La chicharra sonó apenas unos segundos después.
El sonido me hizo tensar los hombros por reflejo. Era curioso… entre tanta elegancia, lujo y arquitectura gótica, ese ruido era lo único que me resultaba familiar. Exactamente el mismo timbre metálico que sonaba en mi antigua preparatoria.
Por un momento sentí que estaba otra vez ahí.
Pero cuando levanté la vista, la ilusión se rompió.
No había pupitres viejos ni paredes rayadas. Cada espacio del salón parecía una pequeña oficina privada. Escritorio amplio, un sillón cómodo, una pantalla incrustada en la madera oscura. Todo perfectamente ordenado, elegante… silencioso.
No me había dado cuenta en qué momento se habían llenado los lugares.
Ahora los siete estaban ocupados.
Conté sin querer.
Cuatro mujeres.
Tres hombres.
Todos vestían con la misma elegancia natural que había visto en el patio. Como si ese tipo de vida fuera su estado normal.
Nadie hablaba.
Cuando sonó la chicharra, Lia se acomodó en su asiento con un movimiento suave y presionó algo debajo del escritorio. Noté cómo de un pequeño compartimento salían unos audífonos diminutos, casi invisibles.
Parecían los que usan los artistas en conciertos.
La imité.
Busqué debajo del escritorio hasta encontrar el mismo botón. Un clic suave… y mis propios audífonos aparecieron.
Me los coloqué.
Intenté encender la pantalla frente a mí, pero no encontraba ningún botón.
Tal vez los nervios me estaban ganando. La universidad, el cuadro de los lobos, Lia, todo lo que había pasado esa mañana… me tenía más tensa de lo que quería admitir.
Entonces una voz sonó dentro de mi cabeza.
—Mantenga las manos dentro del asiento.
Brinqué en el lugar.
Miré a mí alrededor.
Lia ya tenía las manos quietas sobre el escritorio. El estudiante a mi derecha también. Nadie parecía sorprendido.
Imité la postura de inmediato.
Era lo único que podía hacer.
Entonces ocurrió.
Desde los bordes del escritorio comenzaron a levantarse paneles de vidrio oscuro, finos, polarizados. Subieron con un movimiento casi silencioso hasta separar cada espacio.
Cada alumno quedó encerrado en su propia burbuja.
No entendía cómo todo podía ser tan tecnológico en un lugar que parecía un castillo.
Cuando el vidrio terminó de moverse, la pantalla frente a mí se encendió.
El logo de Universidad Neverland apareció en grande.
Al mismo tiempo, la superficie de madera del escritorio cambió. La parte frontal brilló suavemente, revelando un teclado táctil que hasta ese momento pensé que era madera tradicional.
La luz era tenue.
Elegante.
La voz volvió a escucharse en los audífonos.
—Bienvenida a la Universidad Neverland. Coloque su dedo en el área señalada.**
Observé el teclado.
Un óvalo luminoso parpadeaba lentamente, con la forma de una huella dactilar.
Apoyé el dedo.
Una luz recorrió el contorno de mi dedo durante unos segundos.
Después un rayo de luz descendió desde la pantalla y escaneó mi rostro de arriba hacia abajo… luego de lado a lado.
—Bienvenida, señorita Alicia Book.
Mi espalda se tensó.
La pantalla cambió.
Y entonces apareció un rostro.
Pero no era un rostro normal.
Era… varios.
Rasgos que parecían formarse con fragmentos de otras caras. Ojos que no terminaban de ser los mismos, labios que se movían con una precisión inquietante.
Y la voz…
No era una sola.
Eran muchas hablando al mismo tiempo.
—A partir de este momento usted es estudiante oficial de la Universidad Neverland. Este será su salón y su oficina personal. Le recordamos que no debe compartir información que pueda comprometer su privacidad. Su programa educativo se adaptará a sus necesidades y a su capacidad de aprendizaje.
Las facciones del rostro digital se movían con una naturalidad casi humana.
Como si alguien me estuviera observando desde el otro lado.
El rostro desapareció.
En la pantalla aparecieron varias carpetas.
Moví el dedo por el escritorio como si fuera la pantalla de un teléfono y abrí una que decía:
“Prueba de Educación Personalizada”
El rostro volvió.
Esta vez más nítido.