Almas de Media Noche

Capítulo 11

MERATH

La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera detenerla. En cuanto la dije, me sentí idiota. Él no respondió de inmediato; simplemente me observó con esos ojos oscuros que parecían leer hasta mis pensamientos más ridículos. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro, peligrosa, afilada.

—¿Quieres que lo diga en voz alta?

Me mordí el labio. —Olvídalo. Fue una pregunta estúpida.

—No fue estúpida., fue curiosa y la curiosidad... suele costar caro.

Rodé los ojos. —Siempre con el tono dramático. ¿Sabes? No todo tiene que sonar como amenaza.

—No es amenaza —dijo, inclinándose apenas hacia mí—. Es una advertencia.

El silencio cayó sobre nosotros como si ambos supiéramos que había demasiado que no estábamos diciendo, pero ninguno se atrevía a romperlo. Al final, fui yo la que habló, porque mi estómago gruñó antes que mi boca.

—Tengo hambre —admití, cruzándome de brazos como si confesara un crimen.

—¿Y esperas que mi cocina vacía obre un milagro?

—No, pero esperaba al menos encontrar una galleta olvidada en algún estante. Algo que no fuera... té.

Él soltó una risa baja, grave. —Tendré que remediar eso.

Me guió por las escaleras hasta el segundo piso, abrió la tercera puerta una puerta y me dejó ver lo que parecía ser mi habitación, me detuve en el umbral, sorprendida.

Era amplia, con una cama enorme cubierta por un dosel oscuro, sábanas impecables, un ventanal con vista al bosque. La decoración seguía la línea gótica de toda la mansión, pero había un detalle distinto, velas encendidas que suavizaban la penumbra a pesar de la iluminación del techo, un escritorio pulcro y hasta un sillón mullido en la esquina.

Casi parecía acogedora.

—Aquí dormirás.

—¿Siempre preparas habitaciones para extraños o soy una excepción? —pregunté, arqueando una ceja.

—Eres la excepción.

No sé por qué, pero esa respuesta me revolvió algo en el pecho.

—Bien, me siento halagada —murmuré, intentando sonar sarcástica, aunque mi voz salió más suave de lo que quería.

Él me sostuvo la mirada unos segundos más de lo necesario añadiendo:

—Buscaré algo para que comas, es temprano todavía.

Asentí, tragando saliva, sin saber qué decir. Se giró hacia la puerta saliendo por ella y por primera vez en mucho tiempo, me descubrí sola en un lugar extraño sintiendo que la soledad no era lo que más me preocupaba.

Me dejé caer en la cama. El colchón era firme pero sorprendentemente cómodo, y las sábanas olían a limpio con un ligero aroma a madera. Suspiré dejando que el silencio del cuarto me envolviera.

Estaba en la casa de un extraño. Un vampiro extraño. Y aunque había decidido ser valiente, no podía evitar que mi mente corriera en círculos. ¿Qué demonios hacía aquí? ¿Qué se suponía que tenía que aprender de alguien que parecía disfrutar del ser humano como si fuera las fiestas de navidad, específicamente la parte de la cena?

Un vistazo rápido alrededor me dio un pequeño sobresalto. Mi equipaje estaba allí, prolijamente apoyado en una esquina, fruncí el ceño. Lo había dejado olvidado en mi cuarto... claro habilidades vampíricas.

Sacudí la cabeza intentando no darle más vueltas, había demasiado por procesar y todo se mezclaba en una maraña que no tenía sentido. Me forcé a respirar hondo.

Solo un paso a la vez.

Me siento nerviosa porque sé que una conversación se va a dar. Pasé media hora dándole vueltas a las mismas preguntas hasta que un golpe suave en la puerta me sacó de mis pensamientos.

—La comida está lista —avisó.

El ánimo regreso a mi sistema al saber que estaría saciada en unos minutos, mi estomago gruño en el momento exacto como si estuviera confirmando nuestra alegría. La cocina no parecía la misma que antes. La mesa estaba servida y, para mi sorpresa, cubierta con comida rápida. Pizza, hamburguesa, pollo frito y a un costado, varias bolsas de supermercado con provisiones variadas: pastas, arroz, cereales, enlatados.

Me detuve en seco, parpadeando.

—¿Esto lo trajiste tú?

—No sabía qué comías —respondió con calma, como si fuera lo más lógico—. Así que traje de todo un poco.

No pude evitar que una carcajada escapara de mis labios. —Increíble. Un vampiro comprando pollo frito y cereales.

Él me sostuvo la mirada, impasible. —No lo repitas.

—Oh, claro, tu reputación peligra si la gente descubre que sabes pedir pizza. —Me senté frente a la mesa, tomando una porción con avidez—. Tranquilo, tu secreto está a salvo conmigo.

—Más te vale.

Su tono era serio, pero juraría que vi un destello en sus ojos, algo parecido al humor. Comí casi en silencio al principio, demasiado hambrienta para pensar en otra cosa. Luego empecé a hablar como siempre, tratando de llenar el vacío comenté sobre el viaje, sobre cómo lo odié y sobre lo ridícula que era la decoración gótica.

Él solo escuchaba, interviniendo con respuestas cortas, concisas.

Ajá.

Tal vez.

No.

—¿De verdad hablas así de poco? —pregunté al final, con la boca llena de pizza.

—Depende de la compañía.

Me atraganté un poco y lo miré con incredulidad. —¿Eso fue un cumplido?

—No lo malinterpretes.

—Ajá, claro. —Rodé los ojos y seguí comiendo. Cuando terminé, apoyé los codos en la mesa y lo miré directamente. —Tenemos que hablar.

—Claramente —respondió él con esa calma que me irritaba.

—Perfecto, pero antes me voy a duchar y a poner cómoda. —Me levanté, estirándome como si acabara de ganar una batalla.

:)




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