Alicia en la universidad de los wolfs

La fiesta del té

La fiesta del té olía a flores y a algo más que no podías nombrar pero que se te metía en los pulmones de todas formas.

El Gran Salón Espejado era exactamente lo que su nombre prometía: una sala enorme bajo tierra, con paredes cubiertas de espejos desde el piso hasta el techo. Las mesas eran largas, con manteles blancos, y encima de cada una había una tetera de porcelana y tazas alineadas con esa precisión que ya reconocía como la firma de Neverland.

Todo era blanco y negro. Los estudiantes. La decoración. Las flores.

Todo excepto las rosas del centro de cada mesa, que eran rojas.

Lia me encontró en la entrada. Estaba preciosa, como siempre, con un vestido blanco que la hacía parecer más pequeña todavía y sus dos coletas perfectas. Me tomó del brazo.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Tomaste las pastillas esta noche?

—Sí.

Mentira. Llevaba meses mintiendo.

Nos sentamos. El salón fue llenándose. Espejo, en una versión proyectada en los espejos de la sala, anunció el inicio de la fiesta con voz elegante y sin contexto, como si presentara una gala de beneficencia.

El té fue servido.

Todos bebieron.

Yo llevé la taza a los labios. La sostuve ahí unos segundos. Luego la bajé, fingiendo que había tomado.

* * *

Pasaron veinte minutos.

Entonces supe que el té hacía algo, porque los estudiantes que lo habían tomado empezaron a moverse diferente. No de forma dramática. Sutilmente. Los ojos más quietos. Las conversaciones más lentas. Una docilidad extra sobre la que ya tenían.

Lia lo notó en mí antes de que yo pudiera notarlo en ella.

—Alicia.

Su voz era extraña. Más directa. Menos cantarina.

—¿Tomaste el té?

—Te dije que sí.

Me miró un momento.

—Alicia.

—Conejo Blanco.

—Deberías haber tomado el té.

En su voz había algo que no esperaba. No amenaza. Algo más parecido a miedo.

—Sé lo que pasa esta noche —le dije en voz baja.

Sus ojos parpadearon.

—Lo siento —dijo.

Y lo decía en serio. Eso era lo peor.

—Lo sé.

Las luces del salón cambiaron. De blancas a azules. Y desde algún lugar que no era un altavoz visible, una música comenzó a sonar. Oscura. Lenta. Como el preludio de algo.

Espejo habló.

—Estudiantes de la Universidad Neverland. Es un honor presentar la tradición más antigua de nuestra institución.

Las puertas del fondo se abrieron.

Siete figuras entraron con máscaras de lobo.




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