All of us

The Room

" En una matanza, las víctimas son tratadas como números, no como personas; se busca un impacto más emocional que carnal. A la hora de investigar se analiza: la distribución de cuerpos, elección del lugar, control del tiempo y ritmo de la violencia"
...

Alice

Maxton, no tardo ni un segundo más en arrastrarme otra vez hasta su auto. Sentí cómo mis pies dejaron de tocar el suelo. Él me levantó en peso como si nada, cargándome sobre su hombro hasta meterme en el asiento.

Melanie y Preston ya se encontraban dentro. Ella acariciaba la cabeza de él, quién, a su vez, estaba acostado sobre sus piernas como un bebé. Los miré con desagrado, preguntándome cómo es que ambos acabaron en esta situación...

— ¡Vuelven a salir del maldito auto, y los voy a dejar aquí! — Habló él con desagrado, acomodando ambas manos sobre el volante antes de arrancar y salir disparado de allí.

Mi mente solo repasaba aquella imagen, como un espectro viviente. La forma en que me observó: sabía que sonreía mientras me apuñalaba con aquel cuchillo. Parecía disfrutarlo...

Tal vez este fue su objetivo desde el inicio
Lograr que yo lo viera...

<< Quiere dejarme como la loca obsesionada >>
Desea que nada parezca real...

— ¡Voy a dejarlos en el dichoso campus y me voy! ¡Son las dos de la mañana; estoy jodidamente cansado, y ustedes brutos solo saben darme problemas! — Maxton se quejaba abiertamente mientras conducía.

— Hay... toque de queda. — murmure

Detuvo el auto en seco en medio de la carretera, totalmente apagado. Giro lentamente la cabeza hacia mí.

Tragué con dificultad.

Su rostro se enrojeció. Apretaba las manos al volante con fuerza hasta que sus nudillos se le tensaron.

Yo me abrazaba a mí misma con ambas manos, aun con su chaleco puesto. Cerré los ojos y suspiré. No sabía nada; tampoco deseaba saberlo. El sueño se me había ido; las ganas de vivir también, luego de presenciar dicha escena. Solo me faltaba que Maxton me echara del auto en media carretera... algo que estoy segura de que aún se plantea.

— Que diablos... — susurró antes de enloquecer por completo — ¡Que diablos hacían en una maldita fiesta en las afueras de la ciudad!

Melanie no respondió. Yo tampoco hablé.

— ¡No voy a llevarlos a mi casa! ¡Esto no es una maldita fiesta de pijamas!

— El hotel... —sugerí, casi tartamudeando.

— Tal parece que tú nunca tienes suficiente — habló entré dientes. — Todo esto es tu maldita culpa. ¡Ninguno de nosotros estaría aquí si no fuera por ti!

— ¿Q-que? — murmure

— ¡Vuelves a desobedecer algo de lo que yo diga y...! — se detuvo. Respiraba con intensidad. — Ahh... —suspiró al exhalar. Seguía apretando las manos sobre el volante.

— Pero yo...

— ¡Cállate de una maldita vez, Alice! — golpeo su frente contra el volante.

Pegué mi cabeza hacia atrás en el asiento lo más que pude. Cerré los ojos, tragué la saliva que se había acumulado en mi boca y no volví a decir nada más.

Él encendió de nuevo el auto y yo le di gracias a Dios porque no nos bajó en ese instante. Nadie volvió a hablar; él era el único que refunfuñaba mientras mantenía la vista fija en el camino.

&&&

Treinta minutos después estaba de regreso en el hotel. Era irónico, como al final, después de todo lo sucedido, terminé regresando al mismo sitio de donde casi me volví loca con tal de salir. No me agradaba la idea de volver a este lugar, pero tampoco quería pasar la noche tirada en medio de la calle.

Preston seguía dormido encima de Melanie, quién, a su vez, también se quedó rendida. Los únicos despiertos éramos él y yo.

— ¡Levántate ! —dio un grito haciendo que aquellos dos se despertaran de golpe. — ¡Baja de una buena vez!

Seguía irritado; era muy obvio por su comportamiento más obstinado de lo habitual. Yo fui la primera en bajarme. No quería que siguiera gritando.

Él nos trajo; era su carro, su hotel. Había que obedecer sus órdenes; ahora estábamos bajo su mando. Algo un poco peligroso, por así decirlo. Maxton no era el tipo de persona en quién se podía confiar, y eso lo había aprendido a las malas.

Preston ya se veía más despierto; incluso ayudó a Mell a bajar del auto. Ambos se sostuvieron el uno al otro y caminaron juntos hasta la entrada del hotel.

— Odio este lugar — susurró Preston.

¿Acaso alguien más odiaba este sitio aparte de mí?

¿Por qué lo odia? >> Pensé deseando saber qué otras cosas ocultan los Hernes.

Maxton entró y todos los seguimos. Llegué hasta la recepción, donde se encontraba la misma chica que unas horas antes no quiso ayudarme. Sus ojos pasaron rápidamente por todos nosotros, hasta que los posó sobre mí. Hizo una mueca de extrañeza y los abrió con lentitud.

<< Así es perra, aquí estoy otra vez. ¿Y adivina con quién? >>

— Buenas noches, señor Hernes. —Se inclinó un poco hacia adelante, bajando la cabeza. — ¿En qué puedo ayudarlo a estas horas de la madrugada?

— Dame dos habitaciones en el tercer piso y las dichosas llaves de mi suite. — Habló en el mismo tono ácido de siempre.

Todo en él era tan falso. La forma en que se expresaba al dar sus clases, fingiendo ser amable y agradable. Él no tenía sentimientos; Maxton carecía de humanidad.

— Claro que sí, señor. —La chica sacó rápidamente tres tarjetas. Una era diferente a las otras dos, ya que esta era dorada con destellos negros.

— Tú —señaló a Preston—, vete, no quiero ni verte. Mientras no mueras de una sobredosis, todo está bien — le entregó la llave con desdén —. Y tú—se dirigió a mí—. Te vas sola; no hagas ninguno de tus dramas postesquizofrénicos. —dijo con aún más desagrado que cuando habló con su hermano. — No me molesten. Los quiero aquí mañana a las siete para irnos y olvidar lo que sea que haya sucedido hoy. Queda rotundamente prohibido hablar de eso —volvió a observarme —. Esto también va para ti, Graham.




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