Alicia en el País de las Parafilias

1.5. AUSENCIA

Diario

Hoy ayudé a Alicia con la pulsera y la vi sonreír y eso me llenó de mucha felicidad.

Su sonrisa fue como un alimento que llenó mi corazón y no me sentí así casi nunca.

Siento que mi trabajo, el por qué vine a este mundo es dibujarle sonrisas. Porque es como una pintura que nunca me cansaría de verla, cada que la veo encuentro más detalles... Detalles que me enamoran más.

Seguro desde hoy. Seremos si quiera amigos. Mañana me acercaré a ella y la saludaré.

[...]

Por más que el chico la esperó en el lugar que ella siempre se sentaba en los recesos a comer su merienda y escribir no la encontró. Fue donde solía dar sus clases extra música y al gimnasio, y solo se encontró con las salas vacías y en silencio.

Así como yacía ya su corazón con la ausencia de ella.

Parecía que, que el escribía su historia debió borrarla por completo de las páginas porque no se encontró ni con una pizca de su esencia. Y así fueron varios días.

A veces el chico creía que Alicia regresó de donde salió, de esos cuentos mágicos, más él no podía entrar a esos fantásticos mundos. Él se creía mundano, todas sus partes estaban hechas con fragmentos del mundo real. Y para él, el mundo real estaba podrido. En cambio, Alicia estaba hecha de polvo de hada de Nunca Jamás, pelo de unicornio, la casa de dulces de Hansel y Gretel eran sin sabor, porque Alicia tenía toda su dulzura y había robado todo el brillo del camino de baldosas amarillas. Y si ese no era el caso, seguro sus padres la mudaron a un país de primer mundo, sea como sea él nunca más la vería.

Y ese peso le acompañó mientras transcurrían los días sin verla. Era como una sanguijuela invisible que se alimentaba de él y se hacía más grande. Sentía demasiada culpa, por no decirle dos verdades grandes:

"Gracias me salvaste la vida".

"De todas las estrellas del infinito universo era la que más brillaba".

[...]

Era viernes. El calendario marcaba 5 días sin ver a Alicia. La magia que ella tenía en su vida se rompió y su vida volvió a la normalidad. Y lo que para él era normal era el sufrimiento.

La casa del chico estaba a las afueras de la ciudad. Donde los edificios altos que predominaban la ciudad eran inexistentes, donde el asfalto tenía grietas por el tiempo. Donde el suelo árido había absorbido toda vida vegetal. Vivía en el barrio más pobre de la ciudad.

Llegó a casa y Frank, su tío, como siempre yacía sentado en su sofá. Con una camiseta blanca que por la suicidad era ya gris y unos jeans con manchas en la entrepierna. Parecía un abeja reina malvada sentada en su trono esperando a que sus obreras la alimenten de muchas formas.

Y sobretodo de la manera que le satisfacía...

—¿Chico y las cervezas que te pedí?

Al escuchar la voz ebria de Frank, el chico se detuvo.

Llegas demasiado tarde y no traes lo que te pedí. ¿Dónde demonios estabas?

El chico sabía porque había llegado tarde, se había quedado recorriendo el colegio esperando a Alicia. Una Alicia que nunca llegó.

Frank se empezó a sacar el cinturón y se acercó a él. Cada golpe que recibía le ayudaba a recordar que Alicia ya no estaba a su lado, en su historia para aliviar su dolor.

Al llegar la noche cenaban. Sus manos temblaban. Hasta el peso de una simple cuchara le costaba. Tanto como el dolor externo e interno aun persistía. Solo debía aguantarlo, igual no era lo peor que le solía ocurrir. Como aquella vez que le mojó con un balde agua fría y le obligó estar parado toda la madrugada en el patio, donde sintió como el frío perforaba sus huesos. Solo por el simple hecho que no puso el control remoto en su lugar.

En la mesa estaba Frank y Magie, su tía, en el ambiente reinaba el silencio. Por más que Magie veía los moretones que él chico tenía no debía preguntar nada, ni entrometerse sino ella se llevaría el doble del castigo. Allí los 3 comieron. Sin embargo quien mejor se alimentaba era Frank, se saciaba de sus miedos y el poder que tenía.

Eh tú...

Dijo Frank. Su voz le hizo sobresaltar, rompiendo el silencio del lugar. Inmediatamente dejó de comer y le prestó atención. Sabía si él hablaba debía prestarle atención sino recibía un golpe con cualquier cosa tenía en sus manos.

Dígame señor.

—Esta mañana me dijo Pablo para que vayas ayudar a su taller, ya sabes que lo que tragas no es gratis. Así que luego de lavar los trastes te duermes y vas muy temprano.

—Está bien señor.

Y Frank tomó un sorbo de cerveza, como si de un simple refresco se tratase.

Le costó dormir esa noche, solo veía una estrella que brillaba más. Donde sea que esté Alicia seguro lo vería, o al menos eso quería creer. Y eso le ayudó un poco a calmar el dolor. Era una pequeña dosis de ella.

Parecía que su trabajo en el taller de Pablo no era ayudar, sino ser el bufón de todos. Como la vez que le dieron a probar su primer cigarrillo a los 11 años y tuvo un fuerte ataque de tos y todos los demás se rieron. O la vez que le mostraron la foto de un trasero y le preguntaron que si le gustaba y el chico dijo sí y le revelaron que pertenecía al trasero de un hombre y en lo quedó del día le hacían bromas de que era maricón. Desde ese momento se juró así mismo que nunca se metería con um hombre ni siquiera en pensamientos.

Esa mañana Pablo le dijo que cargue unos motores de auto y todos veían como le era difícil y lo hacía a duras penas.

Vamos flacucho, por eso debes comer bien.

Se rieron Pablo y sus otros ayudantes.

Cuando el chico ya estuvo a punto de subir el último motor más pesado a las cajas, uno de los trabajadores le arrojó un tornillo, que le hizo caer a sus piernas. Las risas estallaron a más no poder. A ellos no les importaba que si estropeada el motor, igual estaban dañados. El trabajo que hacía el chico más bien era el entremés del almuerzo.




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