Almas de Media Noche

Capítulo 13

LUTGARD

El silencio volvió a reinar en la biblioteca después de que ella regresara a su habitación terminada la conversación, dejando tras de sí el leve aroma del té mezclado con su esencia. Me quedé quieto, observando el espacio vacío donde había estado con su insolencia descarada y esa facilidad irritante para hacerme olvidar que debería estar al mando de todo esto.

Todavía la conversación se mantenía fresca en mi memoria, cada acción, cada gesto de sus manos, cada mueca y lo acelerado que su corazón estaba en mi presencia, escuchándolo como un tambor marcando el ritmo de una tentación prohibida.

Mis colmillos dolían, mi pecho ardía y mi propio cuerpo me traicionaba reaccionando a su olor, a su tono, a su mirada. Quise convencerme de que era el vínculo, uno que no debía estar formado.

Me irritaba la idea de que mi voluntad pudiera estar siendo torcida por una fuerza ajena. Era inaceptable. Y, sin embargo, me encuentro disfrutando su presencia, es absurdo pensarlo, pero llena este lugar de una manera distinta. Los muros parecen menos pesados, el silencio menos sofocante; hasta la penumbra se siente distinta cuando ella camina entre ellas, su risa insolente rompe la monotonía y su energía desordena mi calma.

La necesidad de protegerla era absurda, pero al recordar las sombras que la habían rondado, la idea de perderla me encendió una furia salvaje que apenas pude contener y la verdad era más simple, más primitiva; estaba hambriento; quería sangre, necesitaba sangre, pero no cualquier sangre, quería la suya.

¡No!

No podía permitirme precipitarme, quizás probar con otra sangre, buscar en las calles humanos dispuestos o humanos inconscientes daba igual, solo quería calmar esta hambre voraz que estaba surgiendo de mí. A pesar de ello, supe que otra sangre no me saciaría.

Me quedé quieto sentado en medio de la biblioteca ahora oscura, con el eco de su risa aún resonando en mi mente. Aunque yo mismo lo negara sabía que algo se había transformado y que tarde o temprano, bebería de ella.

Llegada la media noche el hambre era un peso insoportable, una pulsación constante en mis venas, podía resistir, claro, siempre había resistido pero esta vez no era lo mismo.

Me teletransporté a un callejón cercano a un bar costoso en Kensington High Street. El aire estaba impregnado de humo de cigarro y perfume caro. Risas y música llegaban desde adentro, un bullicio que me resultaba trivial.

Lo único que buscaba era el latido adecuado, el sabor correcto porque la sangre nunca es igual. Las hay desde la insípida amaga hasta la más dulce y salada según el estilo de vida que lleve el humano.

Un ligero ajuste en mi voluntad, un empuje sutil y una habilidad primitiva era lo que se necesitaba para alimentarse, bastaba con fijar mi atención en alguien y, si su mente era débil, la obediencia se volvía inevitable.

Mis ojos se posaron en ella, una mujer joven, elegante, con un vestido corto y tacones, saliendo del bar con las mejillas enrojecidas por el alcohol y la risa fácil. Su pulso vibraba como una melodía sencilla y accesible.

Perfecto.

La seguí a distancia hasta su destino a unas calles del bar. El lujoso complejo de apartamentos del edifico me resultó indiferente, lo único que me interesaba era el ritmo bajo su piel.

Toqué la puerta de donde provenía su olor, al abrirse la puerta la confusión marco sus facciones, pero no tuvo tiempo de cuestionar nada, mi mirada estaba en la suya y mi voluntad se deslizó en ella como un anzuelo en agua calmada.

Déjame entrar —susurré.

Ella asintió casi sin conciencia de lo que hacía. El proceso fue rápido, limpio. Un roce de mis labios contra su cuello, el calor de la piel abriéndose paso bajo mis colmillos, el flujo cálido llenándome y llevándome a la saciedad que esperaba.

En cambio, algo no estaba bien. El sabor era hueco, agrio, incluso enfermizo, no importaba cuánto bebiera, no importaba cuán profundo llegara la insatisfacción permanecía. Era como tragar humo, como beber veneno.

La aparté con brusquedad escuchado el suave gemido que emitió perdida en la bruma de mi influencia, con un gesto la dejé inconsciente en el sofá y desaparecí de su hogar, llevándome conmigo un malestar que me ardía en las entrañas.

De vuelta en mi habitación, cerca de las cuatro de la madrugada, el dolor se volvió insoportable; la necesidad de vomitar me arrastró hasta el baño. El sabor metálico, podrido subió por mi garganta hasta expulsarlo todo. Jamás me había ocurrido algo así, mi reflejo en el espejo me devolvió una mirada sombría con ojos encendidos por una rabia que no recordaba haber sentido en años, el hambre no se había ido; sino que se había intensificado. Cerré los ojos con furia y golpeé el espejo con el puño rompiéndolo, la seña era clara, ya no podría alimentarme de otra humano.

Maldición.

:)




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