Silencio.
No el silencio del mundo, sino el silencio de dentro. Un vacío donde antes había dolor, miedo, el peso de su propio cuerpo contra el polvo. Donde antes estaba ella.
Valeria flotaba.
No sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados. No sabía si tenía cuerpo. Solo existía como un punto de conciencia en medio de una negrura infinita, como una estrella solitaria en un cielo sin estrellas. Un mar de oscuridad sin orillas. Sin arriba, sin abajo. Sin frío ni calor. Sin nada.
¿Dónde estoy?
La pregunta surgió natural, como un latido. Pero no hubo respuesta. Solo el vacío extendiéndose en todas direcciones, un océano de nada. La idea del tiempo también había desaparecido. Quizás había pasado un segundo. Quizás un siglo. Quizás nunca había existido nada más que esto.
Y entonces, lo sintió. Algo en la oscuridad.
No era un movimiento visible; los ojos no servían aquí. Era algo más profundo. Una perturbación en el tejido del vacío, como una piedra cayendo en agua que no existía. Algo enorme. Algo que había estado allí siempre, esperando al fondo de su pecho. Y ahora, finalmente, se giraba hacia ella.
La oscuridad se arremolinó. Se condensó. Tomó forma.
Una silueta alta y delgada, recortada contra una negrura aún más profunda. Sin rasgos definidos, solo contornos. Brazos largos. Hombros anchos. Una cabeza ligeramente inclinada. Y ojos: dos rendijas de luz dorada, fijas en ella.
Valeria quiso retroceder. No tenía pies. Quiso gritar. No tenía boca.
La voz llegó desde todas direcciones, desde ninguna parte, desde dentro de ella misma. Una voz que vibraba en sus huesos como el retumbar de un tambor bajo tierra.
—Así que despiertas.
No era una pregunta. Era una constatación. Valeria trató de hablar. El pensamiento quedó flotando en el vacío, informe. La silueta inclinó la cabeza, como escuchando algo que ella no había dicho.
—Ah —un tono de comprensión—. No entiendes dónde estás. —Pausa—. Estás en mi casa, Valeria Solaris.
Mi casa.
Las palabras resonaron en el vacío, creando ondulaciones en la oscuridad. Y Valeria comprendió, con una claridad que helaba la sangre, que no estaba en un "lugar". Estaba dentro de algo.
—Bonito, ¿verdad? —La silueta extendió un brazo. La oscuridad fluyó a su alrededor, maleable, viva, como una capa de terciopelo negro—. He estado aquí mucho tiempo. Más del que puedas imaginar. Esperando.
¿Esperando qué?
La sonrisa de la silueta se ensanchó, aunque no tenía labios. Pero Valeria sintió la sonrisa. Una sensación de dientes invisibles cerrándose lentamente.
—Esperando a que alguien como tú finalmente me llamara.
Valeria sintió el peso de las palabras. Alguien como tú. La silueta dio un paso hacia ella. La oscuridad se movió con él, como un manto vivo.
—Me llamo Khaos —la voz cambió; se hizo más suave, más íntima—. Y tú, Valeria Solaris, acabas de abrir la puerta.
¿Qué puerta?
—La puerta entre tu mundo y el mío. —La silueta extendió una mano hacia arriba—. La puerta que tu especie selló hace mil años. —La mano se cerró en un puño—. Y yo estoy agradecido.
•••
La conciencia regresó a Valeria en fragmentos.
Primero un olor: sangre seca, tierra mojada y algo más, algo acre, como azufre quemándose. Luego un sonido: gritos. Gritos humanos, pero apagados, ahogados, como si vinieran desde el fondo de un pozo. Luego el tacto: polvo bajo su mejilla, áspero, lleno de piedrecillas. El peso de su propio cuerpo, sólido y real.
Abrió los ojos.
El cielo era gris. El sol estaba alto. Pero la luz no llegaba al suelo; flotaba suspendida en el aire, como si el mundo entero estuviera bajo el agua. Valeria se incorporó. Sus costillas no dolían. Bueno, dolían, pero como un eco de dolor. Un recuerdo. El cuerpo sabía que debía doler, pero algo se lo había impedido.
Los bandidos estaban allí. Pero no estaban.
Siete cuerpos esparcidos en el polvo como hojas secas. Uno arrodillado. Otro boca abajo, babeando tierra. Un tercero colgado de una rama baja, los brazos flácidos, la cabeza colgando. Todos inmóviles. Todos con los ojos abiertos. Respiraban. Todos respiraban. Pero no había nadie dentro.
Y en medio de ellos, el jefe. Estaba de pie, paralizado. Los brazos extendidos hacia ella como si la estuviera viendo, como si el último acto de su conciencia hubiera sido un gesto de protección o de súplica. Su boca estaba abierta en un grito congelado. Sus ojos eran blancos. Sin iris. Sin pupila. Dos esferas de leche.
Valeria lo miró. Khaos no se había ido. Lo sintió ahí, justo debajo de su piel, enrollado alrededor de sus huesos como una serpiente en una rama. Cálido. Satisfecho. Observando el mundo a través de sus ojos.
¿Qué hiciste?
No lo dijo en voz alta. No lo necesitaba. Las preguntas vivían en el espacio entre su mente y la de él. La risa llegó desde dentro, un cosquilleo en la base del cráneo.
—Los silencié.
—No debiste...
—¿No debí? —La voz de Khaos cambió, una nota de acero debajo de la seda—. Voy a detenerte ahí, Valeria. Porque lo que ibas a decir es una estupidez.
Valeria sintió el frío subir por su columna.
—Ellos te iban a violar —la voz de Khaos era plana—. Iban a matarte. Iban a dejar tu cuerpo pudriéndose en una zanja para que los buitres te comieran los ojos. Iban a hacer todo eso. ¿Y tú ibas a decirme que no debí hacer nada?
Valeria abrió la boca y la cerró.
—No los maté —la voz de Khaos se suavizó—. Solo les quité algo. Ellos lo llamarían alma. Yo lo llamo... ruido.
Un alma. El jefe seguía allí, congelado, con los ojos blancos mirando al vacío. Valeria se dio cuenta de que no parpadeaba. Pero no estaban muertos. El pecho del jefe subía y bajaba, lento, mecánico.
—No puedo... —la voz de Valeria tembló—. No puedo tener esto en mi conciencia.
—¿Tu conciencia? —La voz de Khaos se tensó—. Ellos no tenían conciencia cuando te rompieron las costillas. No tenían conciencia cuando rasgaron la carta de tu hermano.
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de enemigos a amantes, venganza y traicion, poder oscuro y demonios
Editado: 03.05.2026