"Me gustaría saber a qué huele girasoles".
—Yo solía tener una amiga, la misma que me enseñó de música. Amaba los girasoles, Pero nunca me mostró uno real.
Era fin de semana. El chico debería ir al taller de Pablo, o eso le dijo a Frank. Solo tomó el bus rumbo al cementerio donde antes yacía su padre, mas ahora no, pues no habían pagado más años de estadía. Había muchas florerías. Se había quedado en la parada, fue a la florería compró los girasoles más vivos.
Luego fue al taller de pablo, llegó 2 horas tarde y eso le mereció más bromas, pero no le importó su mente estaba centrado en el día de mañana iba a cumplir el último deseo pendiente de Alicia y él le iba a decir también su deseo.
Qué importaba si Pablo le había hecho caer un tornillo caliente en el brazo y le había dejado una marca que probablemente toda su vida, el dolor y cualquier sentimiento negativo era diminutos, microscópicos a comparación del amor que sentía en su corazón.
El dolor era como un átomo y el amor que sentía como una galaxia entera.
Al llegar a casa las riñas y discusiones no eran nada, el cuerpo del chico estaba en esa sala sucia, pero su mente estaba en otro mundo. Ese mundo mágico que solo Alicia sabía hacerle viajar.
En cierto momento Frank le quitó la comida y le dijo que nada más comería, tampoco le importaba su estómago estaría vacío, eso pensó él, que cualquier persona podía llenar el estómago, más el corazón era difícil de llenarlo y eso Alicia lo hacía muy bien. Esa noche durmió feliz.
Y soñó con el mañana. Con al fin sentir a Alicia.
Abrazarla era lo único que deseaba.
Sentir su cuerpo.
Quedar impregnado de su dulce aroma.
[...]
Llegó el día siguiente. Quiso meter los girasoles a su mochila, sin embargo no cabían. Tampoco podía pasar con las flores por la sala, Frank siempre estaba en la sala bebiendo a la primera hora, como si de eso tratara su trabajo, al contrario de Magie, despertaba bien temprano a ayudar a limpiar a casas ajenas de gente adinerada.
El chico puso los girasoles en una sesta y lo ató con una soga. Lo bajó por la ventana con suma delicadeza, pues allí iba transportando el último deseo de Alicia.
La sesta cayó al piso y él asomó su cabeza para ver si había caído bien. Y se alegró que sí.
Luego se cargó su mochila y se hizo un peinado. Nunca lo hacía y fue a la habitación de Frank y Magie para buscar un fijador de pelo. La cama tenía ciertas marcas de sangre producto de la pelea de ayer. Hurgó la caja del velador y se quedó fascinado porque había una cámara de fotos instantánea.
Abrió otro cajón y estaba perfumes y algunos maquillajes algo viejo que Magie guardaba porque no lo había comprado hace tiempo y Frank tampoco le dejaba. Levantó el perfume y se le echó.
Si cumpliría si sueño de al fin tocar a Alicia quería estar muy presentable.
Guardó la cámara. Iba a sacar una fotografía a Alicia sin que se dé cuenta. Mirar la foto cuando esté en casa o la extrañe. Lo cual era casi siempre.
Bajó los escalones sin tratar de hacer mucho ruido. Más inmediatamente vio a Frank, tenía la mirada más neutra que de costumbre.
—¿Por qué carajos llegaste tarde ayer al taller de Pablo?
El chico solo trató de ignorarlo e ir a la puerta. Frank se paró frente la puerta. Duro como piedra que bloquea el paso.
—¿Qué no te bastó robarme el parlante el anterior semana? ¿O que robaste también mi caja de herramientas?
Frank bebió un trago de cerveza y lo tiró vacía. Se quitó el cinturón. Quería estrellarlo en el cuerpo del chico.
—¿Qué no te bastó con matar a mi hermana con tu nacimiento?
Frank sonrío mostrando sus dientes corroídos por el alcohol.
—¿Por qué mejor no vas a clases y me la paso divirtiendo contigo hoy?
Frank lanzó el primer latigazo que sonó en el aire y al chico le llegó despeinándolo y dejándole una marca roja en el rostro.
—Solo eres una sanguijuela. Nos chupas la sangre a mí y a Magie. Así como chupaste la sangre a tu madre hasta matarla. No deberías estar vivo deberías meterte.
El chico recordó aquella vez en que se subió al quinto piso del colegio para lanzarse.
Cuando Frank lanzó el siguiente latigazo el chico lo esquivó. Frank cayó al piso. El chico cerró la puerta, fue a su lado de la habitación, tomó las flores y corrió. Como nunca lo hizo.
No importaba el infierno de su casa. Pronto estaría con Alicia.
Le ardía el brazo quemado en el taller.
Le dolía la cara.
Pero pronto Alicia le sanaría. Ella aliviaba todo.
Logró alcanzar el bus y al bajar. Se arregló el pelo. También la camiseta. Las lágrimas querían salir de su rostro, pero el recuerdo de ver a Alicia absorbió la tristeza como una fuerte esponja.
Aunque un meteorito destruya la tierra, él estaría feliz si tendría a Alicia en esos últimos minutos.
Ella le había salvado la vida ese día que quería matarse. Lanzándose del quinto piso del colegio. Y eso se lo repetía siempre.
[...]
—Oye perdedor porque ya no vienes a clases. Extrañamos joderte la vida.
Carlos estaba frente a él con dos de sus amigos.
—¿Por qué vas bien cambiado? La gente anda diciendo que estás saliendo con la nueva ¿Eso es verdad parece no?
Los tres amigos de Carlos le rodean y lo miran con desprecio.
—Parece que es así... porque tampoco se le ha visto todas estas semanas. Pues que bien ambos son de la misma mierda.
Carlos le susurró al oído y los demás rieron.
—En especial ella. Es una puta.
El chico había soportado varios insultos por 5 años. Podrían burlarse de su pelo. De la ropa que siempre traía del ejército de salvación. Podrían haber escupido su sándwich y obligarle a comérselo como antes ya lo habían hecho. Robarle la tarea o el dinero. Encerrarle en el baño.