Alice y los Horrores de Wysteria

22-. Declaración de Guerra.

Las puertas del palacio se abrieron con el peso de una decisión irrevocable. El Señor Rojo miró a Alice, firme pero con esa sombra protectora que solo mostraba cuando la situación era verdaderamente crítica.

— Wysteria sola no resistirá una guerra abierta.—declaró, cruzando los brazos con severidad.— Necesitamos aliados, y Eldore es nuestra mejor oportunidad, tiene mas gente preparada para la guerra, ellos ya han sabido lidiar con la Reina Canibalia y no caer en sus trampas. Alice… tú irás.

Alice parpadeó, sorprendida.

— ¿Yo?

— Eres la única cuyo nombre ha cruzado fronteras sin necesidad de espías ni mensajeros.—añadió Ignis, colocándose a un lado— La historia de tus victorias ya llegó allá y se que ya estuviste ahí antes, Liebre nos contó todo… pero necesitan verla de frente, confirmar que continuas con vida para que se unan a nosotros por una buena causa.

Rosita salió detrás de un biombo, mientras sacaba una rama en forma de espada y una expresión decidida, siendo vista por los niños que la habían acompañado.

— Yo iré con ella—dijo, sin titubea.r— Eldore confía en mí. Y no pienso dejar que la niña que salvó mi hogar del Jobo Jobo y medio reino de los males que nos acechaban vaya sola.

— ¡Ni nosotros!—gritaron dos voces al unísono.

Tweedledum y Tweedledee aparecieron dando un salto acrobático, cayendo de pie con una reverencia exagerada.

— ¡Damas y caballeros!

— ¡Bestias y seres varios!

— ¡La más grande aventura de todas está por comenzar!

— ¡Y nosotros somos los narradores oficiales!

Alice no pudo evitar reír.

El Sombrerero, en cambio, se acercó a paso lento, serio, con su sombrero torcido hacia un lado. Alzó la mirada hacia el Señor Rojo.

— Permítame acompañarla.

El Señor Rojo vaciló. Ignis abrió la boca, dispuesto a oponerse. Pero Alice habló primero.

— Quiero que venga, me vendría bien algo de apoyo emocional.

Eso fue suficiente. El Señor Rojo suspiró.

—Bien. Pero cuídate, Sombrerero. No estás… del todo recuperado.

El Sombrerero esbozó una sonrisa torcida, aunque en sus ojos brillaba un destello extraño, como si luchara contra algo… o quizá contra recuerdos que no eran suyos.

— Partiré a Lasaland y Winterbell, a ver si al menos nos permiten sus armas.—Comentó la Liebre mientras sacaba al Lirón del bolso de Alice.— Por lo que escuché, ya erradicaron un nido de esas hadas. Me sé el camino de memoria; puedo ir con el Verdugo.

— Si es la mejor opción, vayan con la guía de los Khaos.—Les animó el Señor Rojo, observando cómo se marchaban.

— Yo iré a dar las noticias a Brumelith. Espero que la Reina Blanca esté dispuesta a ayudar.—Dijo Ignis.— Tal vez… pueda ver a mamá.

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El grupo avanzó por la ruta vieja, la que serpenteaba entre bosques púrpura y llanuras donde los vientos cantaban. Tweedledum y Tweedledee habían convertido la travesía en un espectáculo ambulante.

Con unas ramas, dos mantos y un par de piedras, improvisaron un escenario portátil. Y mientras caminaban, narraban a voz viva:

— ¡Aquí la joven Alice enfrentó a la temible Bestia del Circo!

— ¡Que, según reportes oficiales, tenía dientes más grandes que mi hermano!

— ¡Mentira, sus dientes son igual de grandes!

— ¡Eso es calumnia!

Rosita suspiraba, pero no dejaba de sonreír. Alice ponía los ojos en blanco cada vez que los gemelos exageraban, lo cual era… siempre.

— Luego —continuó Tweedledee— ¡se enfrentó al Rey Hada Canibalia!

— ¡Un ser terriiiiible!

— ¡Feo como mi hermano!

— ¡Oye!

Alice caminaba en silencio, aunque a veces intervenía.

— No era tan feo…

— ¡¿Alice, estás defendiendo al Rey Hada Canibalia?!—gritaron los dos al mismo tiempo, horrorizados.

Y así seguían.
Detrás de ellos, el Sombrerero los escuchaba sin decir nada, una mano en el pecho, como si algo de esas historias resonara… pero en un lugar al que no sabía entrar.

Cuando por fin llegaron a Eldore, la ciudad vibraba como un corazón acelerado. Había ruido por todas partes, pero era un ruido ansioso, tenso, cargado.

Las criaturas del bosque corrían cargando hierbas, armaduras livianas o paquetes misteriosos. Los elfos, con el ceño fruncido, pulían sus armas con obsesiva precisión. Los enanos discutían en voz alta sobre estrategias que nadie les había pedido, golpeando mapas, mesas o entre ellos mismos. Las bestias ayudaban a preparar suministros por lo venir y también preparando los servicios médicos.

Rosita, con su vestido cubierto de polvo del camino, susurró:

— Parece que llegamos a tiempo… ¿o demasiado tarde?

Tweedledum y Tweedledee encogieron los hombros al unísono.

— Depende de la perspectiva…

— Y de cuántos gigantes hambrientos haya…

— O lobos…

— O hadas asesinas…

Alice avanzaba sin detenerse, ignorando el murmullo creciente a su alrededor. Porque todos, absolutamente todos, la estaban mirando.

Sus pasos resonaron sobre el puente de madera que cruzaba hacia el mercado. Conversaciones enteras se detuvieron. Los elfos ladeaban la cabeza. Los enanos dejaban caer martillos. Las bestias del bosque husmeaban el aire como si quisieran confirmar que no era una ilusión.

Para Eldore… era como ver a un fantasma.

Un fantasma que había: Atravesado el Jardin de lass Hadas, salido viva de la Madre Circense, escapado viva del Carpintero, cruzado la Ciénega Sangrienta y salido viva. Sobrevivido al Imperio Rojo. Regresado con el sello del Señor Rojo sin ser una esclava ni una ofrenda.

Una mujer murmuró:

— Es ella…

— La niña del circo…

— La que mató a la Bestia…

— La que enfrentó al Rey Hada Canibalia, segun gritan esos dos…—continuó un enano con voz temblorosa.

Los murmullos crecieron a su paso, siguiendo a Alice como una estela. Le incomodaba ser el centro de atención, siempre terminaban llamando a sujetos indeseables que claramente no poseian buenas intenciones.




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