Almas de Media Noche

Capítulo 20

MERATH

La cocina era mi refugio.

No importaba que la mansión entera respirara tensión y secretos oscuros. Allí, con un pan en la mano y un cuchillo de mantequilla en la otra, podía fingir que todo era normal.

Me concentré en preparar un sándwich sencillo: jamón, queso y tocino. El sonido del pan tostándose me tranquilizó más que cualquier palabra dicha en esa sala minutos antes, pero mis pensamientos no se callaban.

El recuerdo de su boca en mi piel me recorrió como una corriente eléctrica. No era solo dolor. No era solo hambre. Había... algo más. Algo que mi orgullo se negaba a admitir, pero que mi cuerpo recordaba demasiado bien.

—Infantil —murmuré para mí misma, apretando el pan entre las manos—. Él y yo, como dos críos discutiendo por quién tiene razón.

Respiré hondo y tomé mi sándwich. Tal vez si llenaba mi estómago podría callar un poco la tormenta de mi cabeza.

Me dirigí nuevamente a la sala, esperando encontrar a Lutgard, pero solo estaba Odvier, sentado con esa calma fingida que solo él dominaba.

—¿Y el príncipe de las sombras? —pregunté, mordiéndole una esquina a mi comida.

—Descansando, o lo que sea que haga cuando intenta fingir que todo está bajo control. —Odvier me miró con seriedad y palmeó el sillón frente a él—. Ven, debemos hablar.

Me senté, cruzando una pierna sobre la otra, el plato en las manos.

—A ver, suéltalo; estoy lista para lo peor.

Odvier me miró con una mezcla de ternura y dureza.

—Merath, ya sabemos que lo que tienes con él no es un simple vínculo; es más profundo. Lutgard está atrapado entre su hambre y su deseo, y no puede escapar de eso porque es tu compañero.

La palabra golpeó más que cualquier mordida.

—¿Compañero? —repetí con incredulidad— ¿Qué quieres decir con compañero? Es como cuando estas en un salón de clases y te asignan a un compañero para hacer la tarea —lo mire entrecerrando los ojos—

—No sea ridícula Rathy, estoy hablando de compañeros del tipo pareja... juntos hasta el final—esto último lo dijo casi un susurro mientras me miraba sin saber que rostro poner—

— Espera un momento tío—levante mi palma derecha frente mientras que con la izquierda me la pasaba entre las hebras. Mi pan olvidado a lado mío— me estás diciendo que estoy unida a el no solo como amigos, maestro y alumna, compañero de jerga tú sabes tipo bananin y bananon; ¿si no que estoy ligada a él como si me hubiera caso con él?

—Sí. Y lo que significa es que ahora tú eres la fuente de su sustento y de su equilibrio. No hay salida, no hay sustituto. Tendrás que aceptar que él se alimente de ti constantemente.

Me quedé en silencio, mirando el plato con el sándwich intacto.

Odvier continuó, su tono volviéndose más sombrío.

—Y quiero que entiendas algo más. Tu sangre élfica lo vuelve adicto, para él eres como un festín prohibido y eso puede enloquecerlo si no hay balance.

Tragué saliva, sin atreverme a responder porque la forma que dijo "si no hay balance" sonaba a algo mas que no me decía.

Él se inclinó un poco hacia mí.

—Tienes que estar preparada, Merath porque este vínculo no solo lo está transformando a él. También lo hará contigo.

El sándwich ya no me sabía a nada.

~

Después de la conversación con mi tío, me sentí como si hubiera tragado piedras. Tomé un baño largo, dejando que el agua tibia me relajara, pero los pensamientos no se iban.

Compañera... alimentarlo todos los días... ¿volverlo adicto?

Suspiré con fuerza envolviéndome en mi pijama, un short cómodo y un suéter de mangas largas. El reflejo en el espejo mostraba a una chica que intentaba aparentar calma, aunque por dentro temblaba.

Decidí que no podía dejarlo así, tenía que hablar con él; Tenía que mostrar que entendía lo suficiente, aunque en realidad no estaba segura de nada.

Lo busqué hasta encontrarlo en su habitación. No había entrado allí antes, y lo primero que vi fue a Lutgard, sentado en un sillón con las manos cubriéndose el rostro, un gesto de desesperación y contención que jamás imaginé en él.

—Lutgard... —mi voz fue suave, casi un susurro.

Alzó la cabeza lentamente, y la intensidad de sus ojos me estremeció.

—Estoy de acuerdo con lo que se dijo en la tarde —dije con más firmeza de la que sentía—. Te alimentarás de mí diariamente, entiendo el peso de esto.

Él negó apenas con la cabeza, un susurro escapando de sus labios.

—No lo entiendes.

Me mordí el labio, ignorando el estremecimiento que me provocaba esa voz baja y quebrada.

—Entonces enséñame. Pero primero dime, ¿Qué prefieres? ¿La muñeca... o el cuello?

El silencio fue denso, sofocante, hasta que respondió, grave, casi ronco:

—El cuello.

Tragué saliva, mis manos temblaban, pero me acerqué hasta quedar de pie frente a él. No apartó la mirada ni un segundo, como un depredador que vigila cada movimiento de su presa.

Me acomodé con cuidado en su regazo, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba al contacto; respiraba con fuerza, como si el simple hecho de tenerme encima lo descolocara. Con dedos inseguros, llevé mi cabello hacia un lado, dejando mi cuello expuesto.

—Hazlo. —Mi voz sonó más valiente de lo que me sentía.

Cerré los ojos, esperando el pinchazo de los colmillos, pero no llegó.

En su lugar, sentí el roce húmedo de su lengua deslizándose sobre mi piel. Un gruñido grave vibró contra mi cuello, y un jadeo escapó de mis labios sin que pudiera detenerlo.

Algo cambió en mi interior. El calor se extendió por todo mi cuerpo, como si esa simple caricia hubiera encendido algo que llevaba dormido. Mis mejillas ardían, mi respiración se volvió errática.

Entonces mordió.

El dolor fue mínimo, casi inexistente, eclipsado por la ola de sensaciones que me recorrió. Sus labios estaban firmes contra mi piel, succionando con una lentitud calculada, como si quisiera prolongar cada segundo de mi tormento.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.