Había estado dos semanas sin ir al campus y ya me estaban empezando a mandar mensajes de que si hoy no iba, me iban a quitar la beca y no estaba dispuesta a perderla. Perder a Jacob ha sido muy duro. Todavía no lo han dicho ni en las noticias y la policía sigue investigando quién puede ser el culpable.
Me levanto de la cama y abro la nevera, pensando qué puedo preparar para el desayuno. Había pensado en hacer unas tortitas con chocolate para Grace y para mí. Además, algo de chocolate no me vendría nada mal ahora mismo para calmar algo la mente.
Desbloqueé el móvil y busqué cómo se hacen unas tortitas.
Grace aparece a mi lado y se sienta en mi regazo, mirando como mis dedos teclean la pantalla del móvil.
Ella se acerca a mí y mira la pantalla del móvil.
—¿Vas a hacer tortitas?
—Sí. ¿Quieres?—pregunto, sabiendo de antemano su
respuesta.
—Qué pregunta es esa—ríe.Grace se levanta del sofá y pone algo de música en la televisión para que no sea incómodo mientras cocinamos. Ella me observa en cada cosa que hago, cada paso que doy, cada mirada que hago…
—¿Estás bien?—murmura en un hilo de voz.
—Sí, perfectamente—suelto, recogiéndome el pelo con una pinza
—No tienes por qué mentirme, Leah. Sé perfectamente que estás devastada desde que pasó todo esto.
—Yo… solo quiero que lo encuentren, Grace. No puedo más, no sé que voy a hacer sin él. Ya no me queda nadie.
En mis ojos se puede ver el dolor que oculto. ¿A quién quiero engañar? No creo que vuelva a estar bien jamás. No sin él.
Aparto la mirada y miro al suelo, intentando ocultar mi dolor y la pequeña lágrima que me acaba de salir del ojo, tocando mis labios. Me la seco con el brazo y ella lo nota.
—Siempre me vas a tener a mí, Leah.
—No sé que voy a hacer sin ti cuando te vayas
—Todavía queda un mes, no te preocupes por eso. Encontrarás la manera de ser feliz, conmigo o sin mí.
—Jamás podré ser feliz si tú no estás a mi lado, Grace.
Me muerdo de forma brusca la uña del dedo índice y ella me da un pequeño manotazo, indicando que no lo haga.
—Eso no es verdad, Leah. Este mes lo vamos a pasar juntas, ¿vale?
—Te quiero—gesticulo con la boca, rompiéndome por dentro.
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—Sabes que yo más.
Las dos acabamos llorando y nos abrazamos durante .unos minutos.
—Vamos a terminar las tortitas, loca.
30 minutos más tarde…
—Mmm, están riquísimas Grace.
—Tienes que dejar de ir a la uni y hacerte cocinera.
—Tú estás flipando—rio, casi quedándome sin aire—. Casi todo lo has hecho tú, hermana
—¿Ahora somos hermanas? Me gusta
—Para mí siempre lo has sido—aclaro, con una sonrisa que lo dice todo.
Nos tomamos las tortitas y Grace me lleva al campus.
—Ya estamos aquí—anuncia, estirando los brazos.
—Me quiero pegar un tiro.
—Te irá bien, tía. Estoy segura—afirma con sinceridad. ¡Te recojo luego!
—¡Adiós!
Nos abrazamos otra vez y me bajo del coche haciendo una reverencia. Ella se ríe y me hace una vaga mueca, negando con la cabeza. Yo me voy la vuelta para entrar a la primera clase que tenía: Biología.
—Por fin ha venido, señorita Collins. ¿Cómo está?
—Mejor. Gracias por preguntar señor Philips.
Me siento en mi pupitre y empieza la clase. Cojo la primera libreta que veo para tomar apuntes. A los dos minutos ya estoy mirando un punto fijo, para ser más concreta en el suelo. Me giro para hablarle a mi compañero y el profesor me hace una pregunta. Yo me giro para mirar al señor Phillips y él se me queda mirando, esperando mi respuesta.
—No lo sé.
Mi compañero me chiva la respuesta en bajo y casualmente él lo escucha.
—Dilo en alto Paul, por favor.
—En España. Se creó en España.
Mi compañero es un sabelotodo y siempre me ayuda en todo lo que puede, así que no me quejo de tenerlo al lado mío.
—La próxima vez esté más atenta, señorita, que mi cara está aquí, no en el suelo—burla, señalando su cara.
Para sorpresa de nadie ninguno se ha reído, solo él.
—Vete a la mierda—susurro en bajo.
Por suerte no me escucha pero si me mira de reojo. La clase continúa y el sonido del timbre hace darme cuenta de que no he hecho nada en toda la clase.
Estoy esperando para ir al baño cuando me encuentro a Liam en el pasillo. Se acerca a mí y me susurra al oído:
—Hoy hay clases de mates, ¿recuerdas?
—Ojalá no las hubiera, capullo.
Él abandona el pasillo y se va fuera, siguiendo a un grupo de chicos. Yo entro al baño y me lavo las manos.
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Tocan el timbre y me apresuro a abrir la puerta. Para mi sorpresa, Liam está ahí, parado enfrente de la puerta, con sus manos en los bolsillos del pantalón.
—Tenemos una clase privada de matemáticas.
—¿Tu hermano sabe que estás aquí? Creo que no le va a hacer mucha gracia.
—He venido para estudiar, no para hablar, nena.
Me aparto y le dejo pasar. Él me roza el brazo y yo me
pongo a la defensiva. Subimos las escaleras y llegamos hasta mi habitación. Saco el libro y él me lo quita de las manos.
—¿Qué coño haces? Lo tenía yo, así que dámelo.
Él me ignora y pasa las páginas, haciéndose el misterioso.
—¿Qué es lo que tienes que estudiar?
—Como no me das el libro no te lo puedo decir.
Él cede y me da el libro, haciendo un poco de fuerza para que me cueste cogerlo. Él se ríe y después me mira con la cara más seria que he visto jamás.
—¿Me vas a ayudar o qué?
Él toca mi hombro y yo me aparto y le muestro una mirada fría y tajante.
—No puedes odiarme para siempre, amor.
—¿Que no? Mira cómo lo hago. Tú y yo jamás vamos a ser amigos.
Él bufa y empieza a explicarme lo que no entendía de matemáticas.
Saca un papel con cosas escritas y me lo da.
—Aquí tienes unas fichas para que practiques.
Yo la cojo y asiento.
Empiezo a hacer las operaciones que me ha puesto.
—Esto no va aquí, amor.
Me quita el bolígrafo de una manera suave y tira del folio para quitármelo y así poder escribir él. La hoja se va llenando de operaciones lentamente, y cuando me doy cuenta, ya he entendido todo.
—Tienes algo en el pelo, Leah.