LUTDGARD
La mañana fue un suplicio. No dormí. No pude. La sangre en mis venas ardía como fuego maldito y mi mente revivía, una y otra vez, cada instante de la noche anterior: el calor de su cuerpo, la dulzura adictiva de su sangre, esa chispa peligrosa que prendió mis sentidos. Y luego, sus palabras: Ya tengo a alguien. Fuera mentira o no, se incrustaron en mí como una espina imposible de arrancar, avivando un celo silencioso que prefería no admitir, pero que me mantenía en un estado de alerta constante, precavido, como si temiera que en cualquier momento ella se me escapara de las manos.
Traté de mantenerme lejos de ella durante la mañana. No quería verla. No quería olerla. No quería sentir cómo el hambre en mí se mezclaba con algo mucho peor: deseo. Un deseo que no conocía, que nunca había experimentado, que me recordaba que, aunque llevara siglos con vida, había instintos que jamás había tenido que enfrentar.
Cuando entró en la biblioteca, su presencia fue un golpe. Su aroma llenó el aire y mi cuerpo reaccionó como si fuera la primera vez que la veía.
Me habló, y apenas entendí lo que decía. Su voz llegaba como un eco distante, porque todo en mí se reducía al esfuerzo titánico de no abalanzarme sobre ella. Como si no me hubiera alimentado de ella ayer.
Respondí y la observé irse. Su espalda erguida, firme, orgullosa. Y al mismo tiempo, pude sentirlo: su irritación, su duda, su rabia contenida.
Eso fue lo que me perturbó más. Que ella pudiera sentirme. Que pudiera leer mis emociones cuando nadie, en siglos, jamás lo había hecho.
Me quedé ahí, atrapado entre el hambre y la rabia, preguntándome cuánto tiempo más podría contenerme antes de perder el control por completo.
Y lo peor era que lo sabía: cada segundo a su lado me acercaba más a esa frontera.
Tiempo más tarde el silencio permaneció en la sala después de que Merath se marchara por una diferencia que tuvimos. Solo quedó el crujido leve de la madera y el suspiro de su tío, que se acomodó en el sillón frente a mí, observándome con esa mezcla entre altivez y prudencia que siempre cargaba consigo.
—La irritaste —dijo finalmente, con voz más tranquila de lo que esperaba.
—Al parecer —Apoyé el codo en el reposabrazos, cubriendo parte de mi rostro con la mano. El hambre me seguía golpeando, pero debajo de ella había algo más... algo que no sabía cómo confesar.
Odvier inclinó la cabeza, como si pudiera leerme.
—No me sorprende. No eres precisamente la compañía más... apacible pero lo que me preocupa es lo que se siente en este ambiente. —Me señaló con un dedo elegante— pensé que después de ayer te encontraría más... accesible.
No me molesté en negarlo.
—Es la primera vez que siento esto. Todo. El hambre, la necesidad de tenerla cerca, la irritación si se aleja, la calma cuando toca mi piel... —Tragué saliva, apretando los dientes—. Y ahora, también esto.
—¿"Esto"? —preguntó, arqueando una ceja.
No bajé la mirada.
—Deseo... Sexual. —La palabra se sintió áspera en mi boca.
Por un momento, no dijo nada. Luego suspiró, apoyando los codos en sus rodillas.
—Lo temía.
—¿Temías? —gruñí.
—Claro que sí. —Me sostuvo la mirada con dureza, pero no había burla esta vez, solo una comprensión fría—. Si Merath es realmente tu compañera, el vínculo no se limitará a alimentarte, si no proceden a consumarlo... nunca estarás satisfecho. Beber su sangre solo será una chispa, jamás la hoguera.
Me quedé en silencio, esa verdad repicando en mi cabeza como un martillazo.
El entrelazó las manos, más serio que nunca.
—Y eso es peligroso. Porque si sigues resistiéndote, tu hambre se volverá un monstruo que ni tú mismo podrás controlar. Por eso te digo, aunque me cueste, aunque no me guste la idea no se puede hacer nada... acércate a ella. Acérquense.
No respondí. Solo apreté más fuerte los dientes, porque parte de mí odiaba admitir que lo que decía era cierto.
:)
o me acercaba más a esa frontera.