Alineando las estrellas

1. Los Ángeles

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✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ 𝐋𝐨𝐬 Á𝐧𝐠𝐞𝐥𝐞𝐬 ✧⁺₊⋆☾⋆₊˚✩

Leah

No puedo creerme todo lo que he tenido que pasar hasta ahora. No tengo ni idea de por qué estoy aquí, solo sé que quiero irme a casa.

Dejar a mis amigos ha sido más duro de lo que me esperaba. Han pasado dos horas y ni siquiera tengo ningún mensaje de ellos, lo cual me hace sentir diferente. Cuando Harper se fue a la universidad, todos preguntaban por ella cuando acababa de poner un pie en el coche. Conmigo es distinto. Nunca me he sentido del todo bien cuando estaba rodeada de ellos.

El cartel que acabamos de pasar indica que ya queda poco para llegar a mi destino. Quiero perseguir mis sueños, y estar aquí solo hará lo contrario. No logro entender por qué tengo que ir a Harvard.

Mi madre ya tenía planeado mi futuro, pero cuando murió todo se esfumó. No conseguía ver la vida con claridad, a pesar de que mi relación con ella nunca ha sido especialmente buena.

Ella quería lo mejor para mí, pero eso significaba no cumplir mis sueños. Intenté alejarme de ella, pero nada servía.

Todo me ha llevado hasta aquí. Hasta Los Ángeles. Mis decisiones nunca han contado en cuanto se trata de mi familia.

Empezar mi vida desde cero no es algo que me haga mucha gracia. No soy muy sociable que digamos. Tampoco creo que la gente entienda el por qué de mis acciones.

La voz de mi padre me lleva a la realidad. Dejo de pensar en todo lo que he vivido y miro por la ventana.

Cuando llego, me bajo del coche y mi padre y mi tía me ayudan a sacar las maletas. La casa tiene unos tonos blancos grisáceos y está repleta de macetas y plantas.

—¿Vas a estar bien?—pregunta papá, con un preocupado tono en su voz.

—Mejor que nunca. No os tenéis que preocupar por mí. Creo que ya soy mayorcita.

Nos damos un último abrazo de despedida antes de abrir la puerta de lo que es mi nueva casa.

Las llaves casi se me caen de los nervios. Consigo abrir la puerta después de varios intentos. Doy pasos lentos y me dirijo hacia el pasillo. Las paredes están repletas de cuadros y pósters de los años veinte. Voy recorriendo cada esquina de la casa. Mi nuevo cuarto es bastante amplio. Dejo mi maleta encima de la cama y la deshago antes de irme a dormir. Ya es tarde y mañana es mi primer día en la universidad.

No sé qué me va a deparar, pero tengo miedo.

Ojalá no sea como el anterior, que me dejó con un nudo de la garganta y el corazón en un puño.

A la mañana siguiente, me despierto y me doy una larga ducha para activar mi cuerpo. Me siento mejor cuando me seco el pelo y me visto. Cojo mis pinturas y me maquillo. No me gusta ir muy pintada, con un poco ya es suficiente para mí. Un poco de corrector y colorete. Eso es todo lo que me pongo siempre. Las ojeras siempre muestran que no duermo lo suficiente, y no quiero que nadie vea esa parte de mí.

Tampoco me gustan mucho. Cada vez que las veo, pienso que me han dado un puñetazo.

Salgo de casa cuando termino de desayunar y me lavo los dientes. Me miro una última vez en la cámara de mi móvil y arranco el coche. Pongo la música a todo volumen para distraerme y no pensar en lo que me va a deparar en unos pocos minutos. Nunca he visitado Harvard, así que está va a ser la primera vez que la vea. En las películas parece enorme.

Al llegar, mis ojos se posaron en los ladrillos enormes de color rojizo. Los árboles y plantas me recuerdan a mi nueva casa. Llego a la entrada, paseando por un camino de piedras. No puedo fijarme mucho más en los detalles porque llego tarde a biología. Corro por el pasillo lo más rápido que puedo. Mis manos se posan en el pomo de la puerta del aula siete. Lo giro y lo primero que veo es un barullo de gente en una esquina.

Todos me miran y siguen hablando como si nada.

Las mesas están colocadas de dos en dos. Elijo el primer sitio que veo. Está al fondo de la clase, pero la pizarra se ve con precisión, con lo cual no tengo que preocuparme por eso.

La puerta se cierra y todos los alumnos se sientan en sus pupitres cuando el profesor entra.

Todos se quedan en silencio mientras él explica.

—Mi nombre es Luke y yo voy a ser vuestro profesor de Biología el próximo semestre.

Todos asienten. Un ruido nos hace callar. La puerta se abre y deja al descubierto a un chico.

—Perdón por llegar tarde. Había un tráfico excesivo.

—Sientese, señor…

—Sparks. Asher Sparks

Él completa la frase del profesor antes de sentarse.

A simple vista parece ser majo, pero las apariencias engañan.

—Aquí hay un hueco libre—señala al lado de mi pupitre.

El chico misterioso se sienta al lado mío.

—Hola, chica nueva —susurra para no llamar la atención del profesor—. ¿Qué tal?
—Bien.

Intento no sonar demasiado borde, pero lo justo para que sepa que no me importa. Quiero atender a la explicación de Luke.

—¿Tú nombre es…?
—Leah—vuelvo a contestar con frialdad.

—¿Leah…?
—Leah Collins. Ahora si me disculpas quiero aprender algo.

Las chicas de mi alrededor me lanzan miradas asesinas.

—¿Qué cojones les pasa a estas tías? Joder, ya ni hablar se puede—me altero y aprieto mis rodillas con fuerza.

—Están celosas, Collins. Eso es porque les gusto—interviene él, cruzando los brazos sin demasiada fuerza.

—¿Quieres que te repita otra vez que quiero atender, o con una ya es suficiente?—ataco de nuevo.
—Sigue evitándome, Leah, pero quieras o no, vamos a hablar después.

—Sigue soñando, Sparks.

Le arranco una sonrisa. Sus diminutas pecas se ven a simple vista cuando estás cerca de él. Sus ojos color café combinan con su pelo despeinado. Tiene un pequeño tatuaje en la palma de su mano. Es una pequeña mariposa junto a un lago.




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