Hubo una noche en que Lia casi me lo dijo.
Habíamos estado en la sala común de nuestro edificio hasta tarde, estudiando para el parcial de finanzas. Era una de esas noches raras en que el campus se quedaba en silencio de verdad, sin el ruido de fondo que normalmente llena los pasillos: pasos, murmullos, el eco de Espejo en los sistemas del pasillo.
Solo nosotras y la luz de las lámparas.
Lia llevaba un rato sin leer. Miraba la ventana, aunque afuera solo había oscuridad y el contorno lejano de los árboles.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí.
—Llevas diez minutos mirando la nada.
Una pausa larga. Demasiado larga.
—Alicia.
Su voz era diferente. Más baja. Menos cantarina.
—¿Qué?
Respiró hondo. Abrió la boca.
Y entonces su celular vibró sobre la mesa. Ella lo miró. Algo cambió en su expresión, tan rápido que si yo hubiera parpadeado no lo habría visto.
—Es tarde —dijo.
Empezó a guardar sus libros.
—Conejo Blanco.
—Mañana tenemos clase temprano.
—¿Qué ibas a decirme?
Se detuvo. Las manos quietas sobre el cierre del estuche.
—Que debes comer más. Se te ve el cansancio en la cara.
Sonrió. La sonrisa de siempre.
Y se fue.
* * *
Lia no era mala. Eso lo entendí después, cuando ya entendía todo lo demás.
Lia era parte del sistema de la misma manera en que el edificio de piedra era parte del sistema: construida para estar ahí, para cumplir una función, sin haber elegido del todo el material con el que la hicieron.
Alguien la había seleccionado para ser mi guía. Mi Conejo Blanco. La figura amigable que me ayudara a integrarme, a confiar, a no hacer preguntas en el momento equivocado.
Y ella lo había hecho. Y al mismo tiempo, en esos momentos donde su celular no vibraba a tiempo, casi no lo hacía.
Eso también valía algo.
No lo suficiente para cambiar lo que iba a pasar.
Pero algo.