El auto olía a cuero nuevo y a ese calor suave que dejan los asientos cuando el sol de la mañana entra por las ventanas.
Me acomodé la falda con discreción. Todavía no me acostumbraba a esta ropa. Para ser una universidad, todo me parecía demasiado formal.
Llevaba una falda negra lisa que me llegaba un poco arriba de las rodillas, medias negras, una camisa gris brillante y un saco oscuro con el estandarte de la Universidad Neverland bordado en el pecho: una rosa atrapada dentro de una campana de cristal.
Sí. Como la rosa de La Bella y la Bestia.
Pasé la mano por la tela del saco, aún algo rígida.
Todo esto seguía sintiéndose… ajeno.
Llegué a este lugar hace apenas dos meses. Sesenta días exactos desde que terminé la preparatoria. Una preparatoria muy lejos de aquí, en un barrio donde nadie usaba uniformes elegantes ni escudos bordados. Allá lo normal eran jeans gastados y playeras con el personaje o la serie de moda.
El submundo.
El mundo de los pobres.
Hace sesenta días yo era solo eso: una chica pobre buscando becas en internet para no dejar de estudiar. Universidades públicas, programas de ayuda, préstamos imposibles de pagar.
La Universidad Neverland ni siquiera estaba en mis búsquedas.
No estaba cerca de nuestras posibilidades.
Hasta que mi padre recibió una carta.
Un sobre negro.
Entregado en mano por un abogado con cara de muy pocos amigos.
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Recuerdo esa mañana con demasiada claridad.
Mis padres estaban sentados en la mesa de la cocina, como casi todos los días. La calculadora en medio, el cuaderno abierto lleno de números, tachones y cuentas que no cuadraban.
Facturas.
Pendientes.
Deudas.
Mi padre tenía sus lentes rotos apoyados a media nariz mientras revisaba los números por tercera vez. Mi madre se revolvía el cabello cada pocos segundos, un gesto nervioso que hacía cuando intentaba encontrar una solución que no existía.
Yo no podía ayudar.
Así que estaba tirada en el sillón viejo, mirando TikToks en el teléfono mientras fingía que no me importaba.
Pero claro que me importaba.
De pronto mi padre soltó el lápiz contra la mesa.
—No alcanza…
Se quitó los lentes con cuidado. Sus ojos estaban rojos. Parecía a punto de quebrarse.
Mi madre tomó su mano sin decir nada.
Entonces alguien tocó la puerta.
Tres golpes suaves.
Mi madre dio un pequeño salto en la silla.
Mi padre levantó la cabeza de inmediato.
Todos pensamos lo mismo.
Cobradores.
Nadie se movió.
Nos quedamos en silencio absoluto. Era nuestro método infalible: si no respondíamos, tarde o temprano se iban.
Pero volvieron a tocar.
Tres golpes otra vez. Igual de suaves.
Mi padre me hizo una seña con la mano.
Ve.
También señaló el seguro de la puerta.
Me levanté del sillón con cuidado, pero el viejo resorte hizo un crujido que en otras circunstancias habría pasado desapercibido.
Ese día sonó como un disparo.
Hice una mueca de disculpa.
Ya la cague.
Entonces una voz habló desde afuera.
—Buenas tardes. Mi nombre es licenciado Rumper Owl-Stilking. Represento legalmente a la familia Perrault. Vengo a entregar una notificación de herencia.
En la sala se hizo un silencio aún más pesado.
Nos miramos entre los tres.
Nadie conocía a esa familia.
Y el nombre del abogado era… extraño.
Mi padre me indicó con un gesto que volviera al sillón. Luego se levantó despacio, tomó el cuchillo que estaba en la mesa y lo ocultó detrás de su espalda antes de acercarse a la puerta.
Abrió apenas lo suficiente para mirar.
—¿Sí?
Del otro lado había un hombre de aspecto serio, con poco cabello y un traje oscuro impecable. Sostenía un portafolio negro bajo el brazo.
—Buenas tardes, señor Book —dijo con voz calmada—. Traigo documentos dirigidos a su familia.
Le extendió una hoja.
Vi cómo mi padre la tomaba, la leía rápido… y luego abría la puerta por completo.
—Pase… y disculpe. Aquí no solemos confiar en desconocidos.
El abogado entró sin mostrar molestia.
Su traje, sus zapatos y hasta su reloj parecían demasiado caros para una casa como la nuestra.
Observó el lugar sin disimulo. Luego sacó un pañuelo y se sonó la nariz con una discreción exagerada.
—Lo comprendo perfectamente, señor Book. Las precauciones siempre son razonables.
Mi padre dejó el cuchillo en la mesa y le ofreció una silla.
Mi madre apareció con un vaso de agua.
El licenciado Owl se sentó, tocó el vaso con los labios apenas por cortesía y luego abrió su portafolio con movimientos precisos.
Mi madre no aguantó la curiosidad.
—Disculpe… ¿qué asunto lo trae exactamente?
El abogado acomodó un folder negro frente a él.
—Permítanme explicarles con claridad. Represento el patrimonio del difunto señor Émile Perrault. Tras su fallecimiento, su testamento estableció que todos sus bienes deben transferirse a su familia.
Sacó un sobre negro y lo colocó sobre la mesa.
—Este documento contiene la notificación oficial.
Mi padre lo abrió.
Mientras leía, sus cejas subieron lentamente. Mi madre se inclinó a su lado.
A los pocos segundos ambos tenían los ojos completamente abiertos.
—¿Esto… es real? —murmuró mi madre—. ¿No es algún tipo de error?
El abogado ya tenía otro folder abierto.
—Le aseguro, señora Book, que el testamento ha sido verificado legalmente. El señor Perrault no tenía descendientes directos. Tampoco hermanos vivos. Tras una investigación genealógica, su despacho concluyó que su familia es la única heredera legítima.
Sacó varios documentos y un bolígrafo elegante.
—Estos papeles formalizan la transferencia. Con su firma, señor Book, podrá asumir control total del patrimonio.
Mi padre no tocó el bolígrafo.