~ Antes de ir a la Guerra. ~
El río avanzaba lento, casi con timidez.
Alice dejó que el agua le cubriera los tobillos, sintiendo el frío subirle por la piel como una caricia necesaria. Había pasado la mañana ayudando a una de las bestias del bosque a recuperar algo que había caído en una grieta imposible; ahora, por primera vez en días, el mundo no le pedía nada.
Solo respirar.
Se sentó en una roca lisa, dejando que el murmullo del agua apagara el ruido de sus pensamientos. Pronto habría gritos, sangre, decisiones que no podían deshacerse. Pero no todavía.
Entonces lo sintió.
No un sonido. No un movimiento. Una presencia.
Alice abrió los ojos.
El aire había cambiado, apenas, como cuando una tormenta decide existir. Se incorporó de inmediato, empuñando la varita con firmeza.
— Muéstrate.—dijo, sin alzar la voz.— Sé que me estás observando.
Nada.
El bosque permanecía quieto, demasiado quieto.
— Vamos…—añadió, girando lentamente.— Muéstrate.
Sintió una sombra detrás de ella. No sabía de qué forma era, ni dónde empezaba, solo que estaba ahí. El corazón le golpeó con fuerza, pero no retrocedió.
— Puedo verte…—mintió, forzando la vista.
El silencio se quebró con una exclamación irritada:
— ¡¿Cómo viste a través de mi hechizo?!
La figura apareció de golpe a su espalda.
Alice dio un pequeño grito y saltó hacia adelante, girándose de inmediato, la varita en alto. Al verla por fin, parpadeó… y luego sonrió, satisfecha.
— ¡Ajá!—exclamó.— ¡Fue mentira y usted cayó en mi trampa!
Rió, breve pero victoriosa.
La desconocida no se molestó.
Al contrario. Una sonrisa lenta, evaluadora, se dibujó en su rostro.
— Tenemos a una jovencita con talento aquí, a mi parecer.—dijo, cruzándose de brazos.— Venga… dime tu nombre.
Alice ladeó la cabeza, sin bajar la varita.
— Primero usted.—respondió.— Y quizá podamos negociar.
La sonrisa de la mujer se ensanchó.
— Difícil de tratar.—asintió.— Me agradas.
Dio un paso al frente, sin hostilidad, pero sin pedir permiso.
— Pero si a esos rumbos vamos… —añadió.— entonces jugaremos igual.
El río siguió corriendo. Y Alice supo, con una certeza incómoda, que ese encuentro no era casual.
Era una advertencia. Y una invitación.
— He escuchado de una señorita, que atravesó obstáculos que otros jamás se atrevieron a hacer, carentes de magia o por cobardes, quien sabe, no es de mayor interes eso, pero tu...—se giró a ella, como si fuese un búho.— tú haz logrado evitar las garras de la Dama Blanca muchas veces...
— ¿Cómo lo sabe?
— Digamos que yo puedo verlo todo y a la vez no, mas que nada porque nada me llama la atención, así que alegrate pequeña, eres la primera que lo hace.—le palmeo la cabeza, notando su cabello.— ¿Que le paso?—tomó suavemente un mechón, como reconociendo el sacrificio que Alice tuvo que hacer para salvarse a si misma.
— Aranidas... me atore cuando escapaba de ellas.
— Entiendo, al menos crecerá y mas fuerte que antes.—le prometió, notando el mechón blanco.— Pero que hermosos colores tienes aqui, pareciera ser un símbolo de equilibrio de dos bandos que hicieron la paz.
El viento agitó las hojas del río. El agua dejó de sonar tan tranquila.
— Dime, Alice.—preguntó entonces, dandole brevemente la espalda.—
¿Sabes por qué Wysteria aún no te ha reclamado del todo?
Alice negó lentamente.
— Porque todavía no has elegido—respondió la mujer.— Y eso…—dio un paso atrás, observándola como quien evalúa una pieza clave.— es lo que más teme este mundo.
El silencio se volvió pesado.
—La guerra que viene no será para ver quién gana.—añadió.— Será para obligarte a decidir.
Y por primera vez desde que llegó al río, Alice sintió frío.
— No podrás llegar a casa, si lo llegas a hacer la Reina Canibalia te perseguirá hasta ahi, ten cuidado... tu camino hacia la Reina Blanca tiene un último obstáculo y tu debes de enfrentarlo, sola.
Se empezó a alejar.
— Tu amigo Briastan, ¿cuando fue La última vez que lo viste?
— En el Imperio Rojo, pero... no miento... yo... no recuerdo.—se disculpó por su falla de memoria, pero la mujer parecía no molestarle ese error.
Se mantuvo tranquila, manteniendo ese aire sereno y calmado, volviendo a girarse a ella.
— Si ese amigo tuyo, empieza a actuar extraño y a decirte cosas sin sentido, haz lo que todo niño hace cuando otro lo molesta.
— ¿Que cosa?—preguntó no queriendo saber la respuesta, esperaba jamás tener que pelear con Briastan directamente, a pesar que tenian sus diferencias, fue el primero de todos en extenderle una mano en ese bizarro país.
La dama solo volvio a sonreír.
— Acusalo con su padre...—fueron sus últimas palabras antes de desaparecer.
Se quedó completamente sola, rodeada de un bosque que claramente podría hacerla perderse en sus pensamientos sin posibilidad de volver a casa.
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Alice caminaba sola.
El murmullo del río había quedado atrás, pero no la sensación de haber sido observada. Cada paso la llevaba de regreso al campamento, al ruido lejano de preparativos, a voces que intentaban fingir normalidad antes de la guerra.
Pero su mente seguía atrapada en las palabras de la mujer.
«No será para ver quién gana.
Será para obligarte a decidir.»
Alice apretó la varita entre los dedos.
— Decidir qué.—murmuró para sí misma.
Volver a casa no era una opción. Avanzar significaba perder algo. Y quedarse… también.
Se detuvo.
Había algo más. No una frase, sino una incomodidad persistente, como cuando uno intenta recordar un sueño y solo consigue fragmentos.
Briastan.
El nombre apareció sin aviso.
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hadas y brujas, alicia en el pais de las maravillas, sombrerero
Editado: 08.03.2026