Alice y los Horrores de Wysteria

23-. El Corazon del Mal, Reina Canibalia.

Mientras Wysteria se armaba con manos temblorosas, la Reina Canibalia también se preparaba.

En lo profundo de su dominio, donde la tierra supura y el aire duele al respirarse, las hadas enfermas se reunían. Sus pieles eran membranas desgarradas, sus cuerpos estaban marcados por la putrefacción lenta de la Canibalia. No marchaban con orden, sino con hambre.

La Reina observaba desde su trono de huesos y raíces negras.

— Ella viene.—susurró, y el eco se convirtió en un coro.

No necesitaba gritar órdenes. La enfermedad obedecía sola. Las tropas se alzaron, arrastrando lanzas oxidadas, garras improvisadas, cuerpos que ya no temían morir porque morir era solo otro estado del hambre.

El propósito era claro. No conquistar Wysteria. No aniquilar el pueblo. Hacerla elegir.

Que Alice mirara a los suyos… y luego se mirara a sí misma. Que entendiera que ninguna puerta de regreso permanece abierta cuando el amor pesa más que la vida.

— Una elección—ronroneó la Reina.— siempre rompe algo.

En Wysteria, la preparación era distinta. No había tronos ni certezas.

Había mesas convertidas en barricadas. Herramientas viejas afiladas con manos inexpertas. Talismánes guardados, no por fe… sino por decisión.

El Sombrerero observaba en silencio, apoyado en su bastón. Su respiración seguía siendo irregular, pero sus ojos estaban claros.

Akari organizaba a los más jóvenes lejos del frente. Los ancianos enseñaban dónde golpear, dónde correr, dónde no mirar.

Y en el centro de todo… Alice.

No daba órdenes como una general. Ajustaba vendas. Repetía instrucciones. Escuchaba miedos.

Nadie lo dijo en voz alta, pero todos lo sabían.

Tenían que hacer que Alice no tuviera que elegir.

— Si peleamos,—dijo un hombre mientras ajustaba su arma.— ella no tendrá que ponerse al frente.

— Si resistimos,—susurró una mujer.— podrá volver a casa.

No luchaban solo por sobrevivir. Luchaban para que la niña no cargara con un sacrificio más.

El Sombrerero cerró los ojos un instante.

—Esta vez… —murmuró— no te toca a ti salvarnos sola.

Dos preparativos. Dos marchas inevitables. Un mismo centro.
Los sanos luchaban para que Alice siguiera siendo una niña que pudiera regresar a casa.

Las hadas enfermas marchaban para forzarla a elegir entre su vida…
y aquellos que ya había decidido amar.

Y en algún punto entre ambos bandos,
el destino contenía la respiración.

Porque si algo temía incluso la Reina Canibalia… era una elección que no pudiera controlar.

La noche cayó antes de tiempo.
No porque el sol se ocultara, sino porque algo en el aire decidió apagarlo. Las sombras se alargaron alrededor de Wysteria como dedos inquietos, y el bosque dejó de cantar.

Alice lo sintió primero.

No dolor. No miedo. Un tirón suave, insistente, como cuando alguien pronuncia tu nombre en un sueño.

Se detuvo en mitad del patio, llevando una mano al pecho.

— Ya vienen…—susurró.

El Sombrerero levantó la cabeza de inmediato.

— ¿Cuántos?

Alice cerró los ojos. No veía números. Veía hambre.

— Suficientes.

En el dominio de la Reina Canibalia, la marcha comenzó. Las hadas enfermas avanzaban dejando huellas negras en la tierra. Donde pisaban, las plantas se marchitaban en segundos. Algunas murmuraban nombres que ya no recordaban del todo; otras reían con bocas demasiado llenas de dientes.

La Reina no caminaba.

Se deslizaba.

Cada paso suyo era una promesa de pérdida.

— No la maten.—ordenó con suavidad.— Rómpanla.

Las tropas respondieron con un coro de toses, risas húmedas y pieles desgarradas batiendo al unísono.

En Eldore, las campanas improvisadas sonaron.
No eran de bronce, sino de metal viejo golpeado con furia. Aun así, el sonido despertó algo antiguo en el pueblo: memoria.
Alice fue llevada hacia el centro, casi sin darse cuenta.

— Quédate aquí.—dijo Akari con firmeza.— Pase lo que pase.

— No.—respondió Alice, inmediata.— Si vienen por mí, no puedo esconderme.

El Sombrerero se acercó despacio.

— No te estamos escondiendo.—dijo.— Te estamos cuidando.

Ella lo miró, y por un instante volvió a ser solo una niña.

— Siempre dices eso…—susurró.

— Y siempre es verdad.—respondió él.

El primer choque no fue una batalla.
Fue un estremecimiento.

El borde del bosque se abrió como una herida y las primeras hadas enfermas emergieron. Sus ojos brillaban con fiebre, sus cuerpos apenas sostenidos por la voluntad de avanzar.

Wysteria respondió. No con gritos de guerra. Con pasos firmes.

Las herramientas chocaron contra carne enferma.
La madera se astilló. La sangre —negra y espesa— cayó sobre el suelo del pueblo.

Alice apretó los dientes.

Cada golpe era una cuenta más en la balanza que no quería sostener.

Fue entonces que esa masa de carne viva empezó a acumularse, haciendo un extraño capullo emerger qué palpitaba como si tuviese vida propia, brotando de algunos orificios una sustancia negra viscosa que caía a chorros al suelo, haciendo a los habitantes de Eldore retroceder asustados de ser tocados por eso.

Entonces… la Reina apareció.

El aire se volvió pesado. Las hadas enfermas se apartaron como si algo demasiado grande estuviera pasando entre ellas.

La Reina Canibalia sonrió.

—Mira.—dijo, sin alzar la voz.— cómo luchan por ti.

Alice dio un paso al frente.

— No te atrevas a usarles como moneda.

La Reina inclinó la cabeza, divertida.

— Siempre lo han sido.

El Sombrerero tosió detrás de Alice, y esta vez la tos fue más larga. Más profunda.

La Reina la miró con ojos brillantes.

— Elige, pequeña.—susurró.— Ven conmigo… y dejaré que vivan un poco más.

El silencio cayó sobre el campo de batalla. Alice sintió cómo todas las miradas convergían en ella. Y por primera vez… el mundo le pidió que pagara con algo que aún no estaba lista para perder.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.