MERATH
Al salir de la ducha con el cabello aun mojado bajé, mi mente divagando en pensamientos dispersos. Los ví, Ethan y Lutgard conversaban con una diferencia evidente, el primero hablaba con naturalidad, en cambio el segundo estaba un poco rígido, atento a todo. Me uní.
La conversación entre Ethan y yo fluyó con rapidez, entre sus anécdotas absurdas y su risa fácil pronto nos arrastraba a un manojo de risas tontas sin contención para el desagrado de alguien. Su incomodidad era tan evidente en su postura que me hizo pensar si interrumpiría la agradable conversación. Sí, lo hizo.
—Qué maravilla, ¿no? —murmuró con burla mientras una sonrisa chueca se estiraba apenas en su rostro—. Impresionante cómo hay quienes tienen el talento para encajar rápidamente.
Su comentario llegó como un balde de agua fría, borrando todo rastro de alegría, Ethan parpadeó todavía divertido cruzando sus piernas con elegancia guardando silencio, por otro lado, la piel de mis muñecas comenzaba a picar, girando mi rostro hacia él.
—¿Celoso?
El color de sus ojos se volvió aún más oscuro, respiré hondo soltando el aire despacio observando su expresión ceñuda dirigida a su primo quien se encogio de hombro mirando hacia mí.
—Bueno, si ya que terminamos de jalarnos un poco las greñas —dije mirando a ambos—, yo necesito salir.
Él giró apenas el rostro hacia mí, su ceja estaba arqueada en una clara señal de desaprobación.
—¿Salir? —repitió con voz grave.
—Sí, salir. —Me levanté del sillón dando una palmada ligera en mis pantalones— No queda nada decente para comer, por si no te has dado cuenta; yo necesito comida real. Iré a hacer compras y de paso visitaré a mis hermanos.
Por unos momentos solo se dedicó a observarme y eso comenzaba a elevar mi irritación.
—Déjala primo —intervino con tono ligero—. No puedes tenerla encerrada, además suena bastante normal lo que planea.
Yo asentí con énfasis agradeciendo su apoyo, aunque no lo dijera en voz alta.
—Exacto. Algo que, francamente, me hace falta en estos momentos. Normalidad.
Suspiré: —Tranquilo —añadí finalmente ajustándome el cabello y tomando mi bolso—. Solo voy a ver a mi familia y a comprar comida, no voy a invocar demonios, ni a coquetear con las gárgolas.
Si Ethan estaba conteniendo alguna risa pues falló estrepitosamente, estaba segura que la carcajada que estaba emitiendo se escuchaba a kilómetros.
—Ya vuelvo.
Subí a mi cuarto con pasos firmes sintiendo esa presión molesta que me venía persiguiendo desde hacía un par de días. Una especie de irritación sin causa, un hervor bajo la piel que sentía a la mínima provocación estallaría. Sacudiendo esos pensamientos alcé la mirada tratando de ubicar mi celular por el cuarto hasta que lo encontré tirado en el sillón. Las notificaciones del grupo de mis amigas explotaron en la pantalla; memes, comentarios sarcásticos, indirectas tontas y, entre todo eso, sus preguntas sobre mí.
"¿Merath, sigues viva?"
"Desapareciste, mujer, ya te dimos por secuestrada."
"Cuenta el chisme, porque aquí nos tienes como viudas."
No pude evitar sonreír, respondiendo rápidamente a cada mensaje asegurándoles que estaba bien pero un poco ocupada, sus réplicas llegaron enseguida, cargadas de ironía y risas virtuales.
"Ah, bueno... ya estaba pensando en poner tu foto en el cartón de la leche."
"No importa, cuando regreses nos debes rondas de tragos."
"Te estás volviendo muy misteriosa, niña."
Volví a reír sintiendo como la tensión bajaba por un instante dando entrada al alivio, bajé el celular sin poder evitar mirar mi reflejo en el espejo del tocador y fruncí el ceño.
—¿Qué demonios me pasa? —susurré con un nudo en la garganta, mis emociones iban y venían de manera extremista del enojo sin razón y la irritación constante a la agresividad contenida "¿será producto del estrés? O" un pensamiento casi ridículo llegó "¿será?".
—Cálmate Merath —me dije girando sobre mis talones tomando el celular—. Hoy compras comida y visitas a tus hermanos, el resto puede esperar.
Bajé las escaleras con la determinación de salir de aquella mansión, la idea de caminar un rato, perderme entre calles conocidas y oler el aire londinense me aligeraba un poco la pesadez que sentía en el pecho, deteniéndome Me detuve en la puerta principal observando el portón de hierro junto a la línea de árboles de la entrada dándome cuenta que no tenia idea de donde estaba, mascullé cruzándome de brazos— ¿Si pido un Uber llegará?
Con fastidio regresé sobre mis pasos empujando la pesada puerta con intención de encontrar a Lutgard, no obstante, este se hallaba esperando en el pasillo apoyado contra la pared, la mirada seria y sus brazos cruzados.
—¿Necesitas algo? —una sonrisa apenas curvó sus labios.
Abrí la boca, nada salió lo volví a cerrar soltando un resoplido irritado.
—Bien, no sé dónde estamos. ¿Contento?
—Contento no. —Se acercó lo suficiente haciéndome ser muy consciente de su presencia.
—Entonces... —hice un gesto con la mano en dirección a la puerta—, ¿Vas a llevarme o qué?
—Portobello Road, ¿cierto? — lo miré y asentí.
Me sujetó del brazo con firmeza y la esa sensación vertiginosa hizo acto de presencia haciéndome sentí una presión en el estómago, la oscuridad me envolvió por un segundo y, al parpadear, ya no estábamos en la casa, sino frente a la calle colorida y vibrante de Portobello Road, en el corazón de Notting Hill. Los puestos, los colores de las fachadas, los ruidos familiares del barrio londinense era como volver a casa, no pude evitar sonreír, al darme cuenta que seguía sujetándome aparté el brazo de golpe.
—¿Siempre tiene que sentirse como si me arrancaras las tripas?
Él soltó una risa grave.
—Te acostumbrarás.
—Lo dudo mucho. —un suspiro salió de mi— gracias... supongo.
Él solo inclinó la cabeza haciendo un gesto restándole importancia y se quedó a mi lado, observando el movimiento de la calle, yo lo miré de reojo dándome cuenta lo desentonado que iba con el ambiente colorido de Notting Hill.