Almas de Media Noche

Capítulo 32

Cada músculo en mi interior me gritaba que me fuera, pero no fue hasta que mi tío habló que salí de mis pensamientos.

—Aldebrand, el vínculo está hecho, y como bien sabes, no es sencillo, ni conveniente, intentar romperlo a la fuerza.

El rey no replicó de inmediato, más bien parecía ignorar lo que mi tío acababa de decir. Selene, su esposa, intervino.

—Sé de Merath —mi padre la miró—. He escuchado de ella a través de Emma, no parece ser una amenaza, sino una joven que intenta sobrevivir a algo mucho más grande que ella. Tal vez este vínculo no sea del todo malo.

Lirien, mi madre, se inclinó hacia adelante y, con voz cálida y llena de amor, dijo:

—Mi hijo nunca antes había mostrado apego, ni deseo de cuidar a nadie, y ahora que lo hace —miró a su esposo con ojos entrecerrados— ¿se lo quieres negar?

El rey bufó.

—Quizás no debamos ver esto como una afrenta —sus ojos se posaron en mí, y sentí cómo esa mirada me sostenía. Él agitó el brazo con fuerza.

—¡Basta de ternura, Lirien! —replicó—. Este vínculo es prácticamente una abominación. No permitiré que mi hijo se arrastre en una unión con una mestiza —negó con la cabeza—. No importa que tenga ascendencia élfica de linaje puro. Ella no pertenece aquí y lo sabes —miró a mi madre quien solo frunció el ceño, mi padre volvió a negar con la mirada hacia mi— ese vínculo se someterá a la desunión lo más pronto posible.

Un gruñido bajo brotó de mi pecho: —No. No lo haré y no pienso permitir que nadie decida por mí. Merath es mía y nadie tiene derecho a meterse en eso.

El dio un paso al frente, su figura imponente parecía llenar el salón, su voz descendió un tono en un susurro escalofriante.

—¿Te atreves a desafiarme, Lutgard?

Mi cuerpo se tensó de inmediato, murmullos recorrieron la sala. Lirien apretó las manos en su regazo, Selene contuvo el aliento y Adriel cerró los ojos, suspirando con resignación.

—Me atrevo a defender lo que es mío —repliqué, apretando las manos con la mandíbula dura— y lo haré una y otra vez, hasta que te quede claro, padre.

Al segundo de terminar de decirlo, la puerta del salón se abrió con un golpe seco. Un hombre alto, de porte elegante y mirada aguda, entró con paso firme, su cabello oscuro tenía ligeros tonos plateados en las sienes, y sus ojos brillaron en rojo al notar el ambiente. Era mi hermano mayor; Kaelric, heredero al trono.

—¿Llegué en mal momento? —sus labios insinuaban una sonrisa irónica.

El rey entrecerró los ojos.

—Kaelric, esto no te concierne. Lárgate.

—Al contrario, padre —Avanzó hasta quedar junto a mí, cruzándose de brazos— me concierne más que a nadie, porque cuando tú ya no estés, será mi responsabilidad gobernar este reino y las decisiones que tomemos ahora pesarán en el futuro.

Lo observé con cautela. En cambio, él volvió a hablar con calma, pero cada palabra fue dicha con seriedad.

—El vínculo de Lutgard no es un desastre. Yo creo que puede ser beneficioso.

El rey frunció el ceño, pero no lo interrumpió. Kaelric continuó, paseando la mirada por cada uno de los presentes.

—¿Piénsenlo? Los elfos y los vampiros han vivido demasiado tiempo en la desconfianza. Ahora, con las hadas y las gárgolas moviéndose, ¿de verdad creen que podemos permitirnos el lujo de pelear entre nosotros? La unión de Lutgard podría ser la llave para evitar cualquier cosa que se esté armando en secreto.

Un murmullo recorrió la sala. Incluso Adriel asintió con gravedad.

—Kaelric tiene razón. Hasta no dar con lo que realmente están tramando, no necesitamos dividirnos más.

—¿Estás sugiriendo que ceda en esta unión? —preguntó el rey, respirando con fuerza, la molestia aún pintada en sus facciones.

Kaelric inclinó levemente la cabeza.

—Sugiero que dejes de verla como inferior y la mires como lo que realmente es: una pieza clave.

Apreté los puños, pero no repliqué. Aunque odiaba pensar en Merath como una pieza, sabía que Kaelric hablaba con la voz fría de la estrategia, no con el corazón, y por primera vez en mucho tiempo, agradecí tener a mi hermano de mi lado.

Aldebrand permanecía sin pronunciar una sola palabra tras la inesperada intervención de mi hermano, El aire era difícil de respirar; cualquiera que hiciera un mal movimiento podría desatar algo, en contraste Kaelric se mantenía firme y sereno. Adriel se encargo de romper el momento:

—El vínculo está formado y romperlo a la fuerza sería mas peligroso que dejarlo ser.

Recibió una mirada con desdén desde el lugar donde estaba sentado mi padre: —¿Ahora me darás lecciones de cómo debo manejar a mi propio hijo, Adriel?

El mencionado le sostuvo la mirada con firmeza.

—No. Te estoy dando razones hermano —Se inclinó hacia adelante, sus dedos tamborileando sobre la mesa—Todo este movimiento no parece una situación aislada y cualquier situación podía estallarnos en la cara si no dejamos de lado el orgullo —Las mujeres en la sala asintieron en silencio, mi tío prosiguió: —Y el tema de Zelti no parece ser por capricho adolescente, es un síntoma de algo que se está cocinando dentro del reino feérico, es de conciencia publica como son.

Kaelric intervino.

—¿Qué crees que harán los elfos? ¿y cuando las muertes humanas aumenten? —Su mirada recorrió a todos los presentes— padre creo que es momento de pensar en aliarnos.

El rey entrecerró los ojos en clara sospecha.

—¿Y acaso esa mestiza es tu idea de alianza, Kaelric? ¿Convertirla en un puente entre ambos reinos?

Kaelric lo sostuvo sin pestañear.

—Merath no es solo una mixta, estamos hablando de alguien con sangre real elfa que, por alguna razón, está unida a nuestra sangre.

—Sí, una elfa o lo olvidas — Lo miro— Los elfos no permiten la dilución de su sangre.

Mi tía y mi madre intercambiaron una mirada rápida, como si algo en las palabras de Kaelric hubiera hecho eco de viejas sospechas. Adriel asintió cruzándose de brazos mientras decía:




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