" Estamos toda nuestra vida esperando el momento exacto para morirnos. Como algo que nos persigue, y no te das cuenta del peligro hasta que termina respirándote en la nuca. Pero... En verdad, ¿adónde vamos cuando morimos?"
...
Maxton
El olor del pan recién horneado siempre me hacía suspirar de satisfacción. Adoraba verlo esponjarse a través del pequeño cristal del horno. Lo saqué con ambas manos, usando aquellos guantes rosa que encontré en uno de los cajones de la cocina. Todo en este lugar era tan diferente de mi apartamento...
Cada detalle desorganizado, lleno de colores que no combinaban entre sí por todos lados. Ayer fingí demencia cuando entré porque no quería incomodarla aún más, pero... este lugar era un chiquero.
Pasé la noche dando vueltas en ese incómodo sofá, ¿y todo para qué?... para que al final me levantara desde las cinco de la mañana para limpiar a fondo cada esquina hasta que las vi relucir de limpio. Organicé, por orden de tamaño y color, cada cosa que había dentro de este pequeño apartamento. Por esa razón no tenía tantas cosas dentro del mío... los lugares tan reducidos tienden a acumular más basura.
El café también estaba listo; la cafetera hervía, lo que hacía que todo el aroma se esparciera por toda la cocina. Sabía exactamente cómo se lo prepararía a Alice; aunque ella no parecía tener muchas cosas aquí dentro, solo encontré lo esencial. Por eso hice el pan desde cero; también cociné unos huevos revueltos con tomate y tocino. La cocina seguía impecable; me enorgullecía el trabajo tan bueno que hice en tan solo un par de horas.
Ella parecía seguir dormida. No había vuelto a escuchar el sonido de la puerta de su habitación abrirse desde que se metió anoche. Ya pasaban las siete y media. No sabía si planeaba levantarse para ir a clases o si se había muerto durante estas ocho horas.
Continúe fregando minuciosamente los chuchillos parado frente a aquel fregadero tan bajito. Esta casa era diminuta en todos los aspectos.
Puse las cosas con tranquilidad encima del mismo mesón donde sucedieron un par de cosas ayer en la noche...
Prepare mi café caliente sin leche ni azúcar. Mientras que el de ella era todo lo opuesto, incluso sería capaz de agregarle chispas de colores si ella tuviera algo aquí dentro. Mi lado del mesón se veía limpio, organizado... mientras que el suyo a pesar de tener sobre su plato la misma comida que el mío, parecía diferente.
El orden me calma. A ella no. Pero a mí sí.
Escuché el sonido de la puerta de su habitación por fin abriéndose.
— ¿Mell, regresaste? — se apareció en la cocina con los ojos aún medio cerrados. Los sobaba con una de sus manos mientras bostezaba. Llevaba puesto un pijama rosa de osos.
Tierno...
— ¿Por qué huele tan bien, si tú no sabes cocinar? — preguntó aún sin darse cuenta de que era yo quien estaba sentado sobre aquella banqueta. — ¡¿Tú qué haces aquí?! — Se sobresaltó dando un paso hacia atrás.
— Buenos días a ti también. — Dije con ironía
— No tienen nada de buenos porque tú estás aquí. —Arrugó toda su cara — ¡Juraba que te habías ido anoche!
Su rostro se veía muy cansado, a pesar de haber acabado de despertar. Su cuerpo no se movía, seguía rígido parado en aquella esquina mirando hacia el mesón con desagrado... probablemente recordando un par de cosas. Ni siquiera fue capaz de curarse el labio, ya que tenía un montón de sangre seca acumulada encima de él.
— Te dije que me quedaría —volteé los ojos
— No, dijiste que solo estarías un rato... — volteo los ojos
— Tal vez tienes razón, pero no me pareció responsable dejarte sola anoche. No después de... todo eso...
—¿Ahora vuelves a fingir que te importo? — Arqueo una ceja. Se cruzó de brazos poniéndose a la defensiva. ¿Cuándo iba a darse cuenta de que esas cosas no funcionan conmigo?
— Piensa lo que quieras. — Me encogí de hombros con simpleza. — Dormí en el sofá; no hice ninguna de esas cosas raras que probablemente estás pensando.
—¿Cómo sabes que es lo que estoy pensando? — endureció su rostro. A pesar de todo, me parecía adorable cuando trataba de ser imponente; era como una niña jugando a ser adulta.
Chasquee mi lengua, ignorando por completo sus palabras. — Hice el desayuno, ven y siéntate. — Moví un poco la cabeza, inclinándola hacia la banqueta vacía justo a mi lado.
— No quiero que me envenenes.
— Crème, que si quisiera haberte envenenado, ya lo habría hecho. ¿Estás a la defensiva solo porque te molesta el hecho de que ayer te besé y no fue como el cuento de hadas que te habías inventado en tu cabeza?
La vi como se tensó aún más, incluso cambió su vista bajándola al suelo.
— Sé una buena chica y siéntate — repetí, endureciendo la voz.
Ella accedió sin más que decir, caminando hasta la banqueta y subiéndose con cierta dificultad debido a su tamaño. Me quedé mirándola, esperando a que empezara primero. Sabía que estaba incómoda, que no deseaba que la mirara... pero ella seguía llamando mi atención.
— ¿Tú no vas a comer? — me pregunto con la vista pegada al plato — ¿En qué momento hiciste todo esto?... incluso el pan es recién horneado.
Sonreí de lado al escuchar que mi esfuerzo no pasó desapercibido. Ella le dio un bocado al pan y, seguidamente, bebió de su café.
Todo su rostro se iluminó como si acabara de probar la cosa más deliciosa en todo el mundo, igual que aquel día en el hotel cuando probó por primera vez el chocolate.
— ¿Qué te parece?
— E-está bueno... —Sabía que no lo admitiría en voz alta, pero con su cara ya era más que suficiente.
Yo también comencé a comer de mi desayuno; debo admitir que logré hacer magia con tan pocos recursos. Alice degustaba todo en silencio, como si no quisiera hacer mucho ruido para que yo no volviera a mirarla.
—¿No vas a ir a clases? —pregunté tratando de hacerla hablar.
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Editado: 04.02.2026