Alice y los Horrores de Wysteria

29-. El Mimico Voraz.

- ¡¿Cómo que la niña escapó?!

La voz resonó por toda la sala blanca.

Los guardias permanecieron rígidos mientras varias hadas bajaban la cabeza aterradas. Frente a ellos, la Reina Blanca mantenía aquella sonrisa perfecta... aunque sus dedos apretaban el borde del trono con tanta fuerza que pequeñas grietas verdes comenzaron a extenderse bajo los guantes.

- Sí, majestad.-respondió uno de los guardias sin levantar la vista.- Salió por la ventana. El Mímico logró romper la puerta y ahora la está buscando.

Hubo silencio, lento y pesado.

Entonces la reina se puso de pie bruscamente.

- ¡Vayan igual a buscarla!-ordenó de golpe.- ¡Córtenle la cabeza!

Las hadas se estremecieron.

Incluso los guardias parecieron tensarse apenas.

Porque aquella frase no sonó como la de una Reina, sonó como alguien intentando imitarla.

Una de las hadas tragó saliva antes de atreverse a hablar.

- M-Majestad... usted había dicho que cuando ella llegara la recibieramos bien... que ella nos iría a ayudar con las hadas enfermas...

La reina giró lentamente la cabeza.

Y por un instante su rostro falló aunque fue mínimo, n segundo apenas. La piel de su mejilla se onduló como porcelana líquida antes de volver a acomodarse.

Pero todos lo vieron.

La hada palideció inmediatamente mientras retrocedía unos pasos, ocultandose detrás de una columna de mármol.

La sonrisa de la reina volvió.

Perfecta y artificial. La misma sonrisa con la que llegó al reino luego de estar meses perdida.

-¿Y?-preguntó suavemente.

El ambiente entero se volvió insoportablemente pesado. Habia miedo en sus miradas, no respeto, solo miedo en su más puro estado.

Uno de los guardias finalmente habló:

- La verdadera Reina Blanca jamás ordenaría una ejecución sin juicio.

Silencio absoluto.

La sonrisa de la reina desapareció lentamente y entonces algo dentro del salón crujió, como si fuese algo terminando por romperse o un objeto que termino roto. La figura sobre el trono inclinó apenas la cabeza hacia un lado de manera antinatural, teniendo un leve tic en el cuello que paso desapercibido para todos. Como una muñeca rota intentando copiar movimientos humanos o fingiendo ser algo que jamás llegaría a ser.

- ...Qué problemáticos se han vuelto todos desde que ella desapareció.

Las hadas abrieron los ojos horrorizadas mientras se alejaban lentamente de él alcanza de la Reina.

Uno de los espejos del salón explotó de golpe, haciendo que los cristales se incrustraran en el rostro de algunas hadas cercanas que se quejaron a lo bajo mientras se alejaban de aquello que fingía ser su reina.

Y por primera vez desde que Alice llegó a Brumelith la cosa sentada en el trono dejó de fingir completamente.

Las grietas verdes recorrieron su piel blanca como raíces extendiéndose bajo porcelana. Su sonrisa se abrió demasiado, mostrando algo oscuro moviéndose detrás de los dientes.

No era la Reina Blanca que ellas habían adorado, nunca lo fue y mientras los guardias levantaban sus armas lentamente la impostora sonrió todavía más.

- Encuentren a la niña.-susurró.- Antes de que descubra dónde está la verdadera Reina.

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- ¡Al fin!-celebro Alice saliendo del pasillo secreto mientras sacudía su vestido, aunque su satisfacción le duró exactamente tres segundos.

Porque el lugar donde apareció era todo menos tranquilizador.

La humedad impregnaba el aire.

Las paredes de piedra oscura estaban cubiertas de musgo y pequeñas gotas de agua descendían lentamente por las grietas del techo. El olor era una mezcla desagradable de encierro, metal oxidado y algo más antiguo que Alice no supo identificar.

- ¿Dónde estoy?...-murmuró mirando alrededor.- No me digan que me volví a perder.

Avanzó unos pasos y entonces las vio. Celdas, filas enteras de ellas, similares a las que vio en el Castillo Canibalia pero sin paredes de carne viva.

Los barrotes se extendían por ambos lados del corredor, algunos doblados por el paso del tiempo y otros todavía intactos.

La mayoría estaban vacías, pero no todas.

Alice se acercó a una de las puertas, asomandose curiosa, mas no había nadie dentro solo manchas oscuras secas sobre la pared y arañazos, muchos arañazos como si alguien hubiera intentado salir desesperadamente.

Alice se apartó de inmediato.

- Otro calabozo. Genial.

Su voz resonó por el pasillo, demasiado fuerte y sola. La niña tragó saliva mientras sujetaba con fuerza su varita avanzando con mucho cuidado. Después de Wysteria había aprendido una regla muy importante, los lugares vacíos rara vez estaban realmente vacíos.

Siguió avanzando despacio. Cada paso producía ecos que parecían multiplicarse entre los corredores a veces creía escuchar otro juego de pisadas detrás de las suyas, pero cuando se giraba no había nada solo oscuridad, barrotes y silencio.

Hasta que algo llamó su atención, al final del corredor había una celda diferente más grande y más reforzada, las cadenas aún colgaban de las paredes y la puerta estaba abierta.

Alice sintió un escalofrío porque alguien había estado allí mucho tiempo. Podía verlo en las marcas del suelo, en los grilletes, en los restos de tela podrida abandonados en una esquina.

Y entonces notó algo más.

Una pintura muy vieja, casi borrada en un intento de tratar de ocultar algo, se acercó con cuidado mientras tallaba haciendo caer los residuos de esta.

Un símbolo blanco dibujado sobre la pared interior, no parecía un número ni una marca de prisión, parecía un sello uno diseñado para mantener algo encerrado.

Alice se quedó inmóvil observándolo.

- ...Eso no me gusta.

Retrocedió un paso «Crunch.» Su pie aplastó algo, al bajar lentamente la mirada notó un montón de cubiertos oxidados.

- ¿Qué hacen cubiertos en un calabozo?




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