El grito se apagó de golpe.
No hubo explosión. No hubo victoria ruidosa.
El castillo empezó a deshacerse.
Los muros vivos perdieron tensión, la carne se volvió gris, quebradiza, desprendiéndose en bloques húmedos que caían al abismo con sonidos sordos. Los tentáculos se aflojaron uno a uno, soltando aquello que habían sostenido durante años. Algunos se contrajeron por última vez; otros simplemente colgaron, inertes.
Los capullos se abrieron. No para liberar algo sino para vaciarse. Lo que había dentro se desmoronó en polvo oscuro, arrastrado por corrientes de aire que el castillo ya no podía contener. Las bocas del suelo se cerraron definitivamente. Los hongos se marchitaron, encogiéndose hasta quedar como restos secos, incapaces de volver a alimentarse.
El corazón, atravesado por la lanza, dejó de latir.
La luz de Fifalz se disipó lentamente, como una vela que se consume sin ruido. Donde antes había carne y poder, quedó una cavidad oscura, silenciosa.
Entonces Alice cayó de rodillas. No lloró. No gritó. Se quedó ahí, temblando, el brazo herido colgándole sin fuerza, respirando con dificultad, como si el aire hubiera cambiado de peso. Todo su cuerpo le dolía ahora que ya no había urgencia.
Había ganado. Y aun así, se sentía vacía. Miró sus manos. Tan pequeñas. Tan manchadas.
Pensó en la Reina, en el niño, en el rey, en las hadas que nunca volverían a volar. Pensó en lo que había tenido que hacer para detener aquello.
— Se acabó…—susurró, sin estar segura de si era un alivio o una condena, por instinto tomó unos hongos pequeños, esos hongos que poseían unos ojos bizarros y estos aun permanecían ilesos, como si el caos no los hubiera alcanzado.
El castillo crujió otra vez, más profundo esta vez. Un sonido de colapso inevitable, como un suspiro final.
Alice alzó la vista. Sabía que no quedaba mucho tiempo.
Y aun así, por un instante, se permitió quedarse quieta sentada entre las ruinas de un reino que había decidido terminar.
— Si te quedas ahí sentada seras parte de esta tumba.—una voz pintoresco le hizo girarse a ver una columna caída, mientras a su alrededor todo colapsaba sin piedad en aplastar el podrido cadáver de la Reina.
— Minino Cheshire...—lo miró sorprendida, ese gato siempre aparecías cuando ella estaba envuelta en líos.
— A sus servicios, pero no es tiempo de charlas.—de la nada misma huzo aparecer un frasco con un líquido rojo.— ¿Recuerdas esto, querida niña?
— El jardín, tome eso y me hice pequeña, del tamaño de un hada.
— Así es, ahora, bebelo todo y no dejes nada.
Y dichas esas palabras, Alice recibió la botella, abriéndole y bebiendo de un trago el líquido, de pronto sintió su cuerpo empequeñecer, hasta ser del tamaño de un bolsillo. Cheshire se acercó a ella y la hizo subir a su lomo, mientras empezaba a avanzar, tomando rutas hasta llegar a la sala de trono.
— Oupsi, tenemos compañía.—dicho eso, Alice miró.
Las hadas estaban llegando. Emergían de pasillos laterales, de grietas, de lugares que el castillo ya no podía sostener. Sus pieles enfermas se agitaban con desesperación mientras rodeaban el cuerpo sin vida de su Reina, sin prestar atención al colapso del mundo que las había mantenido encerradas.
No gritaban. No lloraban. Solo se acercaban, hipnotizadas por el cadáver, ajenas a que el castillo estaba a punto de sepultarlo todo.
Alice apretó los dedos contra el pelaje de Cheshire.
El trono se resquebrajó. El suelo empezó a ceder. Y el tiempo se estaba acabando.
Tratando de ir en silencio, Cheshire termino pisando un hueso viejo, el cual se quebró causando un ruido sonoro –algo extraño la verdad– llamando la atención de las hadas.
El primer grito no fue de rabia, fue de reconocimiento del enemigo a los intrusos.
Las hadas alzaron la cabeza al mismo tiempo, como si algo invisible las hubiera jalado desde dentro. Sus ojos opacos se fijaron en Cheshire… y luego en la diminuta figura sobre su lomo.
— Ah…—susurraron varias voces a la vez.
El castillo respondió con un crujido violento.
— Eso no suena bien.—comentó Cheshire, ya en movimiento.
Saltó.
La sala del trono colapsó detrás de ellos cuando las hadas se lanzaron en enjambre, cuerpos enfermos avanzando con desesperación. El aire se llenó de chillidos agudos y del sonido húmedo de cuerpos chocando contra paredes que se desmoronaban.
Alice se aferró al pelaje.
Desde su tamaño diminuto, todo era demasiado grande, demasiado rápido. Columnas enteras caían como árboles talados. Fragmentos de carne endurecida rebotaban contra el suelo, aplastando a las hadas que no lograban apartarse… y aun así seguían viniendo.
— ¡No mires atrás!—dijo Cheshire con una risa nerviosa.— Nunca es buena idea.
Corrió por un pasillo que se cerró justo después de su paso. Las hadas se estrellaron contra la pared recién formada, pero otras encontraron rutas nuevas, saliendo de grietas, de techos, de lugares que no deberían existir.
Una pasó demasiado cerca.
Alice podía sentir como esta se acercaba cada vez mas, podía sentir la desesperación invadir su –ahora– diminuto cuerpo.
— ¡Cheshire!—gritó, aunque su voz apenas fue un hilo.
— Tranquila, pequeña.—respondió él.— Todavía no me han atrapado… aún.
Saltó hacia una escalera que se partió en dos bajo su peso. Cayó, giró en el aire y aterrizó en una cornisa estrecha que se deslizaba hacia el abismo. Abajo, la oscuridad se abría como una boca lista para tragarlo todo.
Los tentáculos muertos caían junto a ellos, arrastrando hadas enredadas que desaparecían sin sonido.
—Este castillo siempre fue malo para los planos —murmuró Cheshire.
Las hadas gritaron al unísono.
Una de ellas se lanzó directamente hacia Alice. Cheshire giró la cabeza y sonrió… solo su sonrisa.
La hada atravesó el espacio donde él había estado un segundo antes y se estrelló contra el muro que colapsaba.
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hadas y brujas, alicia en el pais de las maravillas, sombrerero
Editado: 29.03.2026