MERATH
El sonido del timbre retumbó en toda la mansión. Un nudo se me formó en el estómago. Había pasado la mañana entre rutinas para distraerme, pero en cuanto Odvier anunció su llegada, la inquietud me devoró de golpe.
Lo recibí en el vestíbulo. Como siempre, impecable: su porte elegante, su sonrisa apenas irónica y el brillo afilado de sus ojos élficos pero esta vez, su mirada me recorrió de arriba abajo con un matiz distinto: serio, evaluador.
—Sobrina —me saludó con un leve asentimiento—. Aquí estoy.
Lo conduje a uno de los salones menos tétricos de la casa. Una chimenea apagada, cortinas pesadas y dos sillones amplios. El contraste entre él y la mansión era casi cómico: Odvier irradiaba un refinamiento natural, mientras el lugar parecía diseñado para intimidar.
Nos sentamos frente a frente. Crucé las piernas y lo observé en silencio, esperando, mientras él recorría la habitación con la mirada, una leve mueca tensándole el rostro. Yo lo miraba entre intrigada y ansiosa, hasta que finalmente dijo:
—Merath —comenzó él, sin rodeos— ¿estas bien?
—Sí, todo bien por ahora —respondí riendo mientras lo observaba y en broma expuse— ay que lindo, viniste hasta aquí porque estabas preocupado.
—Sí, pero hay algo más que me preocupa —miraba hacia todos lados discretamente— ¿Dónde esta él?
—La ultima vez estaba en la biblioteca, ¿Por qué? —me puse en guardia, la preocupación se sintió en el aire, y comencé a sentirme preocupada— que pasa, tío.
—Lo que estás viviendo no es un simple capricho de destino. Si el vínculo que te une a Lutgard está alterando su estado... —sus facciones se endurecieron— entonces no estamos ante una unión de maestro y aprendiz.
Lo miré con el ceño fruncido.
—¿Qué significa eso exactamente? ¿alterando su estado? Ayer estaba bien.
—¿Segura? —me devolvió la mirada con un gesto intranquilo— No lo conozco en persona, pero sé quién es. ¿No ha habido algo diferente desde que lo conociste?
—Bueno... hace unas horas lo vi algo extraño —comenté mientras recordaba ese momento— ¿Qué tratas de decir?
—Significa que su sangre, la de él, no debería haberse enlazado con la tuya. No existe registro de que la línea real vampírica pueda unirse a otra raza. Es antinatural, un detonante. —Su voz sonó grave, con un dejo de alarma que rara vez le escuchaba—. Y si está ocurriendo, debes estar preparada.
Mi mente trabajó a toda velocidad.
¿Realeza vampírica?
¿Compañeros? ¿no es solo una relación maestro-alumno?
Las palabras rebotaban en mi cabeza como piedras lanzadas con furia. Abrí la boca para responder, pero no alcancé a hacerlo. El aire cambió de golpe, cargado de emociones tan intensas que resultaban abrumadoras.
El cuerpo de Odvier se tensó, como si algo invisible lo hubiese empujado. Sus ojos se afilaron y sus facciones perfectas se transformaron; mandíbula más dura, cejas descendidas y un brillo salvaje en su mirada. Como si la elegancia se desmoronara para dar paso al guerrero ancestral que llevaba dentro.
Me puse en pie con el corazón acelerado justo cuando una sombra oscura se deslizó hacia la sala. Lutgard. Pero no era el de siempre —cínico, arrogante, dueño de cada palabra—, sino un espectro de furia contenida. Sus ojos rojos ardían como brasas, sus pasos eran felinos y el aire alrededor de él parecía vibrar de tensión. Se detuvo en el umbral, y su voz salió grave, casi un gruñido:
—Elfo.
La forma en que lo dijo fue puro veneno, un desprecio tan evidente que heló el aire. Odvier se puso de pie de inmediato, con la misma hostilidad ardiendo en la mirada, como si cada músculo de su cuerpo respondiera al desafío sin necesidad de palabras.
—Vampiro —escupió las palabras como si fueran un insulto—.
Y entonces cargaron. El movimiento fue tan rápido que apenas lo procesé: Lutgard atravesó la sala como una sombra viviente, mientras Odvier respondió con una fluidez imposible, bloqueando y esquivando con una gracia letal. El choque de energías estalló entre ellos como un impacto invisible que casi me derribó.
—¡Basta! —grité, corriendo hacia ellos.
Quise ponerme al lado de mi tío, pero Lutgard interceptó mi paso con un gruñido salvaje, mostrando los colmillos; sus ojos me atravesaron con un brillo posesivo que me heló y encendió al mismo tiempo. Por un instante lo vi tal cual era: un depredador en guerra consigo mismo. Y, contra toda lógica, no sentí miedo. Me acerqué más; su cuerpo tenso bloqueaba el mío y, sin pensar demasiado, apoyé la mano en la parte baja de su espalda porque sentía que tenía que hacerlo. El efecto fue inmediato: sus músculos se endurecieron aún más, como si mi toque hubiese encendido un fuego dentro de él.
Bien, Merath. Excelente idea. Tocar al vampiro descontrolado. ¿Qué podría salir mal?
Pero no me detuve. Me moví con un gesto casi cómico, pasando por debajo de su brazo como si esquivara a un portero de discoteca, y lo abracé de lado. Mi mirada se cruzó entonces con la de Odvier, que había quedado congelado en un gesto de sorpresa; sus ojos brillaban en una verde caña intenso.
—Está enlazado —susurró, como si acabara de descifrar un enigma imposible.
Lutgard gruñó bajo, casi irracional, pero el contacto le arrancó un segundo de claridad. Solo uno, suficiente para que sus palabras emergieran, ásperas:
—¿Qué demonios significa eso? —le espetó a Odvier, con una grosería cruda, los ojos aun brillando intensamente.
Odvier respiró hondo, tenso.
—Significa que los síntomas que padeces son los de un vínculo absoluto. Hambre selectiva. Irritabilidad. Salvajismo. Obsesión. —Me miró a mí—.
—Entonces qué debemos hacer para calmar lo que sea que esté ocurriendo en el —al mirarlo pude notar la tensión de su rostro, el leve tic de su ojo derecho, las venas de su cuello un poco más pronunciado. Está desquiciado—