Alicia en la universidad de los wolfs

Dum y Dee

El día llegó tan rápido que sentí que mis ojos apenas habían parpadeado. La alarma de mi celular irrumpió en el silencio de la habitación, y al abrirlos, a través de la rendija estrecha entre el cristal y el protector de pantalla, solo distinguí un cielo oscuro salpicado de tonos pálidos que luchaban por nacer, como si el amanecer mismo dudara en entrar en este lugar.

Apagué el sonido con un dedo que aún temblaba de sueño. Eran las 5:30. Había olvidado, sumida en la lectura obsesiva de la noche anterior, que la había configurado para este momento preciso.

Me incorporé con un bostezo profundo que me estiró los brazos hacia el techo alto, y encendí la luz. El resplandor blanco bañó las paredes de piedra pulida, recordándome una vez más lo lejos que estaba de mi antigua vida. Busqué a tientas los leggings negros, aquellos que compré en un impulso porque una amiga, tan insistente como Lia, me había arrastrado a la idea de correr. Ese día nunca llegó; solo mensajes de disculpa cruzados horas después, riendo por no aparecer en el gimnasio que pagamos con tanto esfuerzo por un mes entero. Al deslizarlos por mis piernas, noté que aún encajaban a la perfección. Las almohadillas internas moldeaban mis nalgas en curvas redondas y firmes que me hicieron detenerme frente al espejo, girando el torso con lentitud, preguntándome si el ejercicio que venía ahora mantendría esa forma o desvelaría la realidad que había debajo.

No pude evitar elegir una playera oversized, amplia y sin forma, que ocultara cualquier curva y mis pechos apenas notables. Nunca me había sentido a gusto con esa parte de mi cuerpo. Recogí el cabello en una coleta improvisada con una simple liga, sin peine ni esfuerzo, y me calcé los tenis más gastados pero cómodos. Apenas el reloj marcaba las seis cuando un golpe suave resonó contra la puerta.

Salí rebuscando una sudadera ligera por si el amanecer traía frío, pero al abrir, lo que encontré fue el contraste absoluto con todo lo que yo era. Lia estaba allí, su sonrisa eterna iluminando el pasillo, saludándome con una vitalidad que parecía robada de un sueño. Nos miramos de arriba abajo en silencio.

Ella vestía ropa deportiva ajustada que no dejaba nada a la imaginación. Los shorts blancos se ceñían a sus piernas delgadas y pálidas, dejando expuesta la piel casi traslúcida. La playera, tan apretada, revelaba unos pechos grandes y redondos que se movían con cada respiración, el escote profundo permitiendo ver claramente el lunar oscuro en el derecho desde mi posición más alta. Llevaba maquillaje sutil que realzaba su rostro, y el cabello en una coleta larga idéntica a la mía, pero todo en ella exudaba una perfección inquietante.

—Buenos días, Alicia —canturreó con esa voz dulce, casi infantil, que siempre parecía envolver el aire—. Veo que aún te falta algo...

Reí nerviosa, tirando de la playera hacia abajo.

—Pero ya estoy lista. Solo vamos a hacer algo de ejercicio, como para arreglarme.

Ella inclinó la cabeza, su sonrisa curvándose sin que los ojos cambiaran del todo.

—Bueno, si tú lo dices... vamos.

Me tomó del brazo con una mano pequeña pero sorprendentemente fuerte, y cerré la puerta detrás de nosotras.

El campus yacía aún en sombras, el cielo comenzando a teñirse de azules profundos y naranjas ardientes que siempre me habían fascinado pero que rara vez había visto desde mi ventana vieja. Caminamos en silencio al principio, y mi mirada se desvió hacia el bosque que bordeaba el camino: se alzaba como una boca abierta de lobo, oscura, devoradora, con ramas que parecían extenderse para atraparnos en la penumbra.

—Conejo Blanco, ¿cómo logras tener tanta energía y estar siempre tan feliz? —pregunté al fin, rompiendo el peso que se acumulaba en el pecho.

—Me encanta el ejercicio y comer sano, Alicia —respondió, levantando esos ojos verdes hacia mí con una intensidad que me hizo tragar saliva—. Además, en este nuevo mundo para ti, es vital cuidar tanto la mente como el cuerpo... sé lista y fuerte.

Solo murmuré un “mmm”, sintiendo cómo sus palabras se enredaban a mi alrededor como hilos invisibles.

Siempre daba la impresión de hablar en acertijos, metáforas que yo debía desentrañar sola bajo la presión del lugar.

—Por cierto, ayer hablé con Espejo —añadí, buscando llenar el vacío con algo concreto—. Supe algunas cosas de la escuela y de sus costumbres.

Lia giró la cabeza ligeramente, atenta, su coleta balanceándose con el paso.

—¿Qué cosas, Alicia?—pregunto seria por primera vez.

Le relaté todo: el video que Espejo me había mostrado la noche anterior, con las figuras enmascaradas de lobos en el bosque oscuro, las antorchas parpadeantes, y mis dudas crecientes sobre si la Caperucita Roja era solo un cuento infantil o algo más retorcido que acechaba entre estas paredes. Ella me dejó hablar sin interrumpir, mientras avanzábamos hacia el gimnasio lejano; esa caminata ya bastaba para agotarme.

—Oh —fue su única respuesta al terminar, quedándose pensativa, la sonrisa fija pero los dedos apretando ligeramente mi brazo.

—¿Oh? ¿Nada más? —me detuve un instante, confundida por la falta de su habitual respuesta alegre—. ¿No eras tú, mi Conejo Blanco, la que siempre me diría la verdad?

—Alicia, no llevamos ni un día de conocidas y ya me cuestionas y me juzgas —me miró directamente, y en ese instante sus ojos verdes brillaron con un fulgor que no provenía solo del amanecer, sino de algo más profundo—. ¿Te das cuenta de que yo también soy nueva en esta escuela?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.