Lia llegó un lunes con una cajita sin etiqueta.
La puso sobre mi escritorio con la misma naturalidad con que alguien pone un vaso de agua. Como si fuera algo sin importancia. Como si no hubiera pensado en eso durante un tiempo.
—¿Qué es esto?
—Vitaminas —dijo.
—¿Por qué no tienen etiqueta?
Se encogió de hombros.
—Son de la enfermería. Me las dan desde segundo año. Ayudan con el estrés.
Las estudié. Cápsulas pequeñas, blancas, perfectamente uniformes. El tipo de uniformidad que no viene de una farmacia normal.
—Conejo.
Levantó los ojos.
—¿Por qué me las das ahora?
Una pausa casi imperceptible.
—Porque la fiesta del té es en dos semanas y aquí el estrés se acumula.
Cerré el puño sobre la cajita.
—Gracias.
Sonrió. Se fue.
No las tomé.
* * *
Esa noche las envolví en un pañuelo y las escondí en el doble fondo de mi portafolio, ese espacio secreto que descubrí por accidente la primera semana cuando metí demasiados libros y el fondo cedió. Nadie lo había notado. Ni siquiera el personal que entraba a ordenar mi habitación mientras yo estaba en clase.
Al día siguiente fui a la enfermería.
La misma mujer de siempre, con la misma bata blanca y la misma sonrisa calibrada, levantó la vista sin sorprenderse.
—Señorita Book. ¿Qué la trae por aquí?
—Dolor de cabeza.
—¿Desde cuándo?
—Esta mañana.
Me tomó la presión. Me miró los ojos. Me hizo preguntas de rutina. Luego abrió un cajón y sacó exactamente lo mismo: una cajita sin etiqueta. Cápsulas blancas.
—Tome una cada noche antes de dormir.
—¿Y si no tengo dolor de cabeza al día siguiente?
—Sígalas tomando. Es preventivo.
Metí la cajita en mi bolso.
—¿Todos los estudiantes las toman?
La sonrisa de la enfermera no cambió.
—Es parte del protocolo de bienestar de Neverland.
Asentí. Dije gracias. Me fui.
Tenía dos cajitas ahora. Ninguna tomada.
* * *
Pasé los siguientes días observando.
No era difícil: una vez que sabes qué buscar, empiezas a verlo en todas partes. El estudiante que en clase de historia se quedaba mirando el pizarrón con los ojos demasiado quietos. La chica que en el comedor comía sin hablar, con esa serenidad de quien no tiene pensamientos propios en ese momento. Los que en el gimnasio corrían hasta el límite y luego se detenían de golpe, sin jadear, sin sudar demasiado, como si algo interno les pusiera el freno.
Dóciles. Esa era la palabra.
Neverland estaba llena de personas hermosas, inteligentes, perfectamente dóciles.
Y yo era la única que no tomaba las pastillas.
Por ahora.