La casa estaba en silencio cuando llegué. La cena aún humeaba en la mesa, pero no tenía apetito. El olor de la comida me revolvió el estómago, me acerqué; lo agarré y lo metí en la nevera, otro podrá degustar sus deliciosos sabores, pero yo hoy no; subí las escaleras con pasos pesados.
En mi cuarto, me dejé caer de espalda en la cama. El techo parecía moverse sobre mí, como si me presionara con todas las preguntas que venía acumulando desde que Odvier apareció nuevamente en nuestra vida se había convertido en un torbellino.
¿Cómo se supone que una persona normal lidia con todo esto? Oh, claro... yo no soy normal.
Fue entonces cuando tuve la idea.
Me incorporé de golpe y agarré el teléfono. Si alguien tenía más respuestas, aunque fueran a medias, era Odvier.
—Sobrina favorita llamando a tío favorito —dije apenas escuché su voz al otro lado.
—Merath... —respondió él con tono cansado, aunque no perdió la elegancia habitual—. Supongo que no llamas para charlar de recetas familiares.
—No exactamente —tragué saliva—. Estoy unida a un vampiro.
Hubo un silencio tan largo que pensé que se había cortado la llamada. Luego, escuché un sonido breve, casi un bufido de asco.
Rodé los ojos. —Exacto. Eso mismo hizo él cuando supo que yo era mitad esto, mitad lo otro. Felicidades, tío, tienen la misma expresión de "qué asco con esta mezcla".
Del otro lado hubo un silencio cargado, más grave.
—¿Cómo dijiste que se llamaba? —preguntó finalmente, con una calma demasiado medida.
—No lo dije, pero es Lutgard. Lutgard Vasile.
Otra pausa. Esta vez no escuché ni un respiro.
—¿Qué piensas hacer, Merath? —preguntó de pronto, su voz baja y seria.
Apreté el teléfono con fuerza. —No lo sé. Me pidió que me fuera con él. Que lo siguiera para aprender a controlar lo que llevo dentro. Pero... no pienso hacerlo. No puedo dejar a mis hermanos así nada más.
—¿Y por qué crees que debes elegir? —insistió él.
Cerré los ojos, el recuerdo aún fresco. —Porque no se trata solo de él. Esta noche me atacó una sombra... como humo vivo, con garras. Quiso absorberme. Y justo cuando iba a alcanzarme, él apareció.
Odvier guardó silencio.
—No lo invento —continué, con voz temblorosa—. Fue real. La sombra retrocedió solo con verlo.
—Entonces ya estás dentro del juego —murmuró finalmente, más para sí que para mí—. Lo que sea que te rodea, ya te ha marcado.
Me quedé en silencio.
—Cuenta conmigo —dijo, ahora más firme—. Hablaré contigo en persona. Hay cosas que no deben decirse por teléfono. Y si ese vampiro realmente está ligado a ti, quiero saber hasta qué punto.
Mi estómago se contrajo. Genial, otra dosis de misterio gratis. ¿Qué ocultas, tío?
—Está bien —murmuré, y antes de que pudiera preguntar más, colgó.
Me dejé caer de nuevo en la cama. El sueño me arrastró rápido, aunque mi mente seguía dando vueltas.
A la mañana siguiente, Odvier apareció como si nunca hubiese dejado de vivir con nosotros. Con su ropa impecable, su aire altivo y ese sarcasmo ligero que lo volvía insoportable y fascinante al mismo tiempo.
—Querida familia —dijo con un gesto teatral—. Tenemos un asunto urgente que tratar.
Los tres lo miran con caras diferentes: Midas con el ceño fruncido y los brazos cruzados, Maeve girando los ojos con fastidio, y Muna... Muna parecía expectante, más dulce, más "humana" de lo habitual.
—Merath debe irse —dijo Odvier sin rodeos—. Tengo un amigo que puede ayudarla a descubrir lo que se esconde en su sangre.
El golpe de la frase retumbó en la sala.
—Ni hablar —saltó Midas, golpeando la mesa—. ¡No va a irse con nadie!
—Midas... —intenté hablar, pero él ya estaba en llamas.
—No pienso dejarla. No después de todo lo que ha pasado. No voy a perderla también —rugió, con la voz quebrada por la rabia.
Maeve se cruzó de brazos, con ese tono ácido que usaba para ocultar la preocupación. —Claro, porque siempre es buena idea mandar a la hermana en un tour guiado de sangre y secretos.
Muna, en cambio, se acercó y me tomó la mano con delicadeza. Su voz fue suave, casi alegre. —Si eso te ayuda a entender lo que eres... deberías hacerlo.
La miré, sorprendida por esa faceta tan cálida en ella.
Odvier entonces se adelantó un paso. Su voz cambió, modulada, aterciopelada, casi hipnótica.
—Midas, muchacho... —dijo con un tono agradable, casi paternal—. Tú sabes que no puedes protegerla de todo. Ella necesita esto, y tú lo sabes. Confía en mí.
Vi cómo los hombros de Midas se relajaron lentamente, contra su voluntad. Sus ojos perdieron parte de la furia y su mandíbula ya no estaba tan apretada.
Genial, Resulta que en mi familia tenemos a un Jedi con complejo de tío elegante.
—Está bien... —dijo Midas finalmente, aunque sus ojos seguían clavados en mí—. Pero más te vale volver, Merath.
Respiré hondo y enfrenté su mirada. —Volveré. Y si no lo hago, Odvier sabrá dónde buscarme.
El tío asintió, complacido. —Ella regresará pronto. Y yo estaré en contacto constante.
—No estoy segura de poder comunicarme seguido —confesé, mirando a todos—, pero lo intentaré.
El silencio pesó entre nosotros. No era una despedida, pero lo parecía. Y yo no tenía opción.
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