Alicia en la universidad de los wolfs

La fiesta del té

El correo llegó un martes.

Lo encontré en mi bandeja de Neverland mientras revisaba las lecturas para la clase de ética —qué ironía— y el remitente era simplemente: Comité de Tradiciones.

El asunto decía: INVITACIÓN ANUAL. FIESTA DEL TÉ. OBLIGATORIA.

Le di clic sin pensar demasiado. Lia estaba sentada frente a mí en la biblioteca, con un libro de anatomía abierto que en realidad no estaba leyendo. Lo sé porque llevaba quince minutos en la misma página.

—Conejo. Hay un correo de la fiesta del té.

Levantó los ojos. Algo en su expresión cambió, tan rápido que casi no lo vi.

—¿Sí?

—Dice que es obligatoria.

—Lo es.

Cerró el libro con cuidado. Lo apiló sobre los demás. Tardó más de lo necesario en ese gesto simple.

—¿Cada año?

—Cada año.

Apoyé la barbilla en la palma de la mano.

—¿Y qué pasa en la fiesta del té?

Lia sonrió. Era su sonrisa de siempre: dulce, pequeña, perfecta.

—Hay té —dijo.

* * *

La fiesta era en tres semanas. El correo incluía un código de vestimenta (blanco y negro, formal, sin excepciones), una hora (9 de la noche, lo que para una fiesta universitaria ya de por sí sonaba extraño) y una ubicación: el Gran Salón Espejado, sótano del edificio principal.

Llevaba dos meses en Neverland y todavía no sabía que existía un sótano.

Dum y Dee aparecieron en el comedor esa tarde con una energía diferente a la de siempre. No molestaban a nadie. No hacían sus bromas de gemelos que desorientaban a los profesores. Estaban sentados en una mesa del fondo, hablando en voz baja con otros estudiantes de último año que yo nunca había visto hablar entre sí.

Los observé mientras fingía comer mi ensalada.

Seis. Los conté sin que se notara. Seis estudiantes de último año, todos con ese porte que dan los años de Neverland y los apellidos que pesan. Y en el centro, Dum y Dee, que no parecían gemelos traviesos en ese momento.

Parecían algo completamente distinto.

—¿Conoces a esos chicos? —le pregunté a Lia sin señalar.

Ella los miró de reojo.

—Son de último año —respondió.

—¿Y?

Una pausa breve.

—Y nada. Come tu ensalada, Alicia.

Comí mi ensalada.

Pero seguí mirando.

* * *

Tres días después, en el pasillo del edificio de humanidades, un sobre negro apareció debajo de mi puerta.

No venía del Comité de Tradiciones. No tenía remitente.

Adentro había una sola línea escrita a mano, con una caligrafía tan perfecta que parecía impresa:

En la fiesta del té, no bebas el té.

Lo leí tres veces.

Luego lo guardé en la última página de mi manual de economía y no le dije nada a nadie.




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