LUTGARD
Ella se levantó bruscamente, cruzando la habitación con pasos rápidos, intentando escapar no de mí... sino de lo que había sentido en mi regazo. Lo supe. Lo sentí.
La puerta de su cuarto se cerró con un golpe seco y quedé solo, hundido en la penumbra de mi habitación. Pasé una mano por mi rostro, aún con el eco de su sabor en mi lengua.
Dioses.
Su sangre era un veneno exquisito: dulce, caliente, espesa. Pero lo que realmente me estremecía no era la sed saciada... era lo que había despertado en mí. El calor de su piel, el jadeo en sus labios, el temblor de sus manos sobre mí.
La quise más de lo que debía. No solo como alimento. No solo como vínculo. La quise como hombre.
Me recliné en el sillón, respirando hondo, luchando contra el deseo residual que me quemaba.
Esto no es hambre, no es solo sed... es algo peor. Algo que no controlo.
Recordé sus palabras, su sarcasmo mordaz. Ella cree que entiende. Cree que esto se limita a morder su cuello cada noche. No sabe que mi voluntad se tambalea con cada segundo a su lado, que lo que deseo de ella es tan peligroso como inevitable.
Me mordí el labio, reprimiendo un gruñido. Lo que había sentido en mi interior no era solo atracción, era posesión. Una necesidad salvaje que exigía marcarla, reclamarla, mantenerla lejos de todo lo demás.
Ese misterio de mi sangre en su cuerpo me roía como una herida abierta. ¿Quién lo había hecho? ¿Cómo? ¿Y por qué ella?
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en mis rodillas, con las manos crispadas. Su olor seguía impregnado en mí, en mis sentidos, en cada rincón de esta casa.
Este vínculo será mi ruina.
Y mientras tanto, mi mente recordaba el calor de su cuerpo sobre el mío, el latido frenético de su corazón en mis labios, y la dulzura adictiva que me condenaba más con cada sorbo.
MERATH
Me desperté con la sensación inquietante de que alguien me observaba. Era como una presión silenciosa, un roce invisible que me hacía sentir vigilada incluso con los ojos cerrados. Sabía quién era, podía casi sentir sus emociones rozando las mías: hambre, deseo, control contenido. Lutgard.
Abrí los ojos lentamente pero no lo vi. Sin embargo, la sensación permaneció conmigo mientras me vestía y bajaba a la cocina.
Él ya estaba allí, de pie junto a la ventana, con la luz de la mañana recortando su silueta. Su semblante era distinto; se veía mejor, más sereno, pero con una perturbación latente en su mirada carmesí.
—¿Necesitas más sangre? —pregunté antes de pensarlo.
La pregunta me sorprendió tanto a mí como a él, yo misma había ofrecido algo que debería temer. Y, sin embargo, lo hice ¿Y si al darle de beber me vuelvo adicta a estas sensaciones? No era solo dolor o placer, era algo más profundo, casi prohibido. Sacudí la cabeza discretamente, como si pudiera despejar esos pensamientos antes de que me consumieran.
Él ladeó la cabeza, estudiándome.
—No... por ahora.
Me serví un jugo y me senté frente a él. El silencio se estiró unos segundos antes de que yo misma lo rompiera.
—Necesito entender qué habilidades debo aprender.
Eso pareció interesarle. Caminó hacia mí, apoyándose en la mesa con una calma intimidante.
—Tienes dos claras: la teletransportación, por mi sangre... y la empatía emocional, por la tuya.
Tragué saliva y lo miré con seriedad.
—No tengo control sobre eso. A veces me inunda tanto que me enferma. Sentir las emociones de todos... cuando son intensas es como un golpe. —Me apreté las sienes con las manos—. A veces quisiera apagarlo.
Él me observó en silencio, con esa manera suya de analizarme como si fuera un enigma. Luego asintió lentamente.
—Hallaremos la forma de que lo controles. Lo necesitas.
Su tono era firme, casi una promesa.
—¿Y tú? —pregunté, intentando darle la vuelta a la conversación—. ¿Qué puedes hacer además de verme como si fueras a devorarme?
Sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa.
—Teletransportación. Fuerza muy por encima de cualquier criatura humana. Y atracción.
—Atracción... —repetí, entornando los ojos.
—Un pequeño truco —explicó, con voz baja, casi divertida—. Puedo influir en otros, hacer que quieran lo que yo quiero.
—Mi tío tiene algo parecido, pero usa la voz. —Lo miré fijamente, con media sonrisa—. Supongo que es cosa de elfos, siempre tan seductores.
Él soltó una risa breve, ronca, pero no me quitó la mirada de encima.
—Sí, cosa de elfos. Siempre jugando con la voluntad de los demás.
—Y los vampiros no hacen eso, ¿verdad? —pregunté con ironía, dando un sorbo a mi jugo.
Él no respondió, pero la sonrisa en sus labios fue suficiente.
El ambiente cambió de nuevo, cargándose de esa tensión que siempre flotaba entre nosotros. Lutgard se enderezó y habló con seriedad.
—Necesitas aprender a defenderte. No podemos olvidar lo que pasó con las sombras.
El recuerdo me hizo estremecer, y asentí.
—Quiero aprender. No puedo depender de ti siempre.
Él se quedó pensativo unos segundos antes de responder.
—Conozco a alguien que puede ayudarte. Lo traeré en los próximos días.
Miré por la ventana, pensando en todo lo que había pasado.
—Han pasado solo cinco días desde que llegué a esta casa... pero se siente como si hubiera sido más.
Él me miró fijamente, con un destello extraño en la mirada.
—Porque tu vida cambió para siempre desde el momento en que entraste aquí.
Me quedé en silencio, jugando con el vaso en mis manos, sin atreverme a responder.
Después de nuestra charla en la cocina, intenté distraerme con algo tan sencillo como recoger los platos. No quería quedarme mucho tiempo bajo su mirada; era como tener un depredador elegante, paciente, siguiéndote con la vista.
—¿Siempre miras así? —pregunté mientras enjuagaba el vaso.