El olor a sangre golpeó sus fosas nasales antes de que sus ojos encontraran el origen.
Hierro. Pudrición. Algo dulce y enfermo flotando en el aire húmedo del callejón.
Valeria dobló la esquina y se detuvo en seco. Un niño, de tal vez siete años, yacía contra una pared descascarada, la cara rayada de rojo. No era una herida común. La sangre brotaba de los ojos, de la nariz, de los oídos. Una Bestia Estelar de bajo rango se había despertado dentro de él, y su cuerpo simplemente no podía contenerla.
La madre, arrodillada en el polvo con las manos juntas, suplicaba ante las puertas de hierro del Templo Estelar. —Por favor, solo una gota de luz sagrada. Se está quemando por dentro.
La puerta no se abrió.
La voz del sacerdote llegó desde el otro lado, plana como una lápida. —El Templo no desperdicia recursos en fracasos contractuales. Llévatelo a casa. Deja que la Estrella termine su trabajo.
Casa. La palabra supo a ceniza en la boca de Valeria. Sabía lo que "casa" significaba para gente como ellos: piso de tierra, un techo que gotea y un niño muerto antes del amanecer.
Se obligó a seguir caminando. No es tu problema, la voz de su padre resonó en su cráneo. El sufrimiento de las clases bajas es el precio del orden.
Pero los ojos del niño encontraron los suyos por medio segundo antes de cerrarse. Grises. Color de rendición. Valeria miró hacia otro lado primero.
•••
La Cúpula Estelar vibraba de luz.
Miles de velas flotaban en el techo abovedado, cada una un pequeño sol, arrojando sombras cambiantes sobre el mármol. Valeria estaba en el centro del estrado, con las vestiduras ceremoniales pesando sobre sus hombros y el peso de cien miradas presionando su piel.
Dieciséis años. Hoy me convierto en mujer de la casa Solaris. Hoy mi Estrella despierta.
El Gran Examinador alzó su bastón. —Valeria de la Casa Solaris. Presenta tu núcleo.
Extendió la mano derecha, palma arriba. La cicatriz ritual en su muñeca, la que todo niño noble recibe al nacer, comenzó a brillar. Un hilo de plata se elevó de su piel, tejiéndose hacia la antigua Piedra Estelar suspendida sobre el estrado. La piedra mediría el grado de su núcleo estelar: funcional, no funcional o excepcional.
El hilo de plata tocó la piedra.
Nada.
Un murmullo recorrió la multitud. El pulso de Valeria se disparó. Vamos. Vamos, funciona.
La piedra parpadeó una vez y se apagó. El Gran Examinador se quedó inmóvil. Tocó su bastón tres veces. La piedra zumbó de nuevo, y una sola palabra apareció en letras doradas sobre el estrado:
NO FUNCIONAL
No. No, no, no.
—Evaluación del núcleo estelar: No funcional —la voz del Examinador no llevaba emoción—. La candidata Valeria Solaris es incapaz de contener fuerza estelar. Declarada SIN ESTRELLA.
La palabra la atravesó como una hoja entre las costillas. Sin Estrella.
La multitud estalló en susurros como cuchillos rotos. Alguien rió, un sonido corto y feo. La visión de Valeria se redujo a un túnel. Podía ver la cara de su madre en la primera fila, congelada; su padre a su lado, con la mandíbula apretada y los ojos fríos. Como si mirara a una desconocida.
—Una mancha en el linaje —flotó la frase entre los murmullos. Una inversión fallida.
Levántate. Camina. No dejes que te vean.
Pero antes de que pudiera moverse, una figura entró en su campo de visión: Darius. Su prometido. Él estaba frente a ella, hermoso en sus negros de ceremonia, con la cara como una máscara de simpatía ensayada.
—Valeria —su voz era suave, pública y devastadora—. No puedo casarme con una mujer sin Estrella.
Ella abrió la boca, pero no salió nada.
—Lo siento —añadió él. Valeria vio en la relajación de sus hombros el alivio; él había estado buscando una salida y ella se la había entregado en bandeja de plata.
Darius giró y volvió a su asiento. Valeria cerró los puños a sus costados, las uñas mordiendo las palmas hasta doler. Todos miraban, esperando ver si lloraba.
No lloró.
•••
La puerta de su habitación infantil se cerró con un clic que sonó como un disparo. Valeria se quedó en el centro del espacio, rodeada de dieciséis años de vida acumulada.
Empaca.
Agarró una bolsa de viaje y empezó a meter cosas. Ropa. Botas. El cuchillo pequeño que su hermano le había pasado a escondidas. Un golpe en la puerta interrumpió su silencio.
—Adelante —dijo ella con voz plana.
Su madre entró. Seguía siendo hermosa, pero sus ojos se negaban a encontrar los de Valeria. —El Consejo ha decidido —su voz era apenas un susurro—. Serás exiliada a los Territorios Libres. Un transporte te llevará a la frontera al amanecer.
—¿Y padre?
—Él... acepta que es lo mejor.
Claro que sí. Soy una mancha ahora.
—Dile que me despedí —sentenció Valeria sin volverse. Su madre se quedó allí un largo momento, pero luego la puerta se cerró y Valeria volvió a estar sola.
•••
El carro de transporte era poco más que una jaula sobre ruedas. Valeria veía su hogar desaparecer a través de los barrotes de hierro. El guardia a su lado masticaba carne seca en silencio.
Quería gritar. Sin Estrella. Las palabras rebotaban en su cráneo. Había entrenado para este día toda su vida y ahora no era nada. Estaba rota.
El carro pasó por el callejón. El niño había desaparecido; solo quedaba una mancha oscura en las piedras. Valeria sintió náuseas al comprender que el Templo se lo había llevado para extraer el poder restante de su cuerpo muerto. Toman. Consumen. Lo llaman orden.
—No soy mejor que él —susurró contra los barrotes fríos—. Solo una cosa rota que están tirando.
•••
Los Territorios Libres la recibieron con una lluvia fría e implacable. El transporte la había dejado en el cruce fronterizo con una instrucción escueta: "No vuelvas".
Caminó durante horas. El frío se coló por su ropa; sin fuerza estelar, el calor se escapaba como agua entre los dedos. Su pecho se sentía como un agujero vacío.
#4963 en Novela romántica
#1423 en Chick lit
#1233 en Fantasía
#218 en Magia
de enemigos a amantes, venganza y traicion, poder oscuro y demonios
Editado: 01.05.2026