El techo de madera fue lo primero que vio.
Vigas viejas, manchadas de humo, con telarañas colgando en los rincones como cortinas de polvo. Una lámpara de aceite parpadeaba en una mesa cercana, proyectando sombras que se mecían lentamente, como ramas bajo el agua.
Valeria parpadeó. La luz le dolió. Todo le dolía.
Pero era un dolor diferente al del día anterior. No era el dolor agudo de las costillas rotas, ese dolor punzante que la había acompañado durante horas en el carro. Era un dolor sordo, profundo, como si alguien le hubiera vaciado los huesos y los hubiera llenado de plomo derretido.
Intentó moverse. Una mano la detuvo. Caliente. Callosa. Firme pero suave.
—Quieta. Todavía no.
La voz era de un hombre. Grave, tranquila, con un acento que Valeria no reconoció. No era el acento de la capital, ese tono rápido y cortante de los nobles. Era más rudo, más lento, como la gente del campo que había visto desde el carro el día anterior.
Valeria giró la cabeza. El movimiento le costó un esfuerzo que no debería haber costado.
Un hombre estaba sentado a su lado. Mediana edad, pelo canoso, barba descuidada pero limpia. Vestía una túnica simple de lino, manchada de barro y algo que parecía sangre seca en el borde de las mangas. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas, grandes manos de dedos gruesos, y la miraba con una expresión que Valeria no supo descifrar.
—No es fácil despertar de una muerte.
Las palabras colgaron en el aire.
—¿Muerte? —La voz de Valeria sonaba extraña. Rasposa. Como si no hubiera hablado en años.
El hombre asintió.
—Tu corazón se detuvo. Lo reanimé hace unas horas. Pero no fue fácil —hizo una pausa—. Nunca había visto algo así.
Valeria miró alrededor. La cabaña era pequeña pero ordenada. Una cama de madera, una mesa con una jofaina de barro, un hogar apagado con cenizas frías. Esterillas de paja en el suelo. Una cortina de tela gruesa separaba la única habitación en dos. En la bandeja de hojalata sobre la mesa, había herramientas: bisturíes, pinzas, vendas enrolladas, frascos de vidrio con líquidos oscuros.
No recordaba cómo había llegado allí.
—¿Dónde estoy?
—En mi casa —el hombre se levantó, fue hacia el hogar y comenzó a avivar el fuego con un atizador de hierro—. Bueno, no es mi casa. Estoy de paso por el Territorio Libre. Alquilé esta cabaña a un pastor. Soy curandero. Viajo entre los pueblos.
El curandero.
Los recuerdos empezaron a regresar en fragmentos. El carro. La flecha silbando. El conductor cayendo. El jefe. La carta. La oscuridad.
Valeria se incorporó de golpe. Un dolor punzante le atravesó las costillas.
—Los bandidos…
—Están allí —el curandero no se dio la vuelta—. Siete. Los vi. Todos respiran, pero… no están —sopló el fuego y las llamas se alzaron, iluminando su rostro cansado—. Los dejé allí. No había nada que pudiera hacer por ellos.
Valeria sintió un peso en el pecho.
—¿Yo… hice eso?
El curandero se quedó en silencio. Un silencio largo, pesado.
—No —finalmente se dio la vuelta. Sus ojos se encontraron con los de ella—. Algo dentro de ti hizo eso.
El curandero preparó té. Manzanilla silvestre con un toque de miel de abeja. Valeria lo aceptó, aunque las manos le temblaban tanto que casi derrama la taza caliente sobre la manta.
Se sentó al borde de la cama, envuelta en una manta que olía a hierbas secas: lavanda, romero, algo más que no reconoció. El curandero se sentó enfrente, en un taburete de madera baja, sosteniendo su propia taza humeante. Los dos en silencio. El fuego crepitaba.
—Me llamo Elías —dijo el curandero después de un rato—. Pero puedes llamarme curandero. Todos me llaman así.
—Valeria.
—Lo sé —Elías tomó un sorbo de té—. Vi el escudo solar en el carro volcado. Y oí los rumores antes de salir de la ciudad —sus ojos la miraron por encima del borde de la taza—. Una ceremonia de despertar en la Casa Solaris. Una hija sin estrella.
Las palabras escocieron como sal en una herida. Valeria apretó la taza; la cerámica caliente contra las palmas.
—Sin estrella —repitió, y las palabras sabían amargas—. Eso es lo que soy ahora.
Elías la miró fijamente. Largo. Evaluador.
—No —dijo finalmente—. No lo eres.
Valeria frunció el ceño.
—Escuché tu pecho, Valeria. Tu corazón dejó de latir, pero yo lo reanimé. Y cuando puse mis manos sobre ti, sentí algo —Elías depositó la taza en el suelo y se inclinó hacia adelante—. No sé cómo explicarlo. Era como una corriente. Una energía que no había sentido antes en ningún paciente. No era el poder de una Estrella. Era otra cosa.
—Eso no tiene sentido —Valeria negó con la cabeza—. Los sacerdotes del Templo me examinaron. Dijeron que mi núcleo estaba roto. Que no había nada que hacer.
—Los sacerdotes del Templo se equivocan.
Las palabras cayeron como una piedra en agua quieta. Valeria lo miró, sin entender.
—¿Qué?
Elías se inclinó aún más. Sus ojos, cansados pero agudos, se fijaron en los de ella como dos puntas de aguja.
—Tu núcleo no está roto, Valeria. Está sellado.
La palabra flotó en el aire como polvo suspendido en un rayo de luz.
—Sellado —Valeria repitió, probando el sabor de la palabra en la lengua—. ¿Qué significa eso?
Elías se recostó en el taburete. La madera crujió bajo su peso.
—Hay cosas que los sacerdotes del Templo no enseñan —dijo lentamente, como si eligiera cada palabra con cuidado—. Cosas que la Iglesia de la Estrella ha enterrado durante siglos. Pero cuando viajas como yo, cuando ves suficiente, aprendes que el mundo no es tan simple como ellos predican.
Tomó otro sorbo de té.
—Tuve un paciente, hace años. Un niño del desierto, de una aldea al este de las dunas de Kael. Su núcleo tampoco se activaba. Los sacerdotes lo declararon Sin Estrella y lo abandonaron. Pero su madre no creyó. Lo trajo a mí, caminando tres semanas bajo el sol.
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de enemigos a amantes, venganza y traicion, poder oscuro y demonios
Editado: 03.05.2026