Almas de Media Noche

Capítulo 17

LUTGARD

La lucha interna era insoportable. Desde la mañana me había sentido como un animal enjaulado, devorado por la ira, la irritabilidad y un hambre que nada lograba saciar. Pero ahora, con su muñeca desnuda frente a mí, todo se reducía a un único instinto: morder. Me acerqué despacio, como un depredador que teme que su presa huya, mientras el aroma de su sangre me envolvía antes incluso de probarla: dulce, cálida, espesa... un perfume adictivo que me hizo temblar. Y cuando mis colmillos rozaron su piel, lo supe. No era solo la dulzura de la herencia élfica. Había un matiz inconfundible: pureza. Virginidad.

Un deseo visceral me atravesó, no solo hambre, sino algo mucho más profundo, casi carnal. Lamí su piel antes de morderla, guiado por un instinto antiguo, y su sabor explotó en mi boca. Un gemido bajo, grave, se me escapó sin poder contener el éxtasis; cada trago era fuego líquido descendiendo por mi garganta. Esto no era sangre. Era veneno. Era deseo. El hambre en mis entrañas se mezcló con otra necesidad que había ignorado por siglos: el recuerdo ancestral de lo que realmente éramos los vampiros, no solo criaturas hambrientas, sino seres sexuales, depredadores de cuerpo y alma. Ya no escuchaba sus palabras; apenas registraba el ritmo acelerado de su respiración.

Me moví sin pensar. La atraje hacia mí, sentándola en mi regazo. Su cuerpo encajó contra el mío con una naturalidad peligrosa. Pude sentir cada curva a través de la ropa ligera que llevaba: pantalones sueltos, un suéter holgado... nada provocativo, pero ahora todo en ella lo era.

Su olor cambió, pasando del dulzor inicial a un picante sutil donde la excitación se mezclaba con la preocupación, y ese matiz volvió su sabor aún más adictivo. Mis colmillos dejaron su muñeca y se deslizaron hacia su cuello; lamí su piel antes de hundirme, y el mundo desapareció. El tiempo se disolvió en el latido de su corazón contra mis labios, en el calor de su cuerpo temblando contra el mío, en el gemido grave que se escapó de mi garganta mientras bebía lo único capaz de saciarme.

Al final, me obligué a soltarla. Abrí los ojos y la vi; pálida, respirando rápido, pero con esa chispa desafiante que jamás se apagaba en ella.

No lo pensé. No lo razoné.

Simplemente salió de mí, con una voz grave, áspera y cargada de posesión:

Eres mía.

:)




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