Si algún día empezaron las misiones fue cuando cumplí 11 años. Ya casi me había acostumbrado a la vida en las torres, lujosas por dentro, pero un infierno por dentro . Las pastillas ayudaban a olvidar mi dolor y pasado, más había un gusto por los cuentos.
Yo leía una tarde Rapunzel, me sentía identificada estar encerrada en un torre, esta vez no había una madre que no me dejaba salir, sino barrotes y muchos guardias. Incluso tenía el pelo rubio.
El administrador de la torre de Francia se acercó a mí.
—¿Hola eres Alicia no?
Yo lo ignoré y presté más atención a mi libro de cuentos. Él abrió la ventana que se podía ver escasamente.
—¿Envés de imaginar mundos que no puedes tocar que te parece explorar el mundo real?
Este no eran unas páginas de cuentos hadas y si era un cuento seguro que era páginas escritas por alguien sin corazón. No vendría un príncipe a rescatarme, a ninguna de las otras 38 niñas que habíamos. Ni siquiera Dios, creo que la gente de aquí puso un bloqueador para que él no vea nada de lo que pasaba aquí. O quizá esté en sueño eterno como mi amigo la rata siempre durmiente, pues tantas inmundicies ocurren en el mundo ¿Dónde está él?
Acepté. Mis primeras misiones eran simples; la primera algo en el que tengo el título por experiencia, fingir, ir a un colegio mentirme a mi misma y a todos los que me rodean que soy una niña normal. Además esto me ayudaría a cumplir el destino de aquella niña Alicia, quien era feliz, estudiar. Lo segundo simplemente observar, estar atenta a otras niñas, si alguien se veía aislada sin amigos o con problemas informar al administrador. Él ya se encargaría de cómo llevarla a la torre.
Y así fue hasta el día de hoy. Algunos años las misiones escalaron.
Cuando entré a este último colegio. La primera primera víctima que hallé fue a la chica que sacaron muerta de la habitación. Nunca supe su nombre, solo algunas situaciones que ocurrían en su vida, no tenía amistades y a diferencia que a mí que eso no me importa, a ella si por lo que ví. Muchas veces que la veía en el patio tenía ojeras notorias y el pelo despeinado. Lo que me aseguró que era una presa potencial fue en una entrada al colegio su padre le gritaba cosas y los estudiantes solo se burlaron de ella. Sabía reconocer muy bien ese perfil, con el tiempo uno de se da cuenta, chica con problemas en casa y escolares...
Una vez la vi entrar al baño, luego que Carmila y su grupo la molestaran con una broma muy pesada.
La chica se encerró en una de las cabinas del baño. Y sus llantos hacían eco como si formara parte del lugar.
Yo di golpes leves a la puerta.
—¿Quie-Quién es? Está ocupado.
—Solo quiero ayudarte amiga he visto que pasas problemas. —fingí una voz como si no fuera mía.
—No, no la necesito. ¿Cómo harías eso?
Por debajo de la puerta pasé una pequeña bolsa con pastillas de colores, los neftalinos. Con una una nota que decía:
"Alivian cualquier dolor y pena. Bébeme".
«¿Estamos haciendo bien?».
Me pregunté.
«¿Prefieres estar en encierro siempre? Al final de cuentas esto ayuda a cumplir una de las cosas que gustaba Alicia»
Los 10 días siguientes fueron similar. Iba a su casillero y dejaba las pastillas ha escondidas. Ella no sabía cómo llegaban allí. Era fácil acceder le robé la llave al preceptor.
Esos días todos la veían feliz. Con una sonrisa que parecía genuina. Como si fuera que su mente había volado a otro mundo donde todo iba bien. Como no tener peso que cargar.
Hasta que un día simplemente los regalos misteriosos de las pastillas dejaron de llegar a su casillero. La veía a veces desesperada, peor que antes. Ella abría y cerraba su casillero como si por arte de magia los pastillas aparecerían allí.
Y luego de 3 días cuando lo abrió. Halló una nota.
"Perdón por ya no darte más, surgieron inconvenientes. Pero si quieres más ven al Hotel Verde. Sube al ascensor 2. Y presiona el piso 7".
Mi misión había terminado. Ya la administradora haría lo demás.
[...]
—Malicia. Malicia. Malicia. Eres igual que todos ellos. Eres un órgano más de ellos para que todo este cuerpo demoníaco funcione. No eres una víctima, ¡eres un engrane más!
—Cállate. Cállate.
—Hasta ya es tarde para arrepentirte. Siempre es tarde para ti. Siempre será tarde para ti.
Esas palabras entran en mi corazón como jeringas que inyectan poco a poco dolor. Solo me tapo los oídos con la almohada, pero la voz sigue sonando de igual manera. Está en mi interior.
—Te fue tarde para salvar a la niña Alicia y queda una Alicia escoria. ¡Una Malicia! ¡Te fue tarde para volver con tus padres! ¡Te fue para darte cuenta que solo Celeste quería salvarte! ¡Por eso murió! ¡Te fue tarde para arrepentirte por las otras niñas y por eso ahora tienen tu misma mierda de destino! ¡Te es tarde para salvarte a ti! ¡Te es tarde para todo!
— ¡Cállate! ¡Maldita sea cállate!
Habla mi otra yo
Meto mis dedos índices en los orificios de mis oídos tan profundos que siento un leve líquido caliente. Es mi sangre. Quizá así pueda llegar a lo cerebro y apagarlo.
—¡Siempre te es tarde! ¡El señor tiempo no te quiere.
La voz de la niña, ya suena como mi voz.
Las pastillas hacen efecto y aquella voz duerme, para después despertar. Siempre lo hace. Tengo el rostro bañado por lágrimas, abro el cajón más grande de mi mesa de noche. Están los libros que Osiris me ayudó a prestarme. Y la carta.
Para: Alicia
Quiero que sepas que tu esencia siempre ha estado en los cuentos más bonitos.
Eres mi Alicia, llenaste de maravillas a este país. Yo no seré el Sombrero Loco, más en verdad me hiciste amarte hasta perder la razón. No soy el gato Cheshire, más dibujas una gran sonrisa en mí. Eres la reina blanca que gobierna mi corazón.