Los reconocí a todos.
Aunque las máscaras cubrían sus rostros desde la frente hasta el mentón, los conocía. Llevaba seis meses estudiándolos: sus pasos, sus silencios, el ángulo que inclinaban la cabeza cuando escuchaban algo que no querían escuchar. Seis meses tomando nota. Seis meses sin dormir del todo. Seis meses fingiendo que era una chica normal que había llegado a una universidad normal y que todo lo que pasaba aquí era perfectamente normal.
La chica platinada. El chico delgado. El que siempre llegaba tarde. Los gemelos —Dum y Dee— caminando en perfecta sincronía incluso con las máscaras, como si fueran un solo organismo dividido por accidente. Una figura más que no había visto antes en su grupo, que se unió en silencio desde el lateral de la puerta.
Y al final, Kieran.
Kieran con su máscara y su cuaderno en el bolsillo interior del saco, que yo sabía que estaba ahí porque me lo había dicho. Kieran que llevaba nueve meses construyendo una mentira perfecta para llegar hasta aquí. Kieran que era lo más parecido a un aliado que tenía en este lugar, lo cual era un dato simultáneamente reconfortante y aterrador.
Espejo habló otra vez.
—Alicia Book. Por favor levántate.
Me levanté.
Sentí todos los ojos del salón sobre mí. Los estudiantes que habían tomado el té me miraban con esa serenidad extraña que yo ya conocía: ojos demasiado quietos, sonrisas que no llegaban a los músculos que debían mover. Dóciles. Hermosos. Vacíos.
Lia no me miró.
Sus manos estaban apretadas sobre la taza de té vacía y sus ojos verdes eran lo único que no estaba completamente quieto en toda la sala. Lo habría apostado todo a que una parte de ella quería decirme algo. Pero esa parte había aprendido cuándo callar.
—Alicia. La Universidad Neverland te ha seleccionado para representar a la figura más icónica de nuestra tradición. Tienes una oportunidad. El bosque te espera.
La música cambió. De algo lento y oscuro a algo sin melodía reconocible, más parecido a un tono que a una canción. El tipo de sonido que no escuchas con los oídos sino con el pecho.
Una puerta lateral se abrió. Más allá, a través de un pasillo que llevaba hacia arriba, podía verse el negro del exterior.
El bosque.
Caminé hacia esa puerta.
Un paso. Otro.
Antes de cruzarla, me giré.
Busqué a Lia entre las mesas. La encontré. Le sostuve la mirada un segundo. Solo uno. Lo suficiente para que ella supiera que yo sabía, y para que yo supiera que ella lo sabía también.
Luego crucé la puerta.
* * *
El bolsillo derecho de mi vestido tenía cuatro pastillas.
No las de la enfermería —aunque también tenía esas, las originales sin abrir que acumulé durante semanas fingiendo tomarlas. Las de la enfermería las había reservado para otra cosa. Las cuatro del bolsillo derecho eran las de Lia, las que ella misma me había dado hace meses en esa cajita sin etiqueta, con esa naturalidad de quien entrega veneno con cara de vitaminas.
Llevaba semanas pensando en para qué usarlas.
Esta noche había llegado a una conclusión.
El tobillo izquierdo me molestó desde el tercer paso en el pasillo. No era la primera vez: me lo había torcido tres semanas atrás durante el cardio matutino con Lia, en ese tramo empedrado detrás del edificio de humanidades donde la piedra está floja y el pie no aterriza donde espera aterrizar. La enfermera me había dado un antiinflamatorio de acción rápida —pastillas blancas, también sin etiqueta, aunque esas sí tenían intención médica— y me había dicho que descansara. No descansé. Pero conservé tres de esas pastillas en el doble fondo del portafolio, que era ahora el bolsillo izquierdo de mí vestido, que era ahora el inventario completo de lo que yo tenía contra siete personas entrenadas para cazarme en un bosque.
Cuatro pastillas de Lia.
Tres antiinflamatorios de acción rápida de la enfermería.
Seis meses de cardio a las seis de la mañana.
Y un mapa mental que nadie más tenía.
Era suficiente. Tenía que serlo.
* * *
El bosque era oscuro y frío y olía a tierra húmeda y a cosas vivas que se mueven sin luz.
Corrí.
No porque el pánico me lo dijera, sino porque seis meses de cardio con Lia a las seis de la mañana habían hecho exactamente lo que ella prometió que harían. Mis pulmones aguantaban. Mis piernas recordaban. El tobillo izquierdo protestó en el primer minuto, como una advertencia, y luego se calló porque no tenía otra opción.
Norte. Cuarenta minutos. Carretera estatal.
Tenía el mapa del bosque en la cabeza. No el oficial. El mío. Construido en cinco meses de caminatas con excusa de ejercicio, de memorizar qué árboles se veían desde qué ángulo, de saber dónde el suelo cambiaba de textura bajo los pies. Había un tramo con raíces expuestas a los doce minutos que se volvía traicionero de noche si no lo sabías. Había una bajada brusca a los dieciocho que a oscuras podía hacerte perder el equilibrio. Había el río a los veinte, que no estaba en ningún mapa oficial pero que yo había cruzado cuatro veces solo para memorizar dónde el fondo era firme.