Alineando las estrellas

10. La vida no siempre está llena de flores

Asher

Estoy dando un paseo, cuando alguien grita mi nombre. Miro a mi alrededor y solo consigo ver a una señora mayor con su nieta, un parque y demasiados árboles.

Una sombra siniestra aparece detrás de mí, haciendo un gesto. Miro atrás y no había nada ni nadie. Escucho pasos acercándose a mí.

—Asher—susurró, mirándome a los ojos.

—¡Joder, Liam! ¿Es que quieres matarme de un susto?—replico, levantando los hombros.

—Hay un asesino en el pueblo

—¿Qué estás hablando? Deja ya tus estúpidas bromas,

no tienen gracia.

—Ojalá lo fuera.

Él se sienta en una escalera cerca suya, y yo hago lo mismo.

—¿Puedes explicarme de qué va todo esto?

—Va sobre Jacob, hermanito. Leah y yo creemos que está muerto.

Me quedo paralizado. Intento decir algo, pero las palabras no me salen.

—¿Qué significa eso? ¿Cómo estáis tan seguros? Es decir, en las noticias no han dicho nada, solo que ha desaparecido.

—Es una larga historia, así que te la voy a resumir.

Leah y yo entramos en una casa y había mucha sangre, incluido un cuchillo. No había ningún cuerpo pero, ¿no te parece raro que Jacob desaparezca sin ningún motivo y que no le conteste a las llamadas ni a su propia madre? No suena muy del estilo de Jacob que digamos.

—¿Has ido a la policía?—pregunté asustado y crujiendo los dedos

—Han dicho que ya lo investigarán.—responde, firme. —. Hay algo más que también debes saber, hermanito.

—Joder, como si eso no fuera ya suficiente.

—Leah recibió una llamada. Me dijo que era una voz que le resultaba familiar y la persona que le llamó le contó que estaba muerto, que dejara de buscar.

—¿No dijo el nombre de la persona que debía dejar de

buscar?

—Solo dijo eso.

—Tienes que dejar a Leah al margen de todo esto, yo mismo me encargaré de buscar al culpable.

Liam se levanta y me estrecha la mano para que me levante.

—El problema es que ella no quiere, hermanito.

—Pues encierrala en su cuarto o algo.

—Leah me odia, Asher. Por alguna razón piensa que yo tengo la culpa de todo esto.

—Supongo que lo tuyo no son las chicas.

—Supongo.

Y por primera vez en mucho tiempo, los dos soltamos una carcajada. A pesar de la situación, me lo estoy pasando bien hablando con Liam. Quizás después de todo quiera cambiar lo que hizo en el pasado y ser una mejor persona. Yo soy fiel creyente de que las personas cambian con el tiempo, y sé que él lo hará.

—¿Vamos a casa, hermano?—insistió él, con una sonrisa dibujada en su rostro.

—Por supuesto.

Nos miramos, sonriendo.

—Querías saber para qué he venido aquí, a meterme en tu vida, ¿no? Pues he venido para pedirte perdón y creo que ya va siendo hora.

—No tienes por qué hacerlo, Liam.

—Sí, sí que tengo. Te he hecho demasiado daño, Asher.

Lo has pasado muy mal desde que la abuela murió y, aun así, yo no fui capaz de estar ahí para ti. Todo este tiempo has fingido que nada te duele, cuando en realidad todo te estaba doliendo. Y lo sé por tu mirada. Porque, aunque pienses que no me importas, no es verdad… y creo que los dos lo sabemos muy bien.
Todas las noches te escuchaba llorar en silencio y, aun así, yo me burlaba de ti. Cuando me fui de casa no me despedí. Sé que estuviste esperando mi mensaje de despedida, el cual nunca llegó.
Todas las veces que has sonreído cuando nada estaba bien. Todas las veces que has seguido adelante. Todas las veces que te has sentido reemplazable. Todas las veces que nadie ha notado cuando empiezas a romperte… ni siquiera tu propio hermano, que debería haber estado allí para apoyarte. Que, si te caías mil veces, yo tendría que haber estado allí mil y una para ayudarte a levantarte.
Ojalá hubiera sido un buen hermano. Quiero que todo eso cambie. Quiero estar ahí para ti, siempre—hace una breve pausa—. ¿Me perdonas?
Siento cómo algo dentro de mí se quebraba, y entonces empiezo a llorar.
—Dame un abrazo, capullo —digo con ternura—. Claro que te perdono. Creo que yo también debería disculparme por el puñetazo.
—Déjalo, hermanito. Me lo merecía.
Él me abraza más fuerte, casi dejándome sin aire. Nos

abrazamos durante unos segundos y él me sostiene el brazo.
—Vámonos, Ash.

—¿Qué quieres cenar, hermanito?
Liam me mira mientras saca una sartén y unos platos blancos.
—¿Quieres huevos con arroz blanco como cuando éramos pequeños?—pronunció despacio, acercándose a mí.
—Ya sabes que nunca le digo que no a la comida, y a esta menos—comento, sonriendo leve.
Él casca un par de huevos en el fregadero y los echa a la sartén. Después prepara el arroz en la thermomix y se lleva un grano a la boca.
—El arroz está bastante bueno—soltó una carcajada.
—No esperaba menos de ti—solté entre risas.
Me levanto del sofá y preparo la mesa. Liam me sirve y yo me siento junto a él, llevándome el tenedor a la boca con bastante arroz.

—Cuidado, hermanito. No quiero que te ahogues—bromeó.

Leah

Le odio. Le odio. Le odio. Le odio.
Esas dos palabras se repetían continuamente en mi cabeza.
Jacob está muerto.
—No, no, no esto no me está pasando a mí.
Cierro los ojos con fuerza y puedo escuchar el sonido de mi corazón latiendo más rápido, noto mi respiración aumentar y otra vez vuelve esa sensación de soledad,

de vacío. Las lágrimas caen sin control y yo siento que ya no puedo más. Me siento en el suelo del baño, abrazando mis rodillas y metiendo mi cabeza entre medio de ellas.
Empiezo a recordar todos los momentos que pasamos juntos, que ya son historia.
Jacob se reía mientras yo contaba los peores chistes, nos llamábamos todos los días para ver cómo estábamos y él me ayudaba con mis ataques de ansiedad.
Mis padres jamás estuvieron ahí para mí, pero Jacob sí. —¿Por qué tenía que ser él?—me digo a mí misma, con un gran nudo en la garganta.
Vuelvo a mi habitación y me subo en un taburete. Miro en la parte más alta de la estantería y allí puedo ver una caja. Para mí nunca ha sido una simple caja; en ella guardaba todas nuestras fotos y recuerdos juntos. Saco la primera foto que veo, ahí estamos nosotros el día que nos conocimos, sonriendo, aunque en el fondo estábamos nerviosos porque teníamos un examen muy importante.
Notaba como el aire me iba faltando cada vez más y empezaba a sentirme mareada. El cuerpo me temblaba más que nunca y no podía hacer nada para pararlo.
Intento respirar lento y distraer mi mente, pero nada funciona.
“Inhalar cuatro segundos, sostener cuatro y exhalar por seis segundos.” Eso fue lo que Jacob me dijo cuando me entraban ataques de ansiedad. Intenté probarlo y poco a poco me iba calmando. Los mareos se habían ido, el aire había vuelto y ya no temblaba.




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