LUTGARD
La lucha interna era insoportable, desde la mañana me había sentido como un animal enjaulado devorado por la ira, la irritabilidad y un hambre que nada lograba saciar, pero ahora con su muñeca desnuda frente a mí, todo se reducía a un único instinto: morder. El aroma de su sangre me envolvía dulce, un olor adictivo que me hizo temblar, cálida y espesa podría decir incluso antes de probarla para cuando mis colmillos rozaron su piel, lo supe. No era solo la dulzura de la herencia élfica, había un matiz inconfundible, pureza.
Un deseo visceral me atravesó, algo mucho más profundo que el hambre, era casi carnal. Lamí su piel antes de morderla guiado por un instinto nato, su sabor explotó en mi boca y un gemido bajo grave se me escapó sin poder contenerlo. Cada trago cálido descendiendo por mi garganta me enviaba a un estado de placer casi obsceno. El recuerdo de lo que realmente éramos los vampiros llego a mi mente como una epifanía, no solo criaturas sedientas, sino seres altamente sexuales, depredadores de cuerpo y alma, sus palabras apenas eran registradas, el ritmo acelerado de su respiración era lo único que tenía mi atención.
Me moví sin pensar trayéndola hacia mí sentándola en mi regazo, su cuerpo encajó contra el mío con una naturalidad peligrosa. Pude sentir cada curva a través de la ropa ligera que llevaba, nada provocativo; su sola presencia lo era.
Su olor cambió pasando del dulzor inicial a un picante sutil donde la excitación se mezclaba con la preocupación, volviendo su sabor aún más adictivo. Mis colmillos dejaron su muñeca lamiéndola antes de deslizarse hacia su cuello repitiendo mis acciones anteriores y lo que estaba a mi alrededor desapareció, el latido de su corazón contra mis labios, el calor de su cuerpo temblando contra el mío, el gemido grave que se escapó de mi garganta mientras bebía lo único capaz de saciarme era lo que habitaba en mis sentidos. Al final tuve que obligarme a soltarla, abriendo los ojos, la vi pálida respirando rápido, pero con el desafío marcado en sus ojos.
No lo pensé, no lo razoné; simplemente salió de mí una voz áspera cargada de posesión:
—Eres mía.
:)