Han pasado dos días desde que Odvier nos reveló parte de nuestro linaje. El tío desaparecido, reaparecido y misteriosamente elegante había soltado más información en una tarde que en años de ausencia. Y aun así... había dejado demasiadas preguntas abiertas.
Sí, confirmó que mamá está viva. Sí, que seguía en contacto con ella... pero que recientemente perdió contacto con ella. Y yo me pregunto: ¿qué clase de acuerdo tiene un hermano con una hermana desaparecida para hablarse en secreto durante seis años sin decirle nada a sus sobrinos? ¿A sus hijos? Si eso no es material para una telenovela, no sé qué lo sea.
Así que ahora somos cinco buscando respuestas. Mamá está viva, pero lejos. Nuestra sangre es élfica, pero también algo más. Y yo... yo me siento atrapada entre el "wow, esto es increíble" y el "me quiero meter bajo la cama y fingir que no existo".
Y mis amigas, las que siempre han estado ahí, no saben nada de lo que soy, a pesar de tantos años de amistad. No puedo contarlo. ¿Cómo les explico que soy una especie de cóctel de razas mágicas, y que vampiros, hombres lobo y hadas son tan reales como los impuestos? No quiero que me miren diferente. No quiero perder lo único "normal" que aún me queda.
Suspiré. Era jueves y ya me sentía agotada. Midas y yo cargábamos con toda la información como si fuera un saco de piedras. Aún no habíamos hablado con Maeve ni con Muna sobre Odvier... pero sabía que hoy, inevitablemente, las cosas iban a cambiar.
Unos pasos apresurados resonaron en la planta superior. Seguro era Muna. Su risa y su energía siempre lograban suavizarme el pecho, aunque últimamente había algo en ella que... me inquietaba. El silbido de la tetera me recordó que había olvidado apagarla, y el pan tostado quemado confirmó, una vez más, que yo era un completo desastre.
—Eso huele horrible —dice Maeve entrando a la cocina, dejándose caer en el taburete como si el mundo le pesara—. ¿Hay cereal?
—¿Vas a vivir a base de cereal? —le lanzo una mirada mientras saco el pan achicharrado de la tostadora—. Tienes pan, huevo, queso... algo con más dignidad. Me preocupas, Maeve. Cada día estás más delgada.
—¿Y qué importa, no sería eso lo ideal para la sociedad? —responde con sarcasmo, clavándome la mirada.
Respiro hondo. Su humor a veces me mata la paciencia. —Cuida cómo me hablas, hermana. Sabes que tengo la mano suelta y sería una lástima que la ortodoncia terminara de adorno en el piso.
Ella baja la mirada, removiéndose en el asiento. — Solo me siento frustrada. Ahora más que antes. Me siento... extraña.
—¿Extraña cómo? ¿Cómo cuando crees que te vas a enfermar? ¿O como cuando quieres tirarte un gas y se queda atorado? —le sonrío.
Ella suspira, y la tensión baja. —Eres una payasa, Merath. ¿Cómo puedes hablar de popó mientras cocinas?
—Lo leí por ahí, estimula los intestinos. El cerebro entiende que necesitas mover algo y... ¡puf! magia natural.
Entra Muna con su uniforme escolar, arrugando la nariz. —¿Por qué siento que hablar de popó durante la comida suena más obsceno de lo que debería? Estoy lista para ser "estimulada por dentro".
—¡Me niego! —interviene Midas, apareciendo en la puerta, divertido—. No permitiré que ninguna de ustedes sea estimulada de ninguna forma.
La risa me explota en el pecho. Maeve se une, Muna sonríe y Midas sacude la cabeza, conteniendo la carcajada.
—¡Ya basta! —digo entre carcajadas—. ¡No más charlas de estimulaciones mierdal!
—¿Mierdal existe? —pregunta Muna.
—Solo en el diccionario de Rathy —responde Maeve con media sonrisa.
Y de repente, por unos segundos, todo parece normal. Una familia disfuncional, pero feliz.
—No lleguen tarde hoy —digo, mientras todos comen—. Vendrá alguien a cenar.
Maeve arquea una ceja. —¿Un novio, hermana? ¿Midas te deja?
—Midas no tiene por qué dejarme nada —respondo seca—Cuando tenga un novio, será porque yo lo decida.
El desayuno termina entre risas, una pequeña pausa antes de la tormenta.
Horas después, el cansancio me vence y decido recostarme en el sillón. Caigo en un sueño extraño: sombras que serpentean, un humo denso que arde en la garganta, un aroma metálico... y una voz grave que me recorre la columna como un escalofrío.
—Merath...
El humo toma forma ante mí, erigiéndose en una figura imponente. Ojos chocolates con destellos dorados y cabello negro cayendo hasta los hombros.
Mi garganta se cierra. —¿Qué quieres de mí?
La figura estalla en una luz dorada, y despierto jadeando en el sillón.
Muna está inclinada sobre mí, observándome con esa calma inquietante que me eriza la piel. Por un instante, no sé si sigo soñando —¿Qué pasa? —pregunto, con un hilo de voz.
Ella parpadea, sonríe apenas, y guarda silencio.
Cuando Midas y Maeve llegan más tarde, la tensión se aligera un poco con sus bromas, como si el aire recuperara algo de su ligereza. Pero, en el fondo, sigo atrapada en la mirada de Muna, incapaz de sacudirme la sensación de que sabe más de lo que dice. Entonces, suena el timbre. Y, como lo temía, aparece Odvier, impecable, clásico, como salido de una revista de los años cuarenta.
Maeve jadea:
—¡Pero qué demonios!
Odvier se inclina con una sonrisa cínica. —Buenas tardes, queridos sobrinos.
—Queridos sobrinos mis narices—bufa Maeve— ¿Qué haces este aquí? —pregunta dirigiendo su mirada molesta a Midas—
—¿Cómo que este? Dios... vuelvo a preguntar ¿Qué pasó con los modales mientras no estaba? —comentó Odvier fijando su mirada al techo mientras alzaba un poco las manos— ¿Que no hay respeto?
Observé como Maeve comenzaba a respirar un poco rápido y sentí el enojo mezclado con el dolor emanando de ella, miré a Midas moviéndose ligeramente más cerca de ella como si no quisiera que ella lo notara mientras miraba a Odvier con indignación.
—¿Respeto? Desapareces por más de seis años y vienes un día como si nada a exigir respeto. ¿Dónde estabas tú cuando mamá se fue? ¿Dónde estabas tu cuando Midas y Merath tuvieron que dejar de estudiar para cuidarnos a nosotras? ¿Dónde estabas tú?