Lia me condujo hasta la recepción del edificio de dormitorios.
El lugar contrastaba con el castillo. No era antiguo ni solemne como el resto del campus. Era moderno, construido con vidrio oscuro, piedra negra y acero pulido, aunque ciertos detalles —arcos altos, lámparas de hierro, molduras góticas— parecían empeñados en recordarte que seguías dentro de Neverland.
Detrás del mostrador había una chica que apenas parecía mayor que yo. Tal vez uno o dos años. Tenía el cabello recogido en un moño perfecto y llevaba el mismo uniforme elegante que todos los empleados de la universidad.
Alcé la mirada hacia ella.
—Alicia Book.
Ni siquiera necesitó pedir identificación.
Escribió algo en su tablet, revisó una lista invisible para mí y después abrió un pequeño cajón. De ahí sacó una tarjeta negra.
No era una tarjeta cualquiera.
Era gruesa, pesada, de un material que no parecía plastico. En el centro estaba tallado el emblema de la universidad.
Lo noté cuando me la entregó.
En una esquina había un número.
Y un piso.
—Habitación 402 —anunció con una voz tranquila.
Tomé la tarjeta.
El metal frío rozó mis dedos.
Lia me llevó hasta el elevador que estaba al fondo del vestíbulo. Las puertas eran de acero oscuro y reflejaban la luz tenue de las lámparas.
Presioné el botón.
Cuando el elevador llegó, entramos.
Pero antes de que las puertas se cerraran, Lia dio un paso hacia atrás.
Se quedó fuera.
Levanté la mano y detuve las puertas.
—¿No vienes?
La pregunta salió casi automática.
Durante todo el día Lia había sido una sombra a mi lado. Siempre ahí. Siempre sonriente. Siempre sabiendo a dónde ir.
Tanto que por un momento imaginé que dormiría en la misma habitación.
Ella negó suavemente.
—No, Alicia.
Su voz seguía siendo suave, casi cantarina.
—Yo duermo en el edificio del otro lado de la universidad.
Hizo una pequeña pausa y luego añadió:
—Pero no te preocupes.
Sonrió.
—Aquí estaré mañana a las seis de la mañana.
Parpadeé.
—¿Seis de la mañana?
Apoyé el hombro contra la pared del elevador.
—Las clases empiezan a las ocho y media.
—Sí.
Lia inclinó ligeramente la cabeza, como si aquello fuera lo más obvio del mundo.
—Pero tenemos que ir a desayunar.
Señaló mi cuerpo con un gesto delicado.
—Y tenemos que cuidar nuestros cuerpos, Alicia.
Su sonrisa se volvió un poco más amplia.
—Vamos al gimnasio.
Solté una pequeña risa.
—Jamás he ido a uno.
Miré alrededor.
—Y supongo que también tienen uno aquí.
—Claro.
Lia juntó las manos detrás de la espalda.
—Neverland tiene todo.
Luego añadió con suavidad:
—No te preocupes. Solo haremos cardio.
Sus coletas se movieron levemente cuando inclinó la cabeza.
—En el futuro me lo agradecerás.
Levanté una ceja.
—¿Y también tiene costo?
Sus ojos brillaron con diversión.
—Sí.
—¿Cómo lo sabías?
Me encogí de hombros.
—Empiezo a entender cómo funciona este lugar.
Lia soltó una pequeña risa.
—Muy bien.
Di un paso atrás dentro del elevador.
—Está bien, Conejo Blanco.
Levanté la mano a modo de despedida.
—Mañana aquí a las seis.
Ella asintió.
—Descansa.
Luego añadió antes de que las puertas se cerraran:
—Y no olvides revisar tu correo.
Se dio la vuelta.
Caminó por el vestíbulo con la espalda recta, sus dos coletas balanceándose suavemente de un lado a otro, como las orejas de un animal curioso.
Las puertas del elevador se cerraron.
El ascenso fue silencioso.
Cuando las puertas se abrieron en el cuarto piso, el pasillo estaba vacío.
La alfombra era gruesa y oscura. Las lámparas de pared proyectaban una luz cálida que apenas alcanzaba a tocar el suelo.
Caminé hasta la puerta 402.
Pasé la tarjeta.
Un clic.
La puerta se abrió.
La habitación era grande.
Mucho más grande de lo que esperaba.
La cama ocupaba el centro, enorme, con sábanas blancas impecables. Frente a ella había un escritorio casi idéntico al del salón de clases: madera oscura, superficie pulida, el mismo sistema integrado.
A un lado había una biblioteca.
Decenas de libros perfectamente ordenados.
Pasé la mano por los lomos.
Manual de economía.
Historia del poder político.
Ética empresarial.
Matemáticas financieras.
Pero también había cuentos.
Muchos cuentos.
Y entre todos ellos dos destacaban.
Alicia en el País de las Maravillas.
Caperucita Roja.
Los miré un momento.
Luego aparté la mirada.
Mis pies ardían.
Me quité los tacones con un gesto brusco y los lancé hacia una esquina. El golpe seco contra la pared fue más satisfactorio de lo que esperaba.
El portafolio lo dejé con cuidado sobre la cama.
Después empecé a quitarme la ropa.
El saco.
El brasier que me quedaba un poco grande.
La falda.
Las medias.
Cuando las deslicé por mis piernas sentí la sangre volver a circular. Un cosquilleo tibio recorrió mis pantorrillas.
Me dejé caer sobre la cama.
Solo con la blusa y mis panties.
El colchón era suave.
Demasiado suave.
Miré el techo.
—Qué difícil es ser rico.
La frase salió en voz baja.
Después de unos segundos levanté la mano hacia el techo, como si intentara agarrar algo invisible.
—Esto es lo que querías, Alicia.
Mis dedos se cerraron en el aire.
—Dinero.
Respiré hondo.
—Salir de pobre.
Apreté el puño.
—Tú puedes, mierda.
Me levanté.
Caminé hacia el baño.
Eso sí era algo a lo que ya estaba acostumbrada.
El baño era amplio, elegante, con superficies de mármol blanco y luces suaves integradas en el techo. Había botones, pantallas y controles que no entendía del todo.