MERATH
Una semana había transcurrido desde aquel episodio con mi tío. Una semana de silencios incómodos por parte de Maeve; se había vuelto algo callada para su personalidad. En cambio, pase a sentir mi propia sangre latir con una intensidad diferente. Midas se encerraba en su mal humor, y Muna parecía observarnos a todos como si esperara algún momento adecuado para revelarnos algún secreto. Todo se sentía distinto a pesar de la cotidianidad, una normalidad disfrazada.
Esa noche, mientras cerraba la tienda, una presencia sentí cerca. Una presión en el aire, como un roce invisible contra mi piel. No era el típico cosquilleo de emociones ajenas: esto era otra cosa.
Me giré de golpe con el corazón latiendo con fuerza y ahí estaba. Un hombre alto, imponente, de ojos oscuros con destellos dorados que brillaban aun en la escasa iluminación. Era el mismo del sueño y sentí el estómago revolverse, me quedé helada. —¿Tú...?
Él también parecía sorprendido dando un paso hacia adelante, con movimientos medidos, depredadores.
—No puede ser... —murmuró, casi para sí mismo—. Te vi en un sueño.
Tragué saliva. —Yo también soñé contigo.
Sus ojos se entrecerraron. —Eso no debería ser posible.
Genial...
—Pues... ¡sorpresa! —moví mis manos a mi lado con una fingida sonrisa para luego cruzarlos y alzar una ceja —. Aquí estamos, dos desconocidos con sueños compartidos. Qué romántico.
Su expresión se endureció. —Esto no es un juego.
—No, claro que no —le devolví la mirada con firmeza—. Tú apareces de la nada, dices que soñaste conmigo y pretendes que no me ponga a la defensiva. Perdona si no te aplaudo la entrada dramática.
El silencio entre nosotros se volvió espeso. Una corriente invisible vibraba en el aire dentro de mi sentía la sensación de una cuerda en tensión cuando es jalada y por la forma en que me miraba, él también lo percibía.
—¿Quién eres y qué eres? —no pude evitar preguntar, las palpitaciones no se habían calmado del todo—
Él se inclinó apenas, su voz sonó grave y firme. —Soy Lutgard Vasile. Soy lo que se conoce hoy en día como vampiro. Y llevas algo en tus venas que está ligado a mí.
Un escalofrío me recorrió. Mi primer impulso fue reír, el segundo, golpearlo. Terminé haciendo lo primero.
—¿Algo en mis venas? —me señale y luego a él mientras decía— ¿Yo ligada a ti? —Negué incrédula— Estas loco.
Él alzo ambas cejas sorprendido por lo dicho, aunque sus ojos seguían serios. —Veo que no te sorprendes por lo que soy, sin embargo; la realidad es que tu y yo estamos conectados de alguna manera.
Mi respiración se entrecortó. Claro que lo sentía: esa electricidad, esa tranquilidad peligrosa frente a un desconocido, a pesar que mi lado racional dice que huya.
—Mira chico vampiro—dije con sarcasmo, intentando recuperar control, el alzo una ceja—, no sé de qué demonios hablas, pero yo no siento ninguna conexión; debes estar equivocado.
Él se acercó, la distancia entre nosotros se redujo, y con ella mi "valentía". Su mirada penetrante me distraía.
—Al parecer no quieres reconocerlo—habló—. Nunca soñé con nadie y jamás imaginé estar unido a un... —sus fosas nasales se ensancharon al respirar y sus ojos brillaron rojos por un instante— ¿elfo? ¿humano? ¿Eres... un híbrido? —terminó de decir con un tono casi despreciativo.
"Lo que me faltaba: encima de todo, un racista de especies. Qué suerte la mía." Algo burbujeó en mi interior, y no era precisamente ternura. Era enojo. Y como la boca floja que soy, no me quedé callada. Inhalé hondo, imitando su dramatismo, y solté:
—Vaya, vaya... aquí tenemos al hijo perdido de Drácula; mitad idiota y mitad imbécil.
El ambiente se puso tenso. ¿me arrepiento? Para nada. Aunque la forma en que sus cejas se fruncieron, sus ojos comenzaron a teñirse de un rojo tenue y su mandíbula se tensaba, me hizo replantearlo por medio segundo. "Quizá esas clases de "cómo comportarse como una señorita" que Odvier quería que tomara a temprana edad no hubieran sido tan inútiles. Podría insultarlo de una manera más elocuente en vez de decirle idiota a un vampiro." Porque sí, él era un vampiro. ¡Mierda un vampiro! No el vecino idiota que grita cuando pierde al PlayStation, sino una criatura que podía arrancarme la garganta si se lo proponía.
—A ver, calmémonos —dije alzando las manos, notando el aire cambiaba—Tú me insultaste y yo te insulté... estamos a mano, ¿no?
Él solo se dedicó a observarme y la sensación en mi estómago apretaba con cada segundo.
—¿Eso fue una disculpa? —preguntó al fin.
—No, fue una tregua verbal —repuse, cambiando el peso de mi cuerpo de una pierna a otra. Bajé la voz, casi murmurando—. No me gusta esta situación.
—Estamos de acuerdo —respondió con los ojos todavía clavados en mí—. No me gusta no tener el control.
—Entonces somos dos —dije, tragando saliva.
Él inclinó la cabeza, estudiándome como si fuera una rata —Debes aprender a controlar lo que llevas dentro y por desgracia debo guiarte.
Solté una carcajada nerviosa. —¿Guiarme? No, gracias.
Él no sonrió. —Esto no es una elección, además cálmate; el sonido de tu corazón es demasiado fuerte.
Me quedé quieta y por primera vez en mucho tiempo, me sentí fuera de mí. Sin decir ninguna palabra termine de cerrar y camina por la calle; si lo ignoro a lo mejor se va.