Llegamos a lo que llamaban la cafetería.
El nombre me resultó casi ofensivo.
No tenía absolutamente nada que ver con las cafeterías que yo conocía. Ni siquiera podía decir que se le pareciera. Aquello era un restaurante fino, uno de esos lugares donde la gente hablaba en voz baja y donde cada detalle parecía calculado para recordar que todo costaba dinero.
Las mesas eran de madera oscura pulida hasta el brillo. Las lámparas colgaban bajas, bañando el lugar con una luz cálida y dorada. El aire olía a mantequilla, vino caro y algo cítrico que no supe reconocer.
Y, por supuesto, había alguien en la entrada.
Un hombre de traje impecable, tan recto como una estatua, que nos observó con una expresión neutra cuando nos acercamos.
Lia caminaba delante de mí con su paso ligero. A pesar de medir apenas un metro cuarenta y cinco, avanzaba con la seguridad de alguien que conocía cada rincón del lugar. Sus dos largas coletas se balanceaban detrás de ella como si tuvieran vida propia.
—Mesa para Book y Rabbit —dijo con su voz suave, casi cantarina.
El hombre asintió con una leve inclinación de cabeza.
—Por supuesto.
No pude recordar su nombre. Lo había mencionado, pero era tan largo y extravagante que se evaporó de mi memoria en el mismo instante.
Nos condujo entre las mesas hasta un rincón cercano a una ventana alta. Al sentarme, el sillón se hundió con una comodidad inesperada. No era una silla de cafetería. Era más bien un pequeño trono acolchado.
Nos entregaron la carta.
La abrí.
Y casi se me escapa una risa nerviosa.
Cada nombre que aparecía en ese menú sonaba caro. Exageradamente caro. Platillos con nombres largos, ingredientes que apenas reconocía y descripciones que parecían escritas por un poeta obsesionado con la mantequilla.
Pero lo peor no eran los nombres.
Eran los precios.
Cada número tenía dos… a veces tres ceros después.
Pasé la página despacio.
Con una sola comida de ese lugar podía haber comido durante meses en mi antigua vida.
Mis dedos se detuvieron sobre la carta.
—¿Nos cobran la comida? —pregunté al fin, levantando la vista hacia Lia—. ¿No viene incluido todo?
Lia me observó un segundo.
Y luego soltó una pequeña risa.
No una carcajada. Más bien una risa elegante, como si acabara de escuchar algo adorable.
—No, Alicia.
Apoyó el codo en la mesa y entrelazó los dedos.
—Aquí todo tiene un costo.
Lo dijo con una naturalidad que me hizo sentir ridícula por haber preguntado.
—Lo único que pagas al inicio es el derecho de poder estudiar aquí —continuó—. Cada cosa que consigues después tiene un precio.
Señaló alrededor con un pequeño gesto.
—Cada clase. Cada comida. La atención médica. Incluso las pastillas que te dieron en la enfermería.
Fruncí el ceño.
—Pero la enfermera no me cobró.
Lia volvió a mirar la carta.
—Claro que no.
Pasó una página con tranquilidad.
—No somos… —hizo una pausa breve, buscando una comparación— un camión de tu antigua vida donde pagas en el momento.
Alzó un poco la mano, como si estuviera presentando algo invisible.
—Todo lo que gastes aquí se registra. Y al final del semestre se envía una factura.
—¿A quién?
—A tus padres. A tu contador. O a quien se encargue de tus finanzas.
Levantó la vista hacia mí.
—Así que no te preocupes.
Una sonrisa tranquila apareció en su rostro.
—Come lo que quieras.
En ese momento apareció el mesero.
No parecía un mesero.
Su traje estaba tan bien cortado que parecía más bien un abogado o algún ejecutivo de alto nivel. Se inclinó ligeramente al lado de nuestra mesa, sosteniendo una pequeña libreta.
—¿Ya decidieron?
Lia cerró la carta.
—Una ensalada de cítricos con naranja sanguina.
La pidió con tanta naturalidad que tuve que reprimir una sonrisa.
Comprometida a parecer un conejo blanco
Literalmente.
El mesero anotó.
Luego me miró.
Tragué saliva y señalé el primer plato que parecía tener suficiente comida para no morir de hambre.
—Eso.
El hombre asintió.
—Muy bien.
Lia volvió a observarme.