Alicia en el País de las Parafilias

6.1. Y VIVIERON FELICES POR SIEMPRE

Lo primero que ví al abrir mis ojos fue a Osiris sentado al costado de la cama. Dormía como si hubiese estando en vela toda la noche. Tenía vendas en el cuello y brazo. La cara con moretones.

Me sentía con mucho cansancio como si toda mis energías me hubieran abandonado. Ni bien solté un quejido, él abrió los ojos con una sonrisa.

Despertaste. Ayer...

—Lo siento...

Dije al ver con más detalle las vendas. Tenían gotas de sangre que traspasaban.

De seguro yo te hice eso.

—No te preocupes... —quedó una pausa. —estaré bien.

Esa pausa me hizo entender que no sabía cómo llamarme. Es algo que tendremos que hablarlo bien después.

—¿Tienes hambre?

Se levantó y pude ver todo el apartamento. Era algo oscuro las ventanas estaban con cortinas grises. No había muchos muebles. Solo la cama. Un armario. Una sofá. Una mesa y dos sillas que servían como comedor. Allí mismo la cocina.

No tengo apetito.

—Te preparé algo, come aunque sea un poco.

Yo solo me rendí desplomé mi cuerpo y miré el techo. El techo comenzó a moverse un poco. Como si la realidad se alterara.

Oí como Osiris freía algo.

Levanto mis manos como si fuera que pesaran diez veces más. Tiemblan. Las pulseras rastreadoras no están allí. El techo se arremolina.

—¿Estás mal?

Agito mi cabeza y la ilusión desaparece. Osiris trae té y un sándwich.

Estoy bien... Ay.

En ese momento un zumbido perfora mi cabeza. Siento como si algo dentro aprieta mi cerebro.

Él me ayuda a sentarme y pone unas almohada en mi espalda para apoyarme. Cuando parpadeo recuerdo la realidad. Cuando le mordí el brazo y lo empujé por las escaleras. Una presión en el pecho me hace sentir culpable.

Cuando me alcanza la taza mis manos tiemblan más. No sé porque mi cuerpo está así... O si...

Veo mi bolso en la mesa. Las pastillas.

Él ayuda a sostener la taza. Pero no me sabe a nada.

Oye... Yo...

Salto de la cama y corro al baño. Vomito en el retrete. Haracadas se escuchan. Escucho golpes leves y su voz preocupado.

Oye... —otra vez sin saber cómo llamarme —tengo un antiácido y unas aspiranas.

Por un momento no respondo. Levanto mi rostro enciendo el grifo del lavamanos. El espejo muestra mi reflejo con el maquillaje corroído como una pintura que le cayó una tormenta. Me echo agua fría en el rostro que me alivia un poco.

Ya salgo gracias.

Enjuago mi boca con agua. Es curioso que siempre que antes me veía al espejo alguien más hablaba del otro lado, más esta vez no hay nadie. Solo yo. Siempre creí que eso sería un alivio, pero en este caso no es así. Los temblores aún siguen y el dolor de cabeza.

¿Así era el mundo real no? Lidiar con las cosas sin pastillas.

Abro la puerta y Osiris me alcanza un vaso de agua con antiácido. Lo tomo de golpe y mi estómago aun se siente extraño. Me siento al borde de la cama.

—¿Osiris nadie nos siguió hasta aquí?

—No te preocupes te quité las pulseras y las rompí. Tu celular está apagado es mejor no encenderlas. Todo estará bien.

Sabía bien eso. Igual ellos nos encontarían tarde o temprano. Ellos estaban en todas partes. Jamás dejaban escapar a alguien de su propiedad. Muchas chicas ya habían intentado escapar antes.

Eso no funcionari...

—No te preocupes yo me encargo de eso. Además este lugar es muy discreto.

—Igual no quisiera que te metas en problemas por mi culpa.

—Necesitas descansar por ahora. Después hablamos bien.

Me acosté en la cama y volvió a mirar el techo que aún se movía. Hasta ahora no me ha llamado Alicia ni Alex.

Quedé en sueño. Esta vez hubo pesadillas

[...]

Osiris dormía sobre un tendido en el suelo. Tenía un sueño profundo; había pasado por mucho.

Bajé de la cama con cautela, aunque el rechinido del piso de madera no ayudaba demasiado.

Fui al baño y tomé mi bolso. Mis manos temblaban.

Lo abrí.

Estaban mi celular apagado y otras cosas… pero el frasco de pastillas no.

Lo que él no sabía era que había un bolsillo secreto.

Allí estaban.

Mis manos temblaron aún más al sostenerlas.

Sabía lo que me pasaba.

Síndrome de abstinencia.

Una vez intenté dejarlas, pero apenas duré seis horas.

Ahora… ya habían pasado más de veinticuatro.

Las pastillas no me hablaban. Ni una sola palabra.

Pero mi mente tenía ese deseo de probarlas. Era un impulso… como un mosquito atraído por una luz en medio de la oscuridad que luego lo mata.

Ya no había culpa en mí, y aun así sentía que las necesitaba.

Mis manos temblaron mientras, poco a poco, las llevaba a mi boca.

—¿Qué haces?

Al volver en mí, noté que la puerta no estaba cerrada del todo. Osiris me miraba desde el marco.

Has pasado por mucho. Pero no necesitas eso. A ella… a tu hermana no le gustaría verte así.

Osiris me quita las pastillas y lo bota al lavado. Eran las únicas que me quedaban.

Debes luchar con esto por ti. Será difícil sí, pero si te esfuerzas lo lograrás. No lo necesitas.

—Gracias yo no podría haber hecho eso.

Quise abrazarlo, más mis brazos se abstuvieron. No sabía cómo se sentiría él si hiciera eso, ahora que no sabe cómo llamarme. Al final de cuentas estaría siendo abrazado por otro chico. Ya no soy la chica que él creía que era.




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