MERATH
Desesperación, alegría, melancolía, tristeza, enojo, celos... incluso deseo. Todo se mezclaba en aquel lugar sin paredes, un mar de emociones que no me pertenecían, pero que sentía recorrer mi piel como descargas eléctricas. No era mío, pero lo cargaba.
La multitud invisible me observaba con ojos brillantes y, entre ellos, una figura permanecía inmóvil, como si esperara algo de mí. No podía verle el rostro con claridad, apenas la silueta alta y el contorno de unos ojos que me helaban y encendían al mismo tiempo.
Un asomo de nombre resonó en mi cabeza como un eco:
Lut...
Me desperté de golpe, con la respiración entrecortada y el corazón desbocado, como si hubiera corrido un maratón. Otra vez ese sueño. Otra vez esos ojos.
El amanecer apenas se filtraba entre las cortinas de mi habitación, bañando de oro el desorden de libros, tazas olvidadas y papeles con notas que juraba organizar "algún día". Me estiré y me quedé un momento mirando el techo. Tenía veintiséis años, y todavía despertaba como si tuviera dieciséis: despeinada, con un humor cambiante y cero ganas de levantarme. Pero había trabajo que hacer. Siempre lo había.
La tienda de antigüedades no se atendía sola.
Pasé frente al espejo y me dediqué una mirada rápida. Ojeras decentes, cabello medianamente domesticable y una camiseta que merecía un entierro digno. Perfecto. Una digna representante de los hermanos Mozeg.
Nuestra madre nos dejó la tienda antes de desaparecer, un lugar tan lleno de historia como de polvo. Era lo más cercano a un hogar estable que nos quedaba. Midas, mi mellizo, siempre decía que esas paredes guardaban más secretos de los que podíamos imaginar. Yo le creía, porque a veces lo sentía también.
La sangre mixta, lo llamábamos. Una herencia incómoda que te permitía percibir lo que otros no podían. Una especie de don maldito. Detestable.
Bajé a la cocina, donde ya estaba mi hermano con su café ritual de vida o muerte.
—Buenos días, genios incomprendidos —saludé, restregándome los ojos.
—Buenos días, desastre andante —respondió Midas, sin mirarme. Él y sus madrugones... una anomalía genética, seguro.
El bullicio habitual de mis hermanos siempre me aterrizaba antes de abrir la tienda. Peleas tontas por quién olvidó apagar la luz, comentarios sarcásticos sobre mi habilidad para dejar todo a medias y ese extraño cariño disfrazado de sarcasmo. Era nuestra normalidad, rota únicamente por la ausencia de nuestra madre junto a los silencios incómodos cuando alguien se atrevía a mencionarla.
Después de un desayuno a medias —porque el cereal siempre gana— nos pusimos manos a la obra. La tienda estaba en una esquina del barrio donde el tiempo parecía moverse más lento: Antigüedades Mozeg, un lugar donde las lámparas aún olían a aceite, los relojes sonaban con tozudez y las vitrinas guardaban objetos que parecían susurrar si te quedabas demasiado tiempo mirándolos.
Yo lo amaba, incluso cuando Midas insistía en llamarlo "chatarra cara". La rutina del día avanzaba entre clientes indecisos y el sonido constante de las notificaciones en mi celular. Una de ellas, como siempre, provenía del grupo de WhatsApp llamado Locas pero divertidas: mis amigas de toda la vida, las únicas capaces de sacarme una sonrisa incluso en medio del caos.
—¿Qué plan para hoy?
—Plan: sobrevivir al jefe sin asesinarlo.
—Yo voy saliendo de una reunión eterna, no cuenten conmigo.
—A mí todavía me quedan tres clientes pesadillas, así que paso.
—Y Merath tiene que abrir la tienda, como la adulta responsable que nunca quiso ser.
Rodé los ojos y sonreí. Mis amigas: siempre un salvavidas en medio de la rutina. Sus mensajes me sacaban del letargo, pero la jornada continuaba, y yo tenía que seguir con ella.
La tarde se deslizó entre cajas y polvo hasta que mis dedos tocaron algo distinto. Un objeto escondido en el fondo de una caja que juraba haber vaciado la semana pasada. Era un medallón oscuro, metálico, frío al tacto. No brillaba con la luz común... brillaba por sí mismo, como si respirara.
Me quedé quieta, observando ese fulgor extraño que parecía reaccionar a mi piel. Y entonces, por un instante, lo sentí: esos ojos otra vez. Los mismos del sueño, acechando desde algún lugar que no podía ver, pero que sin duda me estaba mirando.
Soy sangre mixta y nos somos ignorante a eso. ¿Qué significa? Bueno. Mi madre se veía humana pero no era totalmente humana. Era un elfo...sí yo tampoco lo entendía cuando estaba pequeña, pero me acostumbre a esa rareza, ella lo explicó cuando tuvimos "la edad suficiente para entender"; mi padre probablemente humano... no sé quién es... y la verdad no me interesa.
Por eso desde pequeña pude sentir lo que otros no podían: Emociones. Estar en una habitación llena de gente era como sumergirme en un río desbordado de sentimientos. Y si tocaba a alguien, podía distinguir cuál emoción dominaba. Agotador.
Luego desapareció mamá. Tenía veinte años, igual que Midas, y mis hermanas eran apenas adolescentes. El dolor de mis hermanos fue tan intenso ese día que me desmayé y caí en fiebre; tuvieron que mantenerse lejos de mí por días. Desde entonces, cada emoción de ellos era como una ola que casi me arrastraba.
Aun así, aprendimos a sobrevivir: cuatro hermanos contra un mundo que nos ignoraba... y contra otro que nos repudiaba. A veces me pregunto si mamá desapareció por culpa de ese otro mundo. El tintineo de la campanita me arrancó de mis pensamientos. Guardé el medallón en su caja y me incorporé con calma, como si nada dentro de mí acabara de estremecerse.
—Bienvenida a Antigüedades Mozeg, ¿En qué puedo ayudarle?
—¿No es de mala educación darle la espalda a un cliente? —dijo una voz jocosa, provocadora y familiar.
Me giré de inmediato. Y ahí estaba él. El hombre que llevaba años preguntándose dónde me encontraba. Ahora, al fin, tenía su respuesta.