Almas de Media Noche

Capítulo 34

ODVIER

El aire nocturno olía a hierro oxidado, seguí avanzando por el camino atascado en mis pensamientos. He pasado los últimos meses persiguiendo rastros tan débiles que apenas había conseguido algo, cada hilo me llevaba a un muro de nada, pero yo sabía mi hermano es capaz de hacerse ver como si nunca hubiera existido, que esta ausencia era ocultamiento.

Se supone que la elfa con la que me iba a encontrar en estos momentos me ayudaría a saber dónde podría estar él. Su vieja amiga, aquella que había jurado guardar silencio mientras viviera, si ella había aceptado hablar, significaba que las cosas estaban peor de lo que imaginaba.

Mi mano descansaba sobre el manto oscuro de mi capa que me ocultaba entre la maleza húmeda. El bosque en las afueras del distrito de Kensington siempre había tenido un aire extraño, demasiado callado, demasiado expectante. Los rumores que había escuchado sobre sombras moviéndose allí, al parecer no era simples rumores.

Al acercarme al claro, lo sentí, el olor penetrante de la piedra húmeda mezclada con sangre vieja me envolvió como un presagio. Las hojas crujieron bajo un peso distinto, los pelos de la nuca se me erizaron y de pronto, de entre los árboles, cuatro figuras emergieron al unísono.

Gárgolas.

Sus alas negras se desplegaron con violencia, el siseo gutural que escapaba de sus gargantas me hizo estremecer, pero no retrocedí, estaba listo para defenderme. No podía esperar para demostrarlo, me lancé cuando la primera arremetió con un gruñido, giré la hoja de mi arma destellando bajo la luz de la luna mientras atravesaba el costado de la piel casi dura de la criatura, el chillido de la gárgola estremeció las hojas de los árboles. Otro cayó sobre mí con sus garras extendidas, logre rodearlo sobre mi lado izquierdo, cortándole las alas con un movimiento limpio.

La lucha fue feroz, rápida y con la brutalidad característica de estas bestias. El aire se llenó del olor metálico de mí sangre y de ellos. Hasta que una quinta presencia emergió del claro, y no era una gárgola. El aire se electrificó vibrando a mí alrededor con una de magia que no había sentido en años, brillante, cortante y engañosamente hermosa.

Magia de hadas.

Entrecerré mis ojos enfocándome en esa presencia, viendo como una mujer se alzaba a pocos metros, envuelta en un resplandor etéreo que hizo que las gárgolas se detuvieran a su alrededor, como perros esperando órdenes, esa acción me hizo fruncir el ceño. El cabello corto y dorado brillaba como un halo en la oscuridad.

—Tú... —apenas alcancé a decir, antes de que la onda de poder me golpeara. Unas hebras luminosas y finas como telarañas, me envolvieron inmovilizándome por completo. Intenté contraatacar, invocar un contra hechizo, pero su magia era un era distinta, caprichosa y poderosa, encadenándome al suelo como si fuera un insecto bajo un cristal. Las gárgolas rugieron al unísono, y sin perder un segundo, me atacaron, golpes, zarpazos, dientes contra mi carne. El dolor me envolvió en un torbellino insoportable, luchando, pero cada movimiento era más pesado, cada respiración más forzada.

La mujer me observaba, fascinada por mi sufrimiento.

—Los secretos siempre encuentran la forma de salir a la luz, Odvier —apenas pude registrar lo que decía— y tú estás pagando el precio de haber guardado uno demasiado tiempo.

Su nombre vibró en mi mente y el de sus hijos; fue entonces cuando comprendí que no podía seguir allí, con lo poco de energía que me quedaba, con cada músculo ardiendo y la sangre empapándome la ropa, invoqué un recuerdo de la casa, de su risa, el olor de madera y me aferré a esa imagen como si fuera el último rayo de luz en la tormenta. Un destello dorado me envolvió mientras la magia élfica me arrancaba de allí, transportándome a través de un túnel de dolor insoportable hasta que, por fin, mi cuerpo se desplomó en el suelo conocido de la sala. No supe cuánto tiempo pasó antes de abrir los ojos y verla frente a mí, alcanzando susurrar lo único que debía quedar claro, lo único que importaba: —Tienes... que huir...

MERATH

La sala todavía tenía ese olor metálico aun cuando habían pasado horas desde que él había llegado, con la ayuda de Emma habíamos logrado estabilizarlo, vendas improvisadas y paños húmedos, siendo trasladado al cuarto de huéspedes, donde ahora descansaba, respirando con dificultad, pero vivo.

Vivo.

Esa palabra bastaba para mantenerme de pie, el alivio no anulaba el temblor en mi cuerpo, pero sentía que mi mente se mantenía en orden. Me encontraba en la sala con los chicos, nadie había decía nada, Ethan se movía de un lado a otro caminando en círculos como si necesitara gastar energía por su lado Lutgard estaba sentado en un sillón, codos apoyados sobre las rodillas, la mirada clavada en el suelo, respiré profundamente y decidí romper el silencio.

—Él apareció de la nada, apenas podíamos entenderle. Estaba delirando, golpeado, sangrando. Y... —trague saliva—. Dijo que tenía que huir.

Ethan se detuvo en seco y me miró, los ojos dorados brillando: — ¿huir?

—Sí — Asentí y continué— como si hubiera algo detrás de él lo estuviera siguiendo.

Emma giró apenas la cabeza, todavía de espaldas, y murmuró: —O alguien.

Me estremecí, Lutgard alzó la vista en ese momento, sus ojos encontrando los míos con intensidad salvaje.

—Habrá esperar que despierte para saber que le ocurrió —me miró— hay magia de hada mezclada en sus heridas, la sentí apenas me acerqué a él.

Mire rápidamente a Emma: —Porque no me dijiste.

—La situación era grave —Se encogio de hombro— en que ayudaría decir eso.

Solo me les quedé mirándolos sintiendo el enojo surgir, la sensación de sentirme inferior comenzaba a instalarse; ellos puedes detectar cosas que yo no puedo y eso me enfurece.

—¡Maldición! Porque yo —Susurre, los tres me miraron, pero fue Ethan quien habló.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.