— 03 —
KAELA
Hay algo sobre su cabeza, una especie de sombra rara, similares grumosos, coagulados, a la vez. Y posan sobre él, no físicamente. Él no lo ha notado y no creo que lo haga o deba decirlo. Me llamará loca de nuevo si eso pasa.
Sigo queriendo estar al mismo paso que él No para de caminar de una manera tan extraña, casi como si estuviera sometido en un trance, sus pasos son tan extrañamente robóticos. Aumento mi velocidad, decidida a pararlo. Tiene que saber que no es seguro, no estoy loca como él me dio a entender con sus chistes malos.
—Entiende que no es seguro. Si hay un auto que te persigue. —Toco su hombro, esperando que se detenga. Sigo su ritmo, incluso aumento un poco más que él. Me entrometo en su vista—. ¡Hey! —suelto, desesperada.
Todo se torna tétrico cuando veo sus ojos abiertos de par en par. No se ven normales, lo son, pero no aparentan serlo. Hay una ligera capa blanca que los cubre, similar a una tela. Blanco. Negro. Blanco. Un glitch. O algo parecido.
Suelto su hombro. Mis dedos tiemblan. Retrocedo, avanzando de espaldas, no hay mucha diferencia con la distancia. Él sigue avanzando. Y yo no puedo evitar no ver sus ojos tan perdidos y controlados.
Este chico rubio y raro pudo ser mi salvación y ahora está tan…pálido, raro. Muerto. Juraría que lo está. Ahora no tengo nada, a nadie que pueda decirme que es lo que pasa. Quisiera irme, el sentido de pertenencia no está, este no es mi lugar. Pero es lo único que hay.
No hay indicios de que él parará. Sigue y sigue. Tengo la sensación de que en cualquier momento estaré siendo aplastada por él. Puedo sentir como mi piel se expande y se pega al piso, solo en mi imaginación…
Estiro una de mis manos hacia un lado, esperando tocar al menos alguna pared o sentir que una está cerca. Eso es todo lo que necesito para salir de su camino, pegar mi espalda y observar cómo sigue caminando, dejándome atrás. Dejo caer mis párpados que guardan pesadez y siento la necesidad de gritar de frustración.
Todo está mal. Aunque no hay más autos, no hay más vidrios sobre mi piel, sigo asustada. Y mi cuerpo poco a poco pierde calor al igual que en una larga noche de invierno. El chico ha desaparecido de este pasillo y el silencio se vuelve pesado.
—¡No…! —abro mis ojos al escuchar como el chico ha gritado con pánico. Mi corazón se detiene cuando escucho pasos acelerados hacer eco entre los pasillos, no hay manera de poder saber de dónde viene el sonido— ¡Chica loca! ¡¿Dónde…?! —Giro mi cabeza hacia la esquina del pasillo, viendo cómo me mira con alivio. Sus ojos ya son sus ojos, solo hay una leve rojez que se quita al instante y por un momento mi miedo se desdibuja.
—¿Lo fingiste? —Cuestiono al ver como una sonrisa se forma en su rostro.
—No —deja de sonreír mientras se acerca —. Creo que no estás loca. Algo me pasó. Me quedé ciego, no podía hablar y…
—¿Sabes lo que vi yo? —lo interrumpo—. Tus ojos, eran raros. Blancos, negros. Y a veces parecía que solo no estaban. —Sostengo la mirada, atenta si eso aún podía verlo.
—¿Estaba poseído? —pronuncia casi como para sí mismo. Me sigue mirando, como si aún su cerebro estuviera procesando lo del auto.
—Lo parecía —Miro al pasillo, justo donde me puse de frente y vi sus ojos.
—Lo estaba…—me asegura con preocupación—. Tenemos que salir de aquí.
Llega hasta mí, extendiendo su mano para ayudarme. Me he estado deslizando hacia abajo. Tomo su mano y nuestros pasos empiezan a coordinar sobre el gran piso reluciente y blanco, sin una dirección clara. Los pasillos no tienen fin, no hay salida hasta ahora. Comienzo a creer que jamás podremos salir.
Lo observo de reojo, esperando seguir viendo esa expresión calmada y despreocupada, es lo único que me mantiene cuerda. Nuestros pasos resuenan en ecos interminables que luego se distorsionan para parecer voces demoníacas que advierten cosas.
—Me llamo Taylor. —Me dirige la mirada y forma esa sonrisa de comisuras que inspira calidez, en un intento de disipar.
—Y yo Kaela. —Regreso la sonrisa, pero no tan marcada como la de él.
Seguimos caminando, sintiendo que la compañía se vuelve más cómoda haciendo que sea más difícil quedarme atascada en los frescos recuerdos del auto, mi brazo y sus ojos.
Los ecos se acallan. Un murmullo seco, casi como una discusión.
—¿Escuchaste eso? —pregunta él, mirándome con preocupación similar a la mía. Asiento enseguida—. Creo que viene de…ahí —señala con la mirada al único pasillo que parpadea alocadamente.
Nos quedamos quietos, esperando a que algo pase. Algo que indique peligro o algo que indique que es seguro avanzar.
—¿No fue tu estómago esta vez? —entrecierro los ojos y cuestiono.
—Cállate. —Me lanza una mirada de pocos amigos y comienza a avanzar, arrastrando consigo.
—¿Te arrepentirías si te digo que puede ser el auto? —esta vez detengo los pasos primero.
—Quiero verlo.
Su quietud no dura ni el segundo. Volvemos a avanzar, esta vez menos apresurados. Por alguna razón los ecos de nuestros pasos no vuelven.