Alicia en la universidad de los wolfs

Conejo blanco

La Universidad Neverland parecía sacada de un cuento antiguo.

Los edificios eran de piedra oscura, altos, con arcos y torres que apuntaban al cielo como agujas. Todo tenía ese aire gótico que uno imagina en castillos viejos o en historias donde pasan cosas que nadie explica del todo.

Sobre la fachada principal, tallado directamente en la piedra, estaba el escudo de la universidad: la rosa dentro de la campana de cristal.

Más grande que cualquier ventana.

Más importante que cualquier nombre.

Respiré hondo antes de avanzar.

El patio frente a la entrada parecía un desfile de lujo.

Autos largos, brillantes, con choferes de traje negro que abrían las puertas con movimientos elegantes. Otros estudiantes llegaban manejando ellos mismos, bajaban del coche sin prisa, como si ese lugar fuera simplemente… normal.

Como si hubieran nacido ahí.

Cada persona que salía de esos autos parecía modelo o actor. Cabello perfecto, ropa impecable, seguridad absoluta.

Estrellas.

Personas que, en mi antigua escuela, todos habrían mirado desde lejos.

Aquí eran… todos.

Los grupos se saludaban con confianza. Se abrazaban, se llamaban por su nombre, hablaban como viejos conocidos.

Yo no conocía a nadie.

Caminé hacia la entrada intentando mantener la cabeza en alto, como mi madre me había dicho esa mañana.

“Camina recta, Alicia. Aunque tengas miedo.”

El problema era otro.

Nunca había usado tacones.

Y mucho menos unos con una aguja tan delgada.

Cada paso era una negociación con el suelo.

Escuchaba murmullos mientras avanzaba.

—¿Quién es ella?

—Debe ser nueva.

—¿Viste su saco?

—Ah… es esa.

Alguien dijo en voz baja:

—La heredera pobre.

Sentí varias miradas recorrerme de pies a cabeza.

No eran curiosas.

Eran evaluaciones.

Como si estuvieran revisando un producto defectuoso.

Seguí caminando.

Un paso.

Otro.

Entonces mi tobillo giró.

—¡Maldita sea…!

El dolor subió como un latigazo por la pierna.

Me tambaleé, alcanzando a sujetarme el tobillo con una mano antes de caer.

Varias risas estallaron alrededor.

—La chica nueva necesita clases para caminar.

—¿Seguro que esos zapatos no son prestados?

—Tal vez en su barrio usan tenis.

Las carcajadas fueron más abiertas esta vez.

Intenté incorporarme, fingiendo que no pasaba nada, pero el ardor seguía ahí.

Entonces alguien apareció frente a mí.

Una chica pequeña.

Muy pequeña.

Delgada, con piel casi translúcida y un rostro que transmitía una preocupación tan genuina que desentonaba con todo lo demás.

—¿Estás bien?

Levanté la vista.

Tenía dos coletas largas que caían sobre sus hombros y unos ojos verdes muy vivos.

—Ah… hola… sí… creo que sí.

Pero su atención bajó directamente a mi tobillo.

—No, no estás bien.

Antes de que pudiera responder, tomó mi brazo con suavidad.

—Ven. Vamos.

Me ayudó a dar un paso.

Luego otro.

Caminaba despacio para que yo pudiera seguirle el ritmo.

Sentía todas las miradas detrás.

Los murmullos.

—Ahora la rescatan…

—Qué patética.

—Durará una semana aquí.

Intenté ignorarlos.

Mientras avanzábamos, observé sus zapatos.

Eran exactamente iguales a los míos.

Y ella caminaba como si fueran pantuflas.

—¿Cómo puedes andar con estos? —pregunté mirando mis pies.

—Práctica —respondió con calma—. Tengo más años usándolos que tú.

Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila para este lugar.

—¿Quién eres?… ¿y a dónde me llevas?

—A la enfermería. Ese tobillo necesita atención rápida.

Subimos una escalera amplia.

En una de las paredes había un cuadro enorme.

Una ilustración extraña para una universidad.

Varias personas con máscaras de lobo estaban en un bosque oscuro. Llevaban antorchas y palos.

Debajo del cuadro decía:

Generación 1991

La chica notó que me había quedado mirando.

—Vas a ver muchos cuadros así.

Seguimos caminando.

—Aquí les encantan los cuentos… y representar cosas raras.

Lo dijo con una tranquilidad que me provocó un pequeño escalofrío.

Llegamos a la enfermería.

Pero aquello no parecía una enfermería.

Parecía un hospital pequeño.

La chica tocó suavemente y abrió la puerta.

Entró primero.

Yo detrás.

Una enfermera joven levantó la vista desde su escritorio.

—¿Primer día y ya tenemos accidentados?

—Se torció el tobillo —explicó mi acompañante—. En la entrada.

La enfermera se levantó enseguida.

—Siéntate aquí.

Todo pasó rápido.

Demasiado rápido.

Revisó el tobillo, lo movió con cuidado y luego comenzó a vendarlo con precisión.

—Ligamento estirado. Nada grave.

Sacó una pastilla de un pequeño frasco.

—Tómala.

Lo hice.

Después puso dos más en mi mano.

—Guárdalas por si el dolor regresa.

Me señaló con el dedo.

—Pero escucha bien: son fuertes. No tomes las dos juntas o podrías quedarte dormida varias horas. Literalmente noquearte.

—Entendido.

Las guardé en el bolsillo del saco.

Cuando salimos de la enfermería, el dolor ya casi había desaparecido.

La chica caminaba a mi lado con naturalidad.

—Tu salón está por aquí.

—¿También eres nueva?

—Sí. Primer año, igual que tú.

—Ah…

Seguimos por un pasillo largo.

—En Neverland las clases son distintas —continuó ella—. Cada salón tiene solo siete estudiantes.

—¿Siete?

—Sí. Cada uno tiene su propio espacio. Escritorio, sillón, computadora. Como pequeñas oficinas.

Giramos una esquina.

—Además, cada alumno tiene un profesor personalizado.

La miré sorprendida.

—¿Personalizado?

—Un tutor. Un mentor. Llámalo como quieras. Ese profesor adapta el curso a cada estudiante.




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