Si una experiencia resulta demasiado dolorosa, conflictiva o angustiante para la conciencia, la mente puede apartarla de forma automática hacia el inconsciente. Este proceso, llamado represión, actúa como un mecanismo de defensa cuya función es proteger al individuo del sufrimiento psíquico inmediato.”
— Sigmund Freud
Los capítulos 3.2, 3.3 y 3.4 yacían perdidos en la inmensa laguna de su mente.
[...]
La mente de Alicia no recordaba el cómo llegó allí. Su mente era un libro con capítulos faltantes. Como si alguien hubiera arrancado varias páginas.
[...]
Alicia niña cae a un enorme agujero donde la oscuridad no parece tener un fin, ni siquiera un principio.
Donde la luz murió. Donde el color murió. Donde el sonido murió. Dónde gran parte de su mente también.
Cae y cae y nunca parece llegar al final.
Intenta hablar, pero su voz fue a dar un largo viaje. Tampoco siente su cuerpo o quizá no tiene uno; piensa.
También parece que sus recuerdos en su mayoría le han abandonado, por más que intenta excavar en el jardín de su memoria se encuentra con recuerdos marchitos que por más que intenta descifrarlos no logra entenderlos, como una ecuación matemática recién inventada y ella nunca se sentó bien sobre una mesa con los números, siempre parecían que hablaron otro idioma.
Mientras sigue cayendo y sin poder mover su cuerpo, mejor se decide viajar rumbo al interior de sí y para eso no necesita boletos de avión o metro ni siquiera poder mover los pies, solo ver su interior.
En el jardín de su memoria trata de hallar más cosas, al menos la razón porque está en esa caída sin fin. Arranca una planta que envés de hojas tienen fotografías borrosas, distingue un poco algunas.
Una niña y un niño algo mayor jugando en un castillo de colores, otra el mismo niño ayudando a subir a la niña a una nave espacial, el niño cargando a la niña subiendo una montaña, el niño lanzando una pelota en un parque de divisiones, el niño contando cuentos a la niña.
Alicia se sorprende quienes fueran estos dos amigos o hermanos debieron ser muy felices viviendo todas estas aventuras, mientras ella solo cae y cae sin saber su destino.
Ve las demás hojas en fotografías y todo se pone más borroso.
Arranca la planta y ve las raíces que tenía muchos gusanos con dientes, siente asco, pero ve una fotografía entre todo:
El mismo niño de las anteriores fotografías, sin embargo, está solo y triste, no hay rasgos de la niña.
Los gusanos escalan su mano abren más sus dientes y uno tras otro comen la fotografía hasta no dejar nada.
Alicia mira el jardín de fotografías y una plaga los gusanos han acabado todos los recuerdos.
Mira alrededor y parece que una nube negra se ha tragado el sol y más allá solo hay un extenso bosque oscuro. Pero hay una casa descolorida frente al jardín cuya puerta está con seguro.
Las ventanas cubiertas con periódicos que hablan de la desaparición de una niña que ella desconoce. Y no puede ver nada del interior.
Hasta que un fuerte golpe le hace salir de su mundo interior. Al fin ha llegado a lo profundo de ese agujero sin fin.
Esto lo sabe porque al fin puede sentir su cuerpo. Su espalda choca contra un piso gélido, que cree haber llegado a la Antártida, aunque se dice, en la Antártida hay pingüinos y leones marinos y este sitio más bien parece ningún lugar, el color, luz y sonido siguen inexistentes. Alicia mueve un poco los dedos y se escuchan como crujidos de galletas y más al mover todo su cuerpo.
«¿Acaso soy una galleta?»
Inmediatamente se deshace de esa idea al ya estar parada y dar unos pasos que le cuestan mucho hacerlo. Las galletas no caminan. Quiere decir algo lo que sus pensamientos le dictan, más su boca da sonidos mudos.
«Pero las galletas no hablan así como yo nada puedo decir¿Entonces que soy?»
Alicia camina sin tiempo en ese lugar, porque en ese lugar también parece que ni la hora, ni los minutos y mucho menos los segundos existen, pues por más pasos que dé nunca llega al final, todo está absolutamente oscuro. Siempre es noche.
Y siente mucho frío pues no tiene ni una prenda que la proteja. Y siente un apetito enorme. Que envés de ella devorarlo, el hambre la devora a ella consumiendo sus fuerzas.
[...]
Alicia cae pues el hambre devora sus últimas fuerzas.
Hasta que sus manos al fin tocan algo más que no sea suelo frío y la nada.
Una especie de piel muy reseca y huesuda, que poco a poco sigue palpando con sus manos, arriba hay tela. Más arriba una cabeza sin labios y a la punta un sombrero de copa.
—¿Quién osa tocar mi importante sombrero en este día que no es febrero? ¿Qué no saben que es la hora de dormir pues hay cansancio por suprimir?
Alicia intenta pronunciar alguna palabra, más solo hace un ruido extraño.
—Ya veo, ya oigo… te has quedado sin voz, tu silencio retumba veloz. ¿Cómo llegaste hasta aquí? Supongo que no hablarás para mí.
La voz suena a alguien con elegancia y de época victoriana.
—Si jugáramos a preguntas sin cesar, jamás podrías contestar… y yo tendría el triunfo al final, ¡sería victoria magistral! Pero tranquila, no soy cruel ni atroz, te ayudaré a recuperar tu voz. Conozco a un mago sabio y audaz, que devuelve palabras… y algo más.
El tipo del sombrero le da unas palmadas y Alicia se sobresalta al sentir sus gélidas manos. Si ella pudiera hablar le diría.
«Tienes manos de muerto».
—Acompáñame ahora, antes que este lugar te reclame en su sombra y te quiera atrapar. Iremos hacia la salida, querida desconocida. No temas al paso ni al vaivén, mientras camines conmigo, estarás bien. ¿Te parece sensato el plan o prefieres ir por pan?