Almas de Media Noche

Capítulo 10

Nadie te prepara para sentir cómo tu estómago decide convertirse en malabarista olímpico y tus entrañas intentan escapar por la boca, es lo que estaba sintiendo en este momento. Al principio fue como caer en un abismo sin fondo, el aire se comprimió en mis pulmones; mi piel se tensó como si quisiera despegarse de mis huesos y la presión me taladró los oídos. Todo era oscuridad y velocidad, era como si la noche misma se abriera en mil bocas y todas me tragaran al mismo tiempo.

Intenté gritar, pero la voz se me quedó atrapada en la garganta y luego una sensación extraña me invadió, frío y calores mezclados, como hundirme en agua helada mientras alguien encendía fuego debajo de mis pies. De pronto, el vértigo cesó; caí de rodillas en suelo firme, jadeando como si hubiera corrido una maratón.

—¿Estás bien? —su voz sonó demasiado calmada, como si hacer eso fuera tan normal como tomar café.

—Claro, perfecta —dije, levantando la mano enseñándole el dedo pulgar mientras trataba de recuperar el equilibrio—. Solo siento que mi cuerpo fue exprimido por una licuadora industrial, pero todo bien.

Su cara estaba seria, pero sus ojos se achicaron en las esquinas "¿eh?" me tomé un minuto para respirar y cuando levanté la vista lo vi. La residencia se alzaba en medio del bosque como recuerdo de otra época, grande con muros de piedra oscura cubiertos de hiedra y ventanales estrechos que daban la sensación de que alguien —o algo— te estaba observando desde dentro.

—Oh, fantástico —murmuré—. Drácula en persona estaría celoso.

El camino hacia la entrada estaba enmarcado por árboles extrañamente bien cuidado, en realidad todo parecía bien cuidado. El viento silbaba entre las ramas, y juraría que un par de cuervos me miraban como jurado silencioso.

—Bienvenida a mi hogar.

—¿Tu hogar? —resoplé con las manos en las caderas—. Esto no es un hogar, es un set de La Novia de Frankenstein.

Lo miré de reojo esperando un gesto de molestia, pero en su rostro solo brillaba la comisura de su labio levemente alzada. El portón principal de hierro forjado, se abrió con un chirrido que me puso la piel de gallina. El eco resonó en el bosque como si todo alrededor estuviera pendiente de nuestra entrada. "¿Qué estoy haciendo?" era mi pensamiento mientras avanzaba,

Al atravesar el umbral, me encontré con un vestíbulo inmenso iluminado por candelabros de cristal con diseño actualizado. Alfombras rojas extendían su camino como lenguas carmesíes y los retratos en las paredes parecían seguirme con la mirada.

—Genial... siempre quise ser juzgada por ancestros muertos de alguien más.

—No todos están muertos —corrigió sin inmutarse—. La mayoría siguen vivos.

Me detuve en seco y lo miré —¿Qué?

Él no respondió; simplemente avanzó con calma, obligándome a tragar saliva y apretar los dientes; el aire olía a madera antigua, cera y un toque metálico que preferí no identificar. El techo se alzaba tan alto que daba vértigo mirarlo, y cada rincón parecía ocultar cosas. Y aquí estaba yo acompañada por un vampiro que podría describirse a sí mismo como personaje de novela gótica. Sin embargo, entre la intimidación y el dramatismo, había algo más, una calidez extraña en el ambiente. No acogedora como un "hogar feliz", pero sí un espacio que parecía vivo. Una parte de mí sintió un cosquilleo en el pecho.

—Bien —dije al fin, cruzando los brazos— no es tan malo como pensé. Solo falta un par de murciélagos para el cuadro completo de lo cliché.

Un aleteo resonó sobre mi cabeza. Miré hacia arriba. Murciélagos. Docenas.

—Perfecto —mascullé—. La decoración se explica sola.

Reprimió una risa, y supe, con una certeza incómoda, que esa casa sería tan peligrosa como él. El eco de mis pasos se perdía en los pasillos interminables; cada puerta resultaba más imponente que la anterior, y cada sala guardaba un fragmento del enigma que era todo. La primera estancia era un salón con ventanales gigantescos y cortinas pesadas de terciopelo color verde oscuro, una enorme chimenea apagada, estoy segura que quepo completamente en ella.

—¿Recibes muchas visitas? —pregunté, observando los muebles perfectamente alineados, cubiertos de polvo apenas perceptible.

—No. —Su respuesta fue simple, cortante.

—Ah, claro.

Seguimos avanzando hasta que me detuve frente a una galería repleta de cuadros, retratos de hombres y mujeres de mirada penetrante, vestidos con ropajes de distintas épocas.

—¿Familia? —pregunté.

—Algunos. Otros... conocidos.

No pude evitar soltar una risa nerviosa. —Perfecto. Estoy en la casa museo de un vampiro con problemas de acumulación de ancestros.

Él no contestó pero un destello de diversión cruzó sus ojos. El siguiente pasillo nos condujo a una biblioteca inmensa: estantes altísimos, escaleras corredizas y ese inconfundible olor a papel antiguo. Me quedé quieta unos segundos, impresionada.

—Wow... esto sí que no me lo esperaba.

—¿Por qué? —preguntó, cruzándose de brazos.

—Porque te hacía más del tipo... —intenté explicar, pero nada salía— no importa, no te hacia exactamente un ratón de biblioteca.

Él inclinó la cabeza. —El conocimiento es poder y yo acumulo ambos.

—Ya veo que la modestia no entra en tu diccionario.

Caminé entre los estantes, pasando los dedos sobre los lomos de los libros. Si algún día me pierdo aquí, al menos moriré aburrida pero culta. Finalmente, tras más pasillos oscuros, llegamos a la cocina. Una sala amplia, de piedra clara, con un par de estantes y una estufa moderna, realmente todo era moderno sin dejar ese toque antiguo. El contraste con el resto de la mansión era brutal no había olor a pan, ni frutas frescas, ni nada que gritara "aquí vive alguien". Abrí un par de armarios todos estaban más vacíos que la billetera de un estudiante universitario.

—... ¿Me estás tomando el pelo? —me gire hacia él—. Tienes una casa al estilo de un castillo y la cocina parece la despensa de un monje en huelga.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.