Alma Estelar: El Despertar de la Estrella

Capítulo 2: Sangre en el Camino del Exilio

El amanecer nacía pálido y enfermo sobre la frontera de los Solaris.

Valeria estaba de pie frente al carro de transporte, con la bolsa de viaje colgando floja de su hombro. El frío de la noche anterior todavía se aferraba a sus huesos; un recordatorio constante de que su cuerpo ya no contaba con la protección de un Núcleo Estelar.

El conductor era un hombre flaco con una cicatriz que le cruzaba la mejilla. Masticaba algo —tabaco o corteza— y lo escupía de un color marrón contra el suelo. No la miró; solo señaló con el pulgar el banco de atrás.

—Sube.

No era una invitación.

Valeria subió. El carro, una estructura sin techo con barras de hierro oxidadas a los lados, parecía más una jaula móvil que un transporte. Se sentó en el banco de madera astillada y apretó la bolsa contra el pecho, aferrándose a la tela como si fuera lo único que le quedaba en el mundo.

Porque, de hecho, lo era.

El conductor chasqueó las riendas y el carro avanzó, traqueteando sobre el camino de tierra. Valeria miró hacia atrás por última vez. La propiedad de los Solaris se encogía en la distancia, sus muros blancos absorbiendo la luz mortecina del alba.

Nadie salió a despedirla. Su madre no estaba en la ventana; su padre no apareció en el balcón.

«Bien», pensó ella. Mantuvo la mirada fija hacia adelante y no volvió a mirar atrás.

El sol subió y, con él, el calor. Un bochorno pesado y húmedo, pegajoso como sudor rancio atravesando la ropa. Valeria se quitó la capa.

El conductor hablaba poco. Cuando lo hacía, era para escupir comentarios despectivos sobre el paisaje.

—Territorio de nadie. Sin Estrella por aquí. Son animales —gruñó.

Valeria no respondió. En la banquina se sucedían casas de adobe con techos de paja podrida, niños descalzos hundidos en el polvo y mujeres con los ojos apagados. Gente como el niño del callejón. Gente como ella, ahora.

El carro pasó junto a una anciana sentada contra una pared. Sus ojos se encontraron con los de Valeria. No había odio ni lástima; solo ese reconocimiento vacío de quien sabe lo que es perderlo todo. Valeria desvió la mirada.

—Tu padre me pagó bien para esto, ¿sabes? —La voz del conductor rompió el silencio—. Dijo: «No quiero verla nunca más». —Rió de forma áspera—. No es el único.

Las manos de Valeria se cerraron en puños, las uñas clavándose en sus palmas. «Calla. No le des el gusto», se repitió.

—¿Qué se siente ser la basura que la familia escupió?

Valeria no respondió, pero la sangre caliente le subió a las mejillas.

La primera flecha llegó desde el bosque sin aviso.

Atravesó el cuello del conductor con un sonido húmedo. La sangre salpicó el panel delantero. El hombre abrió la boca, un gargajo rojo borboteando entre sus labios, y se desplomó.

Los caballos relincharon, encabritándose. El carro se detuvo con un crujido violento. De la espesura brotaron hombres como sombras. Una docena de caras sucias, cuchillos en mano y ojos brillando con hambre depredadora.

El guardia del carro bajó de un salto, desenfundando su acero.

—¡Este carro es propiedad de la Casa Solaris!

El jefe de los bandidos soltó una risa honda y podrida.

—¿Solaris? Sí, lo sabemos. Justamente por eso estamos aquí.

Valeria sintió el frío antes de entender las palabras. No fue un asalto al azar; fue calculado. El guardia abatió a dos, pero un tercero le clavó una daga en el costado. Cayó de rodillas y un hacha le partió el cráneo. El cuerpo golpeó el suelo con un golpe sordo.

—No... —La palabra se escapó de los labios de Valeria.

El jefe se acercó al carro, caminando con parsimonia. Era un hombre grande, con una cicatriz en el cuello y dientes amarillos. Apoyó las manos en los barrotes y la miró.

—¿Solaris? —Escupió—. Recibimos un encargo. Alguien quiere asegurarse de que no llegues viva al Territorio Libre.

El mundo se detuvo. Alguien. No hizo falta preguntar quién. El nombre quedó flotando en el aire, demasiado pesado para ser pronunciado: su padre.

—¿Por qué...? —Su voz salió rota.

El jefe se encogió de hombros.

—No pago por preguntas. Pago por resultados.

Hizo una señal. Dos bandidos la agarraron de los brazos y la arrojaron al polvo. Valeria cayó de rodillas, sintiendo el impacto disparándose por sus articulaciones. Escuchó el sonido de la tela desgarrándose; su bolsa se había roto.

Ropa, botas y el cuchillo de su hermano quedaron esparcidos. Y un sobre pequeño, con el sello de los Solaris. La última carta de su hermano desde la Academia.

El bandido lo recogió.

—¿Qué tenemos aquí? —Leyó con burla—. Tu hermano dice que te extraña. Qué tierno.

Y entonces, deliberadamente, rasgó la carta por la mitad. Valeria sintió algo romperse dentro de ella.

—Rómpela toda —ordenó el jefe.

Los fragmentos de papel volaron como ceniza sobre el camino. En ese instante, la mano de Valeria encontró el mango de su cuchillo. Se lanzó hacia adelante con furia ciega.

—¡HIJO DE...!

Su golpe fue desviado con facilidad. Una mano se cerró sobre su muñeca, torciéndola. Un rodillazo en el estómago le vació los pulmones. Cayó de rodillas, tosiendo, sin aire.

Antes de que pudiera reaccionar, una bota impactó contra sus costillas. Escuchó el crac antes de sentir el dolor cegador.

—Registradla —ordenó el jefe—. No queremos perder la paga.

Manos ásperas la voltearon. Ella se retorció, sin fuerzas. Una mano se cerró alrededor de su cuello, apretando.

—Quieta.

La presión le cortó la respiración. Valeria sintió el pánico escalar por su garganta. Nadie vendría. Su padre la había vendido. Su madre la había abandonado. Estaba sola.

Esto era el fin.

Entonces, una risa resonó en un lugar que no era el mundo exterior. Valeria parpadeó. Una voz vibró en sus propios huesos.

«Qué frágil es tu carne».

El bandido apretó más.

—¿Algo que decir antes de morir, principita?




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