La risa de la Reina Caníbal retumbó en las paredes del salón, grave y afilada como el filo de un cuchillo.
— ¡Al fin!—exclamó con júbilo demente.— La niña ya no respira… su llanto se ha apagado.
Sus dedos, manchados de carmesí, se alzaron en triunfo mientras sus ojos brillaban con una satisfacción enfermiza. El aire mismo parecía celebrar su crueldad: las antorchas crepitaban con furia, la oscuridad se espesó y un aroma metálico, casi dulce, se extendió por la estancia.
— Lo ves, mi reina,—susurró una de sus sombras— ni siquiera el Sombrerero pudo salvarla… cayó junto con ella.
La Reina Caníbal sonrió con deleite.
— No, no pudo. Y ahora... este reino vuelve a ser mío.
A su alrededor, los que habían acompañado a Alice contemplaban el camino donde la niña había huido, ahora cubierto por una grotesca carne viva que latía y se cerraba lentamente sobre sí misma, como si el propio castillo devorara su esperanza.
Tweedledee y Tweedledum miraban con horror en donde minutos antes se encontraba Alice, la masa de carne viva se la había tragado frente a sus ojos.
Rosita se lamentaba, pero no era momento de llorar, debia ayudar en mantener viva la resistencia de Wysteria, quienes se habían llenado de valor en cuanto la niña que había avanzado les había brindado.
Liebre y Liron estaban en shock, pues el hombre que veían como un protector había caído en las garras del mall. Habían visto como el Sombrerero había corrido tras ella, pero ahora solo el silencio respondía.
— No se preocupen —dijo la Reina con una sonrisa lenta, estirando su voz hasta convertirla en un canto fúnebre.— Pronto se reunirán con ellos.
Una de sus manos, cubierta de costras y venas negras, se deslizó hacia el cuello de la Liebre, sujetándolo con fuerza. El pobre diablo se retorcía, jadeando, mientras sus ojos reflejaban puro terror.
— Quédate quieto, pequeño...—murmuró la Reina, deleitándose con su sufrimiento.— Prometo que será rápido.
Pero antes de que pudiera culminar su macabro gesto, una lanza surcó el aire y atravesó su mano. La carne podrida se abrió con un sonido viscoso, arrancando un chillido tan agudo que hizo vibrar los muros.
La lanza quedó clavada en un tentáculos que cayo a la tierra, a centímetros de los gemelos que reconocieron el arma y el leve fulgor verde.
Liebre cayó al suelo y, sin mirar atrás, huyó tambaleante.
— ¡¿Qué…?!—rugió la Reina, girándose furiosa. Su mirada se posó en la figura al final del salón, una figura que juraba haber visto morir.— ¡¿Tú?!
El aire cambió. El fuego titiló en silencio. La figura avanzó un paso, y entonces el resplandor de la luna menguante se filtró por las grietas del techo, bañando su silueta.
Era ella. Alice.
Pero no era la misma. Su mirada contenía un brillo desconocido, profundo, como si en su interior habitara algo que no pertenecía a un solo mundo. El aire alrededor vibraba, y una tenue neblina azulada se enroscaba en sus manos.
Y en aquel instante, el tiempo pareció detenerse. Porque esa noche no era una noche cualquiera.
Las brujas nacen en las noches de luna llena… Esta noche es especial, pues en esta noche de luna menguante a nacido una nueva bruja. Un ser que nació de dos mundos distintos, que siempre se habían mantenido en una eterna pelea y que ahora mantienen una paz temporal.
— Me voy a convertir en una bruja de Hecate como mi mamá y en un vampiro muy fuerte justo como mi papá... y no voy a dejar que una cosa tan fea como tu se ponga en mi camino de regreso... porque no te tengo miedo, ¡ya no te tengo miedo!—alzó su varita, apuntando directo a la Reina, mientras de la carne viva, energía un lobo rojo familiar para todos, mientras la hacía treparse a su lomo.— Adelante, tu y yo vamos a bailar.
El suelo tembló bajo sus pies.
La Reina Caníbal rugió, extendiendo sus brazos cubiertos de carne viva, y el aire se llenó de un hedor metálico y húmedo. De su cuerpo brotaban sombras con garras y dientes, retorciéndose como humo vivo.
Pero Alice no parpadeó.
Sus ojos, antes tan humanos, ahora brillaban con dos reflejos distintos: uno plateado, otro carmesí.
Y en ellos se abría algo más que la visión del mundo…
Veía los hilos ocultos de la magia, los engaños que danzaban entre la luz y la oscuridad.
El lobo rojo gruñó bajo ella, impaciente.
Alice bajó una mano y acarició su cuello. El pelaje ardía como brasas vivas, pero no la lastimaba.
— Vamos, Sombrerero…—dijo con voz segura.— Sígueme el ritmo.
La Reina lanzó un chillido, y el suelo se abrió en una red de bocas dentadas.
Pero Alice vio cómo las ilusiones se tejían: cada trampa era un eco, una mentira sostenida por los temores de quienes las miraban.
— A la izquierda—ordenó en voz baja.
El lobo saltó, esquivando justo antes de que una lengua negra emergiera donde habían estado.
La Reina chilló frustrada.
— ¡Imposible! ¡Nadie puede ver mis sombras!
— Yo sí—respondió Alice, alzando la varita. De la punta brotó una línea de luz azul, que cortó el aire como una grieta en el velo de la realidad.— Porque pertenezco al mundo que las crea… y al que las destruye.
El lobo corrió en círculos, trazando un símbolo que sólo los ojos de una bruja de Hécate podían entender: un sello lunar, formado por destellos rojos y azules.
Cada zancada del lobo borraba una ilusión, y cada mirada de Alice desnudaba otro engaño.
Las paredes de carne comenzaron a disolverse, mostrando el verdadero corazón del salón: un vacío inmenso, donde la Reina se sostenía apenas con la magia que le quedaba.
Fue que de la nada se formaron runas en el piso, haciendo al lobo alejarse mientras Alice se aferraba al pelaje.
— Levithmong Zong…—la Reina chasqueó los dedos, retirándose de momento a sanar sus propias heridas.
De el portal, emergió un ave, la cual aterro a todas las hadas y las hizo huir, menos a quienes peleaban por Wysteria y ayudaban a Alice.
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Editado: 08.03.2026