Alice y los Horrores de Wysteria

28-. Brumelith, El Reino Blanco

El corazón de Brumelith era aún más extraño que sus calles.

Todo parecía cuidadosamente ordenado.

Demasiado ordenado.

Las casas blancas daban paso a senderos impecables, estatuas sin una sola grieta y jardines tan perfectamente alineados que Alice sentía que el reino entero había sido acomodado por manos obsesionadas con el control.

Y en medio de todo el laberinto.

Altos muros blancos se elevaban formando caminos interminables cubiertos de rosas y enredaderas. Desde afuera parecía hermoso.

Pero mientras más lo observaba más incómodo se sentía.

Miro a la distancia el enorme castillo, mientras se sentaba en una de las blancas bancas a tomar un poco del jugo que le habían entregado en Eldore, pequeñas habitas se le acercaban, miraban el color amarillo de su vestido y el verde de los listones que lo adornaban, solo para salir corriendo entre risitas dejándola sola y confundida.

Volvió su vista al castillo mientras reanudaba su marcha.

Desde la distancia, el castillo de Brumelith parecía una ilusión hecha de luz.

Blanco. Completamente blanco.

Sus enormes torres se elevaban hacia el cielo como agujas de porcelana, reflejando el sol de tal manera que a veces costaba mirarlo directamente. Los muros no tenían manchas, grietas ni señales de desgaste; todo lucía demasiado limpio, demasiado perfecto para sentirse real.

A su alrededor crecían jardines inmensos llenos de árboles verdes y flores de colores intensos, un contraste tan vivo que hacía que el castillo resaltara aún más, como una figura arrancada de otro mundo y colocada cuidadosamente en medio de la naturaleza.

Desde lejos era hermoso. Elegante. Casi etéreo. Pero mientras Alice avanzaba por los senderos blancos de Brumelith y el castillo comenzaba a hacerse más grande frente a ella la sensación cambiaba. Las paredes eran demasiado altas. Las ventanas demasiado largas y estrechas. Las torres parecían observar desde arriba a cualquiera que caminara bajo ellas.

Cada paso hacía que el lugar pareciera menos un hogar y más una vitrina perfectamente acomodada donde nada podía salirse de lugar. El puente principal estaba cubierto por mármol blanco pulido hasta el punto de reflejar vagamente el cielo bajo los pies de quienes lo cruzaban. A ambos lados se alzaban estatuas impecables de antiguas hadas nobles, todas con expresiones serenas y vacías. Ni una sola planta crecía sobre las paredes del castillo. Ni una raíz. Ni musgo. Nada imperfecto sobrevivía demasiado cerca de la residencia de la Reina Blanca.

Alice levantó la vista mientras se acercaba más a las enormes puertas. Incluso las banderas ondeando en las alturas eran completamente blancas. Sin símbolos. Sin colores. Solo tela clara moviéndose con el viento. Y aunque el lugar seguía siendo hermoso, Alice no pudo evitar sentir que el castillo entero estaba conteniendo la respiración.

Alice avanzó por uno de los senderos del laberinto, el sonido de sus zapatos perdiéndose entre el silencio casi antinatural del lugar. Después de Eldore, Arckleon y el caos de Wysteria, aquella perfección le parecía extrañamente sofocante.

De pronto escuchó unos gritos, pintura blanca salir volando a través de los muros. Confusa trato de escuchar por donde provenia, daba saltos tratando de ver a través de los muros hasta ver una puerta, asomándose solo para volver a agacharse ante el ataque de pintura blanca que dio detrás de ella.

Se giro a ver y reconoció las voces

- ¡Más rápido!

- ¡Te dije que revisaras las semillas!

- ¡Y yo te dije que no confiaras en el jardinero!

- ¡El jardinero era de confiar!

- ¡Mira en que problemas nos metió tu confianza!

- ¡Toda tu culpa!

Alice ladeó la cabeza y se acercó un poco más hasta encontrar a tres pequeñas hadas revoloteando alrededor de un enorme rosal. Era la primera ve, aue lograba ver a hadas que poseía alas, toda aquella que veía siempre tenia la espalda despejada.

Pero lo que le sorprendió e hizo parpadear confundía fue verlas con pintura, pintura blanca.

Las hadas estaban cubriendo desesperadamente rosas rojas, pintando pétalo por pétalo mientras lanzaban miradas nerviosas hacia el laberinto. Una que otra vez las veía chocar con el rosal y volver a retomar la actividad a toda prisa.

Una de ellas giró la cabeza y al ver a Alice gritó como pobre alma siendo reclamada por un demonio. Lanzando por los aires la cubeta y el pincel que dieron a dar al suelo desparramando todo, asustando a Alice que dio un ligero brinco y retrocedió un paso.

- ¡AAAAAAAAAAAAAHHH, NOS DESCUBRIERON!

Las otras dos soltaron los pinceles de inmediato, arrodillandose empezando a suplicar por sus vidas.

- ¡No fuimos nosotras!

- ¡Las rosas crecieron así solas!

- ¡Fue culpa de la tierra!

- ¡Y del jardinero!

- ¡Somos inocentes, por favor!

- ¡Piedad por favor!

Alice las observó en silencio unos segundos.

Luego miró las rosas, despues las pinturas y otra vez las rosas. Su mirada volvió de regreso a donde las hadas.

- ...¿Las están pintando?

Las tres hadas se quedaron inmóviles, como si les hubieran hecho la pregunta mas ofensiva de todas. Finalmente una bajó lentamente el pincel.

- La Reina Blanca pidió rosas blancas.

Otra señaló las flores rojas con tragedia absoluta, dando un último retoque mientras bajaba del nuevo el pincel.

- Y crecieron incorrectamente.

Alice miró los pétalos cubiertos de pintura.

La lluvia reciente había empezado a hacer que parte del blanco escurriera lentamente, dejando manchas rosadas y rojas debajo.

No pudo evitar pensar en Brumelith entero.

Perfecto por fuera. Pero cubriendo algo debajo.

Algo en el lugares olía mal debido a tanto blanco que hasta ya las plantas de estaban viendo afectadas, podía recordar la conversación que tuvo con Akari antes de partir.

«En Brumelith, por lo que escuche, las casas, piso y parques son blancos menos los jardines y las ropas de sus habitantes, así que quizá no te vean tan extraño después de todo.», recordó mientras daba un suspiro frotandose su rostro. «Otro misterio por resolver, genial», pensó de mala gana cruzandose de brazos.




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