. La Reina Canibalia se recostó en su trono de hueso y piel, dejando que la penumbra la cubriera como un sudario. Solo sus ojos brillaban, febriles, con esa luz enfermiza que hacía temblar incluso a sus propios guardias.
— La niña...—saboreó la palabra como si fuera miel podrida.— De cabellos negros como la noche, con ese mechón blanco que la delata, y esos ojos verdes que arden como gemas. No puede ocultarse de mí. La he visto en los susurros de las raíces, en los sueños de mis hadas enfermas. Está cerca. Y cuando la tenga en mis manos, cuando arranque ese mechón blanco como trofeo, la devoraré lentamente... hasta que deje de ser niña, hasta que no quede nada.
Los dedos huesudos de la Reina se crisparon, y las raíces de las paredes respondieron con un latido húmedo, como un corazón gigantesco latiendo bajo tierra.
— Imagínalo, Sombrerero.—continuó, con voz venenosa.— Su cuerpecito atrapado, su voz quebrada pidiendo ayuda... Y yo, alimentándome de su esencia inocente hasta que deje de existir. Su resistencia será breve. Su miedo, exquisito. Y cuando haya terminado con ella... el mundo recordará que nadie se burla de la Reina Canibalia.
El Sombrerero alzó la cabeza, respirando con dificultad, la sangre resbalando por su mentón. Sus labios temblaron un instante, pero aún así forzó una sonrisa torcida.
— No... la encontrarás... nunca.
La Reina ladeó el rostro, intrigada, y chasqueó la lengua.
— ¿Oh? ¿Ni siquiera tú sabes dónde se esconde?
— Se fue lejos de mí... antes de que me atraparan.—gruñó el Sombrerero, escupiendo al suelo a sus pies.— Y es lo mejor que pudo hacer.
Los ojos de la Reina se entrecerraron, y durante un instante pareció disfrutar de aquella respuesta.
— Entonces, el destino ha sido generoso conmigo. Ella vendrá. Oh, sí, vendrá... Las niñas siempre regresan por sus juguetes rotos.
Se levantó lentamente de su trono, y cada hueso de su esqueleto crujió como madera vieja. Su sombra se proyectó gigantesca sobre el cuerpo arrodillado del Sombrerero.
— Y cuando lo haga, no tendré que buscarla. Ella vendrá a mí... directo a mi mesa.
El Sombrerero cerró los ojos con fuerza, ocultando el miedo que se mezclaba con su rabia. No podía evitar pensar en Alice, deseando que realmente hubiera escapado de aquel reino enfermo. No sabía que, en ese mismo instante, la niña ya se movía entre las entrañas de Wysteria, decidida a salvarlo.
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Alice avanzaba por los pasillos vivos del reino, apretando el bolso contra su costado, donde Lirón dormía encogido. El aire era espeso, como si cada respiración se llenara de humo y humedad. Las raíces en las paredes se agitaban, tratando de alcanzarla, pero ella las esquivaba con pasos rápidos, sin mirar atrás.
El primer obstáculo apareció pronto: dos hadas enfermas, enormes, con sus armaduras oxidadas y las cuencas de los ojos hundidas. Al verla, lanzaron un chillido que parecía partir el aire. Alice no esperó; levantó la varita y, recordando lo que había practicado con el Sombrerero, murmuró una palabra firme. Una ráfaga de luz verde salió disparada, envolviendo a las criaturas y arrojándolas contra la pared, donde quedaron retorciéndose sin poder levantarse.
— No tengo tiempo para ustedes.—dijo en voz baja, apretando los labios con fuerza, sorprendida de su propio valor.
Más adelante, un grupo de raíces bloqueaba el corredor, latiendo como si fueran músculos vivos. Alice dudó un instante, pero luego alzó la varita de nuevo.
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hadas y brujas, alicia en el pais de las maravillas, sombrerero
Editado: 08.03.2026