Alineando las estrellas

1. Los Ángeles

Leah

Mi madre llevaba conduciendo lo que parecían diez mil años. El viaje se me hizo eterno. Pasaron horas y horas hasta que, por fin, vimos el cartel que indicaba que habíamos llegado a Los Ángeles. En ese momento sentí un nudo en el estómago.

Mi padre siempre había querido que estudiara en Harvard. Para él, eso significaba tener un buen futuro: una carrera importante, estabilidad y una vida segura. Yo entendía sus intenciones, pero no estaba completamente convencida de que ese fuera el camino que deseaba seguir. Ellos querían lo mejor para mí, y yo también quería tener un buen futuro. Sin embargo, además de estudiar, quería vivir experiencias, divertirme y descubrir quién era realmente. En los últimos meses había pasado mucho tiempo con mis amigos: fiestas, risas y momentos que sabía que echaría de menos. Ahora nos separaban mil doscientos kilómetros, y todo porque mis padres pensaban que empezar una nueva vida era lo más adecuado.

Desde pequeña había soñado con ser cantante o actriz. Me imaginaba viajando por el mundo, cumpliendo mis metas y demostrando que podía lograr lo que me propusiera. Sabía que era un sueño difícil, pero también creía que, con esfuerzo y dedicación, nada era imposible. Cuando llegamos a la casa donde viviría hasta terminar la universidad, dejé las maletas en mi habitación y salí a caminar un poco. Necesitaba despejarme. Todo era nuevo, y esa sensación me asustaba.

Tenía miedo de empezar desde cero. No conocía a nadie allí y temía que, cuando regresara a casa en vacaciones, mis amigos ya no me vieran de la misma forma. Quizás ese era mi mayor temor: que me olvidaran. Después de cenar, me duché y me puse el pijama. Al día siguiente comenzaban las clases y quería estar descansada para dar una buena impresión.

A la mañana siguiente me desperté temprano. Desayuné, me vestí con cuidado y me maquillé ligeramente. No quería parecer exagerada, solo un poco más segura de mí misma. Tomé las llaves del coche y me dirigí al campus. Al llegar, sentí un ligero dolor en el estómago. Supuse que eran los nervios. El lugar era enorme y estaba lleno de estudiantes que parecían saber exactamente a dónde ir.
El primer día se me hizo muy largo. Había muchos chicos atractivos, pero uno en particular llamó mi atención. Era alto, moreno y tenía pequeñas pecas en el rostro. Sus ojos marrones brillaban bajo la luz del sol. Aunque estaba rodeado de varias chicas, parecía tranquilo y amable. Durante el descanso decidí acercarme. Me daba vergüenza, pero sabía que, si no lo intentaba, nunca conocería a nadie.
Me acerqué con cierta timidez.
—Hola.
—Hola —respondió él con una sonrisa leve.
—He oído que necesitas ayuda con Matemáticas. Si quieres, puedo ayudarte.
—No esperaba encontrar a alguien tan amable por aquí.
Sentí cómo mis mejillas se enrojecían
—Gracias —respondí, intentando mantener la calma.
—Es en serio —añadió—. No todos se ofrecen a ayudar así sin más.
—Te estás poniendo roja —comentó con una pequeña risa.
—Lo sé —admití.

Luego me miró con curiosidad.

—¿Qué te trae a esta universidad? No pareces del todo convencida de estar aquí.
—Estoy contenta, pero no era exactamente lo que tenía planeado para mi vida.
Él asintió.
—A veces las cosas no salen como esperamos.

Estuvimos hablando durante un buen rato. Se llamaba Asher y, a pesar de estar rodeado de gente, parecía alguien sencillo y cercano. Por primera vez desde que había llegado a Los Ángeles, no me sentí completamente sola. Tal vez empezar de nuevo no sería tan terrible como imaginaba.




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